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sábado, 2 de marzo de 2024

La puerta

EL HOMBRE QUE SONRÍE

Cuando el hombre cruzó las puertas de la tienda la sonrisa que exhibían sus labios era inmensa. Los pocos vecinos del pueblo que se encontraban allí lo saludaron alegres. La dependienta y el carnicero le dieron los buenos días, añadiendo su nombre precedido por un educado «señor». Todos le conocían bien. Todos se habían acostumbrado a esa amable sonrisa. Siempre estaba dispuesto a ayudar. En la última tormenta muchos garajes quedaron anegados y él había acudido a cada una de las casas para echar una mano, sin importarle mojarse los calcetines o mancharse de barro los vaqueros. Cuando se necesitaba una mano extra en la organización de algún evento, el hombre de la brillante sonrisa no dudaba en ofrecer la suya. En realidad nadie sabía mucho de él, pero qué más daba; en un pueblo lo importante es lo que piensa la gente de ti en el momento presente.

Todas las semanas, los lunes, hacía la compra en la pequeña tienda de la localidad. Otro punto a su favor. Apoyaba al negocio local. Se llevaba carne y alimentos para dos semanas como mínimo, pero cada lunes volvía allí para cargarse con la misma cantidad. Nadie se extrañaba, a pesar de que su figura era la opuesta a la de un hombre con sobrepeso. Salía a correr temprano por la mañana y tal vez tenía un gimnasio en casa, se rumoreaba. Probablemente trabajaba desde allí, salía poco a la calle. Y debía de tener trabajo porque vivía en un chalet de la urbanización más cara del pueblo. También podía estar beneficiándose de alguna herencia, pero qué más daba, decía la gente. Aquel hombre alegre, solícito, amable había elegido su querido pueblo para vivir y ellos estaban orgullosos de que formara parte de la comunidad.

El buen vecino se despidió tal como había saludado, rostro deslumbrante iluminando las mundanas vidas de los habitantes del pueblo, la mayoría ancianos que llevaban en aquel lugar desde antes de la guerra, cuando las calles eran caminos de tierra pisoteados por el ganado.

Introdujo las bolsas en la parte trasera de su vieja Renault Express. Tenía otro coche más moderno, pero la furgoneta la utilizaba para moverse por el pueblo. Las ventanas de la parte de carga estaban tapiadas y la chapa necesitaba una buena capa de pintura, pero cumplía fielmente su función. Además, solo la movía cuando necesitaba transportar algún tipo de carga; el resto del tiempo prefería caminar.

Al llegar a casa, la puerta automática se deslizó sobre sus carriles y accedió al patio. Detuvo el vehículo en el lugar acostumbrado y llevó la compra a la cocina. Allí sacó del aparador dos boles de plástico que llenó de leche y los introdujo en el microondas. Su semblante aún se iluminaba con la sonrisa, pero el brillo se había apagado ligeramente, igual que una bombilla a punto de fundirse. Para cuando añadió los cereales, apenas era una mueca, agonizante chispazo del filamento. Al hundir las cucharas —también de plástico— en la leche, solo un vestigio fugaz de luz. Y mientras se ponía en marcha hacia la puerta de acero que había detrás de un mueble falso, la inmensa sonrisa que exhibían sus labios, por fin, desapareció del todo, y una oscuridad avergonzada y culpable, velos emocionales de una horrible excitación, reinó en su rostro.


LA MUJER QUE LLORA

Cuando la mujer cruzó la barrera de la vigilia lo primero que hizo, en gesto maquinal, fue extender el brazo. La mano descendió hacia el bulto que había a su lado y, como cada mañana, el alivio y la paz bañaron su alma. No había tenido sueños, ya nunca los tenía. De vez en cuando alguna pesadilla, pero incluso estas habían dejado de atormentarla. Tal vez Morfeo se compadecía de ella, y la dejaba descansar tranquila. Aunque «tranquila» no era la palabra exacta. A lo largo de la noche, el instinto la despertaba para comprobar si el bulto seguía ahí, a su lado.

Mientras su mano se deslizaba en una cariñosa caricia, giró la cabeza y sus ojos contemplaron. También empezaron a expulsar lágrimas. Lágrimas silenciosas, de impotencia y miedo, pero sobre todo de felicidad.

El pequeño pecho de su niña ascendía y descendía con la agradable lentitud del sueño. Dudó entre despertarla o dejarla dormir un poco más. Ya era de día; lo sabía por la pequeña rendija, casi a ras del techo, que aquella habitación tenía por ventana. Pero debía ser un poco antes de mediodía.

Decidió dejarla disfrutar de sus sueños un rato más. Ella sí soñaba. Lo sabía porque le encantaba contarle a su madre aquello que había soñado. De momento no había tenido pesadillas, pero la mujer era consciente de que acabarían llegando, y la aterrorizaba, porque las peores no la atormentarían mientras dormía.

La mujer había pensado mucho en eso. Llevaba nueve años y nueve meses con el corazón sumergido en el espeso líquido negro del pavor. Y llevaba el mismo tiempo pensando en cómo evitarlo. Todavía no había dado con la forma correcta, pero de algo estaba segura: jamás permitiría que su pequeña padeciera lo que ella sufrió. Jamás. Antes acabaría con todo, por mucho que le doliera.

Se levantó de la cama con las tripas removiéndose de hambre y le vino a la mente la imagen de lombrices arrastrándose por el barro. Hacía muchos años que no veía lombrices. Ni barro. En realidad hacía muchos años que no veía nada más que las cuatro paredes de aquella habitación y lo que había en su interior.

Se acercó al lavabo para lavarse la cara y asearse un poco. Estaba a tres pasos de la cama y ningún espejo reflejaba su rostro. «¿Qué aspecto tendré?», se preguntó con amargura. Llevaba tanto tiempo sin verse que ya había olvidado su cara. La tristeza y el miedo eran dos sentimientos con los que, por desgracia, había aprendido a vivir. Ahora apenas los percibía en su ser, tan acostumbrada estaba. Eran como el olor de una colonia. Se habían convertido en la norma de su vida.

«Nueve años —pensó—, nueve años y once meses». O al menos eso era lo que ella calculaba, puesto que no había calendario y reloj alguno en el cuarto. También por la cantidad de regalos de Navidad, que macabramente celebraban.

Dos sonidos la sobresaltaron en el momento en que cerraba el grifo. Primero, la voz de su hija llamándola. Segundo, unos pasos; tamborileo fúnebre cada vez más cercano, al ritmo de los latidos de su propio corazón, en espeluznante sincronía. Un sonido seco que atormentaba sus sueños cuando los tenía. Más y más cerca, más y más audibles a cada segundo.

Dirigió los ojos hacia su niña. Dobló las rodillas para agacharse, extendidos los brazos para acogerla en el pecho y cubrirla hasta el cuello con la sábana. Luego sus ojos, ya sin lágrimas, giraron hacia el lugar del que procedía el ruido de los pasos. Y contemplaron, ahora expulsando dos sentimientos que pringaban su alma, inmóviles, ardiendo de odio y terror, aquella horrible puerta de acero.


Foto base de la portada propiedad de: pinchar aquí


miércoles, 28 de febrero de 2024

Daños colaterales

—Tras la explosión no hubo supervivientes. Lo comprobamos.

—No lo comprobasteis bien.

—Es imposible. Se calculó el radio, el número de personas que habría en la zona, la potencia. Todo estaba medido al milímetro. Es imposible. Fue una acción controlada…

—Querrás decir «matanza» controlada.

—¡No fue una matanza! ¡Era una cuestión de vida o muerte! Erais vosotros o nosotros.

—¿Quiénes eran ese «vosotros»? ¿Gente como yo? ¿Gente inocente?

—¿No ha oído hablar de daños colaterales, joven?

—Daños colaterales, eh. Sí. Una expresión horrible que se suele utilizar a la ligera, como si no escondiera un oscuro significado. ¿En vuestra comprobación encontrasteis entre los restos al objetivo del ataque?

—El equipo que acudió confirmó la baja…

—Así que supongo que la matanza valió la pena.

—¡No fue una…! Dios. Es imposible —repetía una y otra vez.

—Y sin embargo aquí estoy. Y con una fuerza sobrehumana. También con una horrible quemazón en mi interior y toda la piel, pero por extraño que parezca, más poderoso que nunca. ¿No te has preguntado cómo he logrado entrar aquí?

—La seguridad. ¿Qué has hecho con ellos?

—Llamémoslo daños colaterales.

—Dios mío… ¿Qué me vas a hacer?

—¿Sabe rezar?

—Oh, Dios… —El aterrado hombre cruzó las manos y murmuró al oído del cielo.

—Rece, señor presidente, rece.




domingo, 25 de febrero de 2024

Doce campanadas

 Relato escrito a cuatro manos con C.G. Demian

I: VUESTRA PEOR PESADILLA

Quiero advertiros de que soy una pesadilla, nada más. Una mano ejecutora del destino. En fin, un castigo de Dios. Piso este mundo, el que la gente como vosotros habéis creado, con pies de plomo. Pero el plomo no acaba en mis pies, se proyecta desde mis manos. Aprieto el gatillo y la pistola escupe mi odio sobre vosotros. Lo merecéis, estoy tan convencido de ello que no me arrepiento del mal que causo.

Nunca.

Me complace vuestro dolor, el miedo que sudáis por cada uno de los poros de la piel, los llantos que no dejan hablar al silencio. Matar y vivir. Morir y adentrarme en la oscuridad. Qué más da. Esta moneda tiene dos cruces. Yo elegí ambas. Vosotros no tenéis voz ni voto, ya no, el reloj ha dado la hora.

Inicié mi construcción como repartidor de plomo al poco de alcanzar la pubertad. Con las primeras pajas destilaba mi odio, lo aplacaba, por expresarlo de alguna forma. Pero la vida te jode cada día un poco más. El tiempo me fue aplastando con su dedo acusador. Vas a ser un viejo fracasado, aseguraba el muy cabrón. Terminé convencido de que estaba en lo cierto; no había más que detenerse un momento a analizar mi triste existencia.

Treinta años. Vivía en el hotel de casa de mis padres. Sin trabajo. Con el póster del Equipo A colgado de la pared. Roto por los cuatro costados, descolorido. A pesar de todo, Annibal conservaba intacta su sonrisa. Ese malnacido se reía incluso en el momento más jodido, y así se convirtió en mi puto héroe.

Comencé a fantasear con que alguna vez vendría a rescatarme en su furgoneta negra pilotada por M.A. Barracus. Atravesaría la pared de mi casa y se bajaría en actitud gallarda, encendiéndose un puro y soltándome aquello de que me gusta que los planes salgan bien. Qué hijo de puta. ¿Y a quién no le gusta que los planes le salgan bien? Claro que, para que te salgan bien, primero debes de tener un plan; y yo nunca lo había tenido hasta entonces.

Esos tiempos ya pasaron, quiero decir que ya tengo un plan: joderos la vida, en realidad joder la vida de todo el mundo. Reconozco que es bastante ambicioso, así que procuro quemar etapas lo más rápidamente posible.

A lo largo de estos años solo he tenido un amigo, si es que se le puede llamar así. Bolo era un perro pequeño pero furioso. Su mayor hazaña fue la de saltar entre las piernas de un tío lejano que solo aparecía por casa en Navidad. El caso es que saltó y le mordió los huevos, y se quedó colgado de su dentadura un buen rato. Ni que decir tiene que nadie se mató por ayudar a mi tío. Creo que esa noche descubrí que yo no era el único que lo odiaba. Todo en él me causaba repugnancia, desde su tono de voz, a cómo se hurgaba la nariz con el dedo meñique. Bolo giraba como una peonza, agarrado a los testículos de mi tío. Al perro todavía le quedaban fuerzas para gruñir de una forma aguda. Lo consideré todo un prodigio. Lo más gracioso fue cuando se soltó y sus patas regresaron al suelo. Salió de estampida para esconderse en algún rincón, y no le culpo por ello, le esperaba un buen zapatillazo; mi madre tenía que guardar las apariencias. Sin embargo, mi tío aullaba con tal fuerza que nos olvidamos de Bolo y nos centramos en su entrepierna ensangrentada, a la que le faltaba un testículo. El muy cabrón se lo había arrancado. Buen chico, pensé. Claro que entonces no dije nada, yo no tenía plan. Ahora me parto la caja cada vez que recuerdo la anécdota. Lo mejor fue que el perro se pasó toda la tarde masticando el huevo de mi tío como si mascara chicle. De vez en cuando aparecía por el salón trabajando la mandíbula, como queriendo decir: mira, vejestorio, me estoy comiéndo tus cojones y te tienes que aguantar.

Y ahora yo me comeré los vuestros, malditos desgraciados del infierno. También me mearé en vuestra alfombra. Acepto sugerencias, nunca me canso de joderos. Si todavía no me creéis, podéis ver las noticias, ese estercolero televisivo que usan para amargarnos. Hoy aparezco yo a todo color. Soy ese con la cabeza rapada y la cara sucia. El que con la mirada te dice que ha asesinado a tu madre y que pronto cagará sobre su tumba; si es que la tiene. Mirad atentamente a la pantalla. ¿Verdad que los ojos de ese inspector de hacienda eran bonitos? Seguro que follaba mucho, que las llevaba a todas locas. A mí también me llevó loco. Por eso me lo he cargado. Me quería sacar hasta el último céntimo, como si no tuviera ya bastante con mis problemas. Que había heredado una fortuna de mis viejos. ¡Y una mierda! Una casa que se construyó en los estertores del Imperio Romano y cinco mil míseros euros. No me cepillé a mis viejos para compartir el botín con Papá Estado. Apenas me alcanzaba para mí, nadie me jode el plan, ¡¿me oís?! ¡NADIE!

Dos hachazos y la cabeza se separó del cuerpo. Tampoco le hubiera costado tanto dejarme en paz, joder. Seguro que tenía a veinte mil pardillos más en cartera. La avaricia lo condujo a la ruina. Es la historia de siempre. Se repite y se repite porque no saben cuándo parar. Esa es la diferencia entre ellos y yo. Yo me detendré cuando me alcance una bala. Puede que esa bala no tarde mucho en encontrarme. Pero, no os hagáis ilusiones, no voy a dejar que me atrapen tan fácilmente.

 

II: DESVÍO

Antes del inspector de hacienda hubo otros. Un banquero cuya corbata resultó ser bien flexible y resistente. Se ciñó a su cuello gordo con la suavidad y tensión digna de un hilo dental. El cura de una vieja iglesia —¿y cuál no lo es?— fue el siguiente en suplicar. Sus ruegos fueron especialmente repugnantes y muy alejados de la religión que llevaba por bandera. Incluso se ofreció a chupármela, con tal de que retrasara el inevitable encuentro con su jefe. Podría seguir enumerando a todos los hijos de puta e hijas de puta que tuvieron el honor de conocerme —la cifra os pondría los pelos de punta, porque evidencia lo cerca que cualquiera de vosotros ha estado de ser uno de ellos, salvados únicamente por el azar, hasta ahora, claro—, pero resultaría redundante. Solo os hablaré de una víctima más. Aquella que estuvo a punto de arruinar mi gran plan, pese a todos mis esfuerzos para que nadie me lo joda. Y digo tal vez, porque aquel cabronazo no sospechaba nada de mi plan secundario, de la subtrama del plan principal, del pequeño e improvisado desvío que me vi obligado a tomar.

Sabía que la próxima vez que le viera sería la última. Lo vi en sus ojos. Era una mirada rota. En las pupilas flotaba el odio y el dolor como un cadáver en un lago. Una expresión que gritaba determinación y total ausencia de compasión. La reconocí bien, porque la veo cada vez que me planto frente a un espejo. Aunque en mi caso sobra el dolor. En la superficie solo asoma el odio.

Cuando irrumpiera en este limpio sótano con la pistola lista para escupir, yo escupiría primero. Me deleitaría con el ruido de la llave deslizándose en la cerradura, saborearía el chasquido del pestillo al soltarse, y salivaría al recibir el chirrido de la puerta en cada uno de mis nervios. Luego, cuando sus pasos retumbasen entre las paredes de mi cráneo y el brazo cortase el aire con un zumbido al tiempo que acciona el percutor, regurgitaría las cuatro palabras mágicas.

Maté a su mujer. Ahí empezó todo, aunque yo no lo supe hasta un par de semanas después. Fue entonces cuando puse en marcha la subtrama.

Durante las tres semanas siguientes me dediqué a investigar a la familia. Llevé a cabo los preparativos sin ningún inconveniente. De alguna manera que aún desconozco lograron seguirme la pista, pero sé pasar desapercibido; no en vano llevaban años sin pillarme.

Pese a todo, mi deseo de acabar con todos vosotros continuaba ardiendo como cuando era un adolescente pajero, y tuve tiempo de añadir leña a ese fuego arrancándole la cabeza al inspector de hacienda. Poco después me detuvieron. Pero fue una detención poco convencional. No ofrecí resistencia. Conocía muy bien al hombre que rodeó mis muñecas con el frío tacto de las esposas. Lo había estado estudiando durante tres semanas. Era el marido de la mujer.

Imagino que sus superiores y compañeros no fueron informados de la detención. Era un secreto. Su secreto. Lo que no sabía es que todo el mundo tiene secretos. Yo tenía uno. Los secretos son la prueba de que todos tenemos un lado oscuro.

Llevaba en el sótano de su casa tres días. He de decir que al igual que el arresto, sus tácticas de interrogatorio no fueron nada convencionales. Me dejó cerca de veinticinco costillas rotas, un ojo echo puré y ocho o nueve espacios nuevos entre los dientes. ¿Veis? El entumecimiento que sentía en la parte central del rostro me decía que la nariz cambió su posición habitual. Los labios habrían sido el orgullo de un mal cirujano plástico. El acero de las esposas engulló parte de la carne de mis muñecas, y los calzoncillos y pantalones hacía días que dejaron de estar secos. Ahora entiendo el nulo pudor de mis víctimas.

Salió corriendo del sótano, sin cerrar la puerta esa vez; no iba a tardar en volver. Juraría que entonces se meó él encima. Como imaginé venía decidido a acabar con todo. Pero le frené. Las cuatro palabras mágicas salieron de mi boca magullada con delicada claridad. Saboreé cada una de las sílabas. Sabían a sangre. Su rostro se quebró en una mueca de horror. Parecía un cervatillo sorprendido por las fauces de un cocodrilo emergidas de la superficie del agua que bebía. El odio de sus ojos se hundió y junto al dolor apareció el miedo. «Mientes», me dijo. «Entonces aprieta el gatillo», le provoqué. Un destello de duda cruzó por su mirada. Pero la sonrisa que conseguí blandir lo apagó. Tuve que soportar barras candentes adheridas a mis labios y astillas hundiéndose en mi rostro al realizar el gesto, pero valió la pena.

Aún sentía el sabor sanguinolento de esas cuatro palabras mágicas mientras le oía llamar por teléfono. Me recreé en ellas, en la imagen de aquella mueca de pavor, en el misterioso efecto que unas simples palabras provoca en una persona. Y tarareé. Tarareé una melodía desconocida y sin sentido, pero cuya letra, a pesar de ser breve, era un canto de satisfacción y puede que libertad.

«Tengo a tu hijo».

 

III: X

Tengo un socio, no es que sea Rambo; no sabe pegar tiros, ni levanta troncos con sus manos desnudas. X, como voy a llamarle a partir de este momento, anda escondido en alguna parte, le he dado el cargo de jefe de logística. En realidad no es el jefe de nadie, ni falta que le hace, lo único que le haría feliz es tener un buen sueldo, de títulos pasa bastante. Supongo que si no me detienen con un tiro en la cabeza, nos convertiremos en millonarios, X y yo.

Parecéis aburridos, mamarrachos. ¿No os está gustando mi historia? Pues no sabéis lo que os espera. Está tardando en llegar el helicóptero, no me echéis la culpa a mí. Imagino que la policía habrá urdido todo tipo de trampas para capturarme. Quizá el piloto sea un agente disfrazado de anciana, o puede que debajo de esa alfombra haya una trampilla que dé acceso al alcantarillado y se esté colando un equipo de las fuerzas especiales. Todo eso son paparruchas. Se olvidan de que tengo un plan. ¿Cuándo se vio que Annibal no tuviera un plan? Y por eso mismo siempre se salía con la suya.

 

IV: TRUENO AZUL

Parece que ya está aquí mi helicóptero. En el fondo son unos tíos majos estos policías. Su fuerte no es la puntualidad, hay que reconocerlo, pero si te haces entender con las palabras adecuadas con muy serviciales. X ha estado charlando con ellos, no necesito explicaros los detalles, total, os queda un minuto de vida.

¡Joder! No os lo tendría que haber dicho. Ahora estáis llorando como unos cachorritos desamparados. Está bien, os doy dos opciones, podéis recibir un balazo en la frente ahora o acompañarme a la azotea, así de simple. Tal vez haya espacio para alguno en mi Trueno Azul. La oferta es tentadora. Bueno, tú ni te molestes, pesas mucho.

¡Y vosotros, no lloréis, hostia! Que os mato aquí mismo. Subid delante de mí, que quiero disfrutar de vuestros culitos. Espero que estéis en forma, porque solo son veinticinco plantas, el sueño de todo atleta. ¿Os he hablado alguna vez de mi jefe el maratoniano? Ese sí que era un verdadero hijo de Satanás. Creo que Koma se inspiró en él para escribir aquella canción, aunque supongo que eso debe pensar todo el mundo sobre su jefe. Estáis todos cortados por el mismo patrón. Venga, no bajéis el ritmo y, mientras subimos, os lo cuento.

 

V: EL MARATONIANO

El cabronazo era el hijo del dueño de la empresa. Ahora él la dirigía, aunque el viejo siempre andaba por ahí, omnipresente, perenne como un abeto milenario. La fábrica llevaba abierta desde que aquel hijoputa con voz de pito gobernaba España; podéis haceros una idea del tipo de prácticas que el viejo había cogido por costumbre, heredadas después por su hijo. Los empleados más veteranos decían que el muchacho se había criado entre las sucias paredes de la fábrica, aprendiendo de su padre, dominando el uso del látigo. Para ellos, la palabra trabajo se convertía en explotación de manera tan natural e insignificante como el día pasa a la noche. No veían personas en nosotros; no éramos más que máquinas. Aunque claro, eso es lo mismo que pensáis todos vosotros de vuestros empleados; las cosas no suelen cambiar mucho.

¿Por qué le llamábamos el Maratoniano? Le gustaba hacernos correr. Tenía una codiciosa obsesión por la producción. Nunca estaba satisfecho. Todo era poco para él. «Dadle caña» era su expresión favorita. Cada día establecía un mínimo de trabajo. Nos obligaba a movernos con rapidez o a subir la velocidad de las máquinas. Y digo «nos obligaba» porque, de lo contrario, nos hacía echar horas extras impagadas hasta alcanzar el objetivo, o nos quitaba cierta cantidad proporcional de la nómina. Es ilegal, claro, pero nadie se atrevía a denunciarlo. De este modo, la fábrica parecía más un campamento de entrenamiento militar o un gimnasio lleno de atletas preparándose para las Olimpiadas que un lugar de trabajo.

Como comprenderéis, yo no soporté el abuso durante mucho tiempo. Era operario de una máquina de prensado de metal. Esta contenía múltiples rodillos. Giraban a una velocidad de vértigo, zumbando como avispones en sus ejes. Como tantas otras ilegalidades, la seguridad no estaba en la idiosincrasia de aquel cabrón, y las inspecciones amigas resultaban aptas tras un buen untado de la empresa. La única seguridad de que disponía la máquina era un botón de emergencia que detenía los rodillos y los separaba unos de otros.

Al maratoniano le encantaba plantarse a tu lado y observar cómo corrías. Estoy seguro de que se le ponía dura. Incluso un día creí ver que se acariciaba a la altura de la entrepierna, sin molestarse en meter la mano en el bolsillo para disimular.

Aquel día, la tarde en la que decidí no aguantarlo más, observaba mi carrera. Los ojos le brillaban igual que los de un gato cuando juguetea con un ratón aún con vida. Restaba una hora para acabar el turno y todavía me quedaba una gran cantidad de trabajo para alcanzar el mínimo de producción fijado esa jornada. La ropa se pegaba a mi cuerpo; parecía que me había caído a una piscina. Las piernas me temblaban, me dolían los pies, los brazos eran dos pesos muertos que costaba horrores levantar y las planchas de metal habían dejado mis manos en carne viva, con varios cortes supurantes.

Hacía días que llevaba planeándolo, pero hasta aquel, no me había decidido. Fue algo repentino. No sé si lo precipitó aquellos ojos iluminados, aquella breve curva de una de las comisuras de sus labios satisfechos y orgullosos, los brazos cruzados sobre el pecho o la protuberancia de sus pantalones. El caso es que cuando me aseguré de que ninguno de mis compañeros nos observaba y de que el viejo no rondaba por ahí, le agarré de las solapas de su impoluta, ridícula y discordante camisa y antes de que pudiera soltar un grito, lo lancé hacia los insaciables rodillos. Voraces, amainando la velocidad tan solo un poco al realizar el esfuerzo de aplastar un objeto más grueso que aquellas delgadas láminas de metal, hicieron crujir primero los huesos del cráneo, luego del torso y los brazos y, finalmente, de las piernas y pies. Al mismo tiempo hubo un estallido de sangre, explosión de fuegos artificiales rojos. Luego, al otro lado, sobre la pulida superficie de la plancha, apareció algo grotesco que recordaba vagamente a la silueta de una persona. Me vino a la mente el cadáver de un gato, aplastado por las ruedas de un camión.

Corrí hacia el botón de emergencia, lo pulsé de un manotazo. Ensayé una mueca de horror y di la voz de alarma. No sonó muy convincente. Creo que ninguno de mis compañeros se creyó la versión que les conté, es decir, que se había tropezado con un cordón suelto de sus zapatos de Prada. Pero ni uno solo me lo hizo saber, y corroboraron mi versión ante los inspectores y los tribunales.

Como habréis intuido y como imagino que vuestra experiencia demuestra, el Maratoniano no era muy popular entre sus empleados.

Venga, no pongáis esa cara. Se lo merecía, joder.

Tú, deja de resoplar. Tampoco ha sido para tanto; quince minutos de subida por unas escaleras estrechas no es comparable a ocho horas de pie en una fábrica. Abre la puerta. La libertad nos espera al otro lado.

 

VI: SEGURO

No entiendo por qué la llaman Nochevieja, todo el mundo sabe que la noche es joven. ¿Lo veis? La sociedad se empeña en contradecirse, en crear el caos, en complicarnos la vida. Que os jodan a todos. Vaya, parece que en el helicóptero solo hay sitio para dos. Algunos tendréis que saltar desde la azotea, con un poco de suerte, si agitáis los brazos conseguís volar. Sería bonito que saltarais con las campanadas de fin de año. Tú serás el primero. Sin dramatismos, por favor. ¡Salta de una puta vez!

Pues no remonta… Nada, se estrelló. No diré que lo lamento, pero es una pena que me haya adelantado a las campanadas, ha sido un lapsus, lo reconozco. No os veo impacientes por saltar. Está bien, os contaré cuál es mi plan. No sé ni por qué me molesto, quizá porque me gusta ver cómo os meáis encima de miedo.

¿Recordáis al policía que me secuestró? El tío se la jugó, me dejó libre a cambio de que le diera el paradero de su hijo. Y se lo di. Claro que él no contaba con mi jefe de logística. Se presentó en el almacén abandonado a toda prisa, dijo que cuando regresara, él me liberaría a mí. No se puede confiar en un policía, eso lo sabe cualquiera, así que no lo hice. Mi socio vigilaba el almacén día y noche. A veces se pasaba a visitar a nuestro inquilino y le llevaba algo de comida y alguna revista para que se entretuviera, luego se largaba a su puesto de guardia. Hasta que apareció papá poli. Menudo chasco debió llevarse el muy hijo de puta cuando sintió el cañón de la escopeta apretado contra su espalda. Mi socio lo encadenó junto a su hijo y allí siguen, como una familia feliz. Dos rehenes ayudan a que las autoridades sean más comprensivas, aunque no son suficiente motivo para que te permitan actuar como te venga en gana. Así que diversificamos nuestras acciones, usando un poco la charlatanería de la bolsa. Mi socio trabaja en el metro y lleva un tiempecillo sembrando los túneles con explosivos. ¿Cuántas bombas hay? Eso no puedo decirlo, ni siquiera a vosotros. Lo que sí hemos hecho es llevar a la policía hasta una de ellas, para que vean que no vamos de farol. El resto os lo podéis imaginar.

En fin, me marcho ya, están a punto de dar las doce. Como os he dicho, solo uno de vosotros me acompañará en este viaje a ninguna parte. Tú, el de la chaqueta marrón, ve subiendo al helicóptero, es tu día de suerte. Puede que mañana no lo sea, pero por el momento sigues vivo. Los demás, batid vuestras alas. ¡YA!

¡Feliz año!

 

VII: HACIA EL SUR

—¿Has visto cómo saltaban igual que leones amaestrados? Sinceramente, yo hubiera preferido un balazo.

—Supongo que estaban tan nerviosos que se hubieran dado por culo unos a otros si se lo hubieras sugerido.

—Seguramente. Señor X, ha estado usted muy convincente en su papel de víctima. No se pierda los próximos Goya, podría estar nominado.

—Mis padres criticaban que malgastara el dinero en clases de interpretación.

—Y en las de piloto de helicóptero.

—Sí, en esas también. Qué cabrones, me apoyaban en todo.

Le pego un tiro al piloto, no necesitamos dos para este viaje. Además, así ahorraremos un poco de combustible. X se pone a los mandos del aparato y se vuelve hacia mí.

—¿Hacia dónde nos dirigimos, socio?

—Hacia el sur, siempre hacia el sur.




miércoles, 14 de septiembre de 2022

Un día para el fin del mundo

 Relato escrito a cuatro manos con C.G. Demian

Al abrir la puerta de la celda, un arrastrar de cadenas se filtró al corredor. Gómez y Carmona apuraban un café con la espalda apoyada contra el frío muro de cemento. Un hombre de pelo ceniciento abandonó la celda acompañado por dos guardias. Gómez y Carmona se lanzaron una mirada cómplice. En ella estaba implícito un gesto de repugnancia, aunque puede que fuera tan solo odio.

El doctor Janer había sido reactivado. La línea entre héroe y villano no era tan fina en ningún otro lugar como en los servicios de inteligencia. Llevaba seis años cumpliendo condena por prácticas inmorales y eso, considerando los criterios de moralidad de la Agencia era mucho decir. Fue juzgado sumariamente por… bueno, fue encarcelado, y no hubo más que hablar. Nadie protestó, el tipo era un verdadero hijo de puta.

En el transcurso de aquellos seis años bucólicos, el acuerdo sobre la reclusión del doctor fue unánime. Los políticos y altos cargos brindaban con champaña por haber conseguido que su país fuera un lugar más seguro. Sin embargo, nada dura para siempre.

La guerra estalló de repente, como un paquete bomba envuelto en papel de celofán. Los chinos habían programado una opa hostil contra nuestra democracia y estaban a punto de salirse con la suya. Solo a un loco se le ocurriría declararle la guerra a una potencia como China. Este era el enésimo encuentro entre David y Goliat, y hay que tener muy buena puntería con la honda para vencer un enfrentamiento de esa magnitud. El doctor Janer era nuestro mejor hondero.

Ahora recorría el largo pasillo hasta su viejo laboratorio con la cabeza gacha, con los cabellos revueltos cubriéndole la cara que le escondían una sonrisa de plena satisfacción. Vestía un mono naranja que pronto cambiaría por una más digna bata blanca. Solo mudaba el disfraz de loco por el del sabio. Irónicamente dentro del traje continuaba siendo el mismo malnacido de siempre.

Los mismos que antes brindaban por su encarcelación ahora descorchaban el mejor cava por haber dado con el arma que nos haría ganar la guerra. Por suerte China estaba lejos, eso nos concedía tiempo para prepararnos. ¿Prepararnos para la muerte? Tal vez, pero la mayoría estábamos de acuerdo; éramos demasiado mayores para aprender chino.

Una puerta blindada se abrió al fondo del corredor y el doctor Janer traspasó el umbral de la locura. Oficialmente había dejado de ser un demente. El paso se cerró después de que el viejo doctor torciera un recodo y desapareciera de la vista.

El coronel Andrade le esperaba en un despacho que se había dispuesto junto al laboratorio. Su gesto era de preocupación, vestía el uniforme de campaña, su pecho estaba cubierto de condecoraciones. Un cigarro recién encendido pendía de sus labios.

—Siéntese, por favor.

Janer tomó asiento.

—Imagino que ya sabe por qué lo he hecho venir. Al menos lo sospecha.

Un brillo maligno relampagueó en los ojos del doctor.

—Bien —dijo Andrade—, entonces no hay mucho que explicar. El enemigo nos supera en número y en recursos. Necesitamos un milagro. Uno como los que solo usted es capaz de hacer.

Janer rio.

—¿Ahora lo llaman milagro? Pensaba que era una abominación, algo así como poner del revés una cruz y prenderle fuego.

—Moisés hizo que las aguas del Mar Rojo se abriesen para que el pueblo judío escapara de Egipto. A lo que los hebreos llamaron milagro, el faraón lo consideró una abominación. Todo depende del punto de vista. Aunque alguien tan inteligente como usted ya debe saberlo.

El doctor asintió con una sonrisa sardónica formándose en sus renegridos labios. Su aspecto era demacrado. La piel mortecina por la falta de sol, los ojos hinchados, surcados por hilos sanguinolentos.

—No puedo remediarlo —dijo de pronto—, soy un patriota.

Andrade suspiró aliviado. Una puerta de esperanza se entreabría. Aunque el calor del infierno seguía quemándole el trasero.

—Entonces, si no tiene inconveniente, comenzará a trabajar en el proyecto hoy mismo. El tiempo juega en nuestra contra.

—No se preocupe, teniente. —Andrade estuvo a punto de protestar, pero se contuvo en el último segundo—. Llevo trabajando en ello desde hace seis años. —Se tocó la cabeza con el índice—. No pueden ponerle rejas a esto. Nunca fui su prisionero porque siempre tuve libertad para pensar lo que me viniera en gana.

 

Janer escuchó el sonido de la puerta al cerrarse con la mayor satisfacción que su manchada alma podía experimentar. Estaba en su hábitat natural. Después de tantos años, al fin volvía a pisar el inmaculado suelo de linóleo de su laboratorio. Por fin podía respirar el aséptico aroma de la magia científica. La bata blanca no solo le confería el aspecto del hombre sabio que era; también le inyectó una dulce dosis de poder. Allí dentro, abrazado por su uniforme, volvía a tener el control, volvía a ser el doctor Janer.

En la celda había tenido mucho tiempo para pensar. Cometió un error seis años atrás. No pudo controlarlo. Por entones estaba sometido a una presión atroz. Se sentía como si una guadaña sostenida por un péndulo descendiera cada vez más sobre su atrapado cuerpo. Le obligaron a hacer algo que iba en contra de sus principios, pero no tuvo elección.

—¿Sabe qué les ocurre a los campos cuando hay una plaga de langostas? —Fue la pregunta estúpida con la que le recibió el entonces teniente Andrade.

Janer acababa de entrar al despacho. Seis años atrás, su cabello aún lucía negro y brillante, engominado hacia la coronilla, exponiendo una enorme e inteligente frente.

No le dejó responder.

—Le he hecho venir aquí —continuó— porque es nuestro mejor científico y porque la delicada naturaleza de este asunto conlleva discreción absoluta.

El doctor Janer sabía por dónde iba, lo cual no hizo que se sintiera mejor. Era un hombre sin amigos. Nunca había tenido pareja, y su familia hacía tiempo que había cesado su empeño por verlo. El doctor pertenecía al laboratorio, a sus experimentos, así había sido desde niño y así seguiría siendo hasta que su corazón dejara de latir y su cuerpo se desplomara sobre los frascos, pisetas y matraces. Dedicaba su vida a la ciencia y era feliz, pero a veces la soledad llamaba a la puerta, y que el teniente remarcara este hecho no le sentó bien.

—Desde luego las ratas no podrán revelar el secreto a nadie —comentó, un tanto exasperado—. Aunque tal vez —prosiguió con gesto reflexivo— pueda inventar alguna forma de hacerlas hablar.

El teniente Andrade lo miró muy serio. ¿Era posible que el muy imbécil creyera de verdad que podría llegar a hacer tal cosa?, pensó el doctor.

Esbozó una sonrisa sarcástica y los rasgos del teniente se distendieron hasta estallar en una carcajada seca y escasa de gracia.

—Bueno, doctor Janer —dijo tras el exabrupto de humor y mientras sacaba un cigarrillo de un estuche dorado—. Como iba diciendo, lo que vamos a hablar aquí, y lo que le voy a ordenar hacer, es alto secreto, ¿entiende?

—Sí, señor.

—Bien. —Se llevó un cigarro a los labios y lo encendió con una diminuta cerilla que había en una caja dentro del estuche. No le ofreció al doctor—. Los campos quedan totalmente diezmados —explicó retomando el tema con el que le había saludado—. Y entonces los agricultores tienen un serio problema. Pero no solo ellos, también los ganaderos y toda la industria alimenticia y, por consiguiente, el resto del mundo.

Dejó que las palabras calaran en el gran cerebro del doctor, al tiempo que exhalaba una enorme columna de humo, semejante a la desprendida por una chimenea de una fábrica de papel. Janer empezaba a hacerse una idea de a dónde quería ir a parar.

El teniente Andrade aplastó el cigarro contra la madera de su escritorio, retiró la ceniza con el dorso de la mano, y continuó hablando.

—Los tíos de traje y corbata están preocupados, ¿sabe? Los últimos índices demográficos les atormentan sobremanera.

—Desconocía que hay plagas de langostas en estos momentos. Llevo tiempo sin ver una —ironizó el doctor. Empezaba a sentir una ligera angustia en el estómago.

El teniente Andrade volvió a soltar una de sus falsas risas secas y a cortarla con la misma brusquedad.

—Bien. Nos han pedido que calmemos su preocupación. Que hagamos algo para reducir la plaga. No mucho, se han apresurado a aclarar (su impoluta moral debe estar chillando de dolor), con un tercio sería suficiente…, por un tiempo. Sé que usted será capaz de realizar el trabajo. Piense que lo mandan ellos, los mandamás, o lo que es lo mismo, nuestro país, por lo que lo que lo hará por su país, por su gente, pero no solo por ello, también por el mundo entero. Usted será quien nos salve, doctor.

—¿Tengo elección? —preguntó, de nuevo con ironía.

El teniente Andrade se reclinó en su asiento, cerró los ojos con fuerza, y rompió a reír como un poseso. Sin detener la risa, extrajo otro cigarrillo del estuche dorado, se lo puso como pudo entre los labios, realizó un ademán con la mano para que saliera del despacho, y giró la silla hasta quedar frente al ventanal que había a sus espaldas. Esta vez la risa no sonó fingida y Janer aún la oía cuando salió al pasillo y se dirigió a su laboratorio.

 

Ellos le habían convertido en el monstruo que lo consideraban ahora. Cuando todo se fue al traste, toda la culpa recayó sobre él. El gobierno y sus superiores se limpiaron las manos, ¿qué otra conclusión cabía esperar? Él era el único causante de la muerte de casi la mitad de la población mundial. Él y solamente él. El malvado doctor Janer. Se había convertido en el manido tópico del científico loco.

Janer solo hizo lo que le pidieron. A pesar de sus advertencias, los altos mandos le pusieron una fecha límite, y cuando esta llegó, tuvo que entregar el resultado, a pesar de que aún quedaban pruebas importantes por realizar. La enfermedad empezó a descontrolarse a partir del segundo día. Resultó ser más contagiosa y rápida de lo esperado. No hubo manera de pararla. Las mutaciones se sucedían unas tras otras. La gente enfermaba y, la mayoría, independientemente de la edad o salud, fallecía. Janer fue juzgado, declarado culpable de genocidio, y encarcelado. Cuatro años más tarde gracias a una vacuna y sobre todo a que las mutaciones se detuvieron, el cuerpo se fue adaptando, aceptando a su nuevo huésped, y los casos descendieron de manera gradual pero constante.

La Enfermedad de Janer, la llamaron. Llevaba su nombre, el nombre del monstruo. Todo el mundo lo odiaba, a excepción de algunos conspiranóicos que en este caso tenían razón y se habían olido la verdad oculta tras el virus mortal.

«De modo que eso es lo que pensáis de mí —reflexionó Janer los primeros días en su celda—. Esas miradas de desprecio, de asco, es lo que recibiré a partir de ahora de todo el mundo. ¿Yo soy el monstruo? ¿Creéis que yo lo soy? Entonces no os decepcionaré».

Y empezó a tejer una forma de hacer honor a su sobrenombre.

 

Su rencor no iba dirigido a la población. Esta siempre ha sido manipulada por los medios y la mayoría de las mentes humanas son tan maleables como plastilina en manos de un niño. Su venganza recaería únicamente sobre el personal de aquella base. Desearía poder llegar también a los altos cargos del gobierno, pero aquello sería imposible. Por otro lado, en aquel lugar había gente inocente que nada tenía que ver con su encarcelamiento, sin embargo siempre hay daños colaterales. Además, las miradas y los gestos de ese personal inocente estaban teñidas de odio. No era culpa suya que fueran tan poco inteligentes como para pensar por sí mismos y darse cuenta de que trabajaban para una agencia tan podrida y llena de gusanos como una manzana pasada.

Durante su estancia en prisión, en la libertad de su mente, había estado ideando la forma de controlar el virus, estrujándose los sesos para dar con el error que habría solventado si hubiera podido realizar más pruebas. Y finalmente, tras varios años, dio con la clave. Supo cómo mantenerlo bajo control, cómo evitar que los contagios fueran eternos. Encontró la forma de hacer que el virus se autodestruyera pasadas unas horas de incubación. Desconocía si alguna vez lograría salir de entre esas cuatro paredes, pero si algún día le daban la libertad, ya tenía el arma para acabar con toda esa escoria.

Y ese día había llegado gracias a la guerra contra China. Solo necesitaba unas semanas y su justa venganza habría concluido, porque ¿qué es la venganza sino hacer justicia desde lo más profundo del corazón?

 

La noche en que el doctor Janer logró crear la nueva variante del virus, se desplomó sobre su asiento y suspiró. Fue un resoplido tembloroso, preñado de alivio y triunfo. También de cierta tristeza: su vida no tendría que haber sido así. Se sentía tan enfadado.

Antes de levantarse se armó de valor para llevar a cabo la siguiente fase del plan. Luego salió del laboratorio, donde había un guardia vigilando que el monstruo no hiciera ninguna monstruosidad.

—Ya está —le dijo.

El hombre, fornido de cuerpo pero no de mente, le respondió:

—¿El qué está?

—¿Puedo ir a hablar con el teniente Andrade?

—El coronel Andrade —lo corrigió el guardia con cara de no muy buenos amigos.

—¿Puedo hablar con él?

—Ahora mismo no está en su despacho.

—¡Pues llámale, maldita sea! —estalló el doctor con impaciencia.

El guardia dio un paso al frente mientras se llevaba la mano al arma enfundada.

—Relájate, Frankenstein.

Janer no supo si lo decía refiriéndose al doctor o al monstruo, pero viendo su nivel de inteligencia, intuyó que al segundo, al igual que la mayoría de la gente que desconoce la historia.

Cuando el guardia decidió que el doctor se había calmado, sacó un teléfono móvil con la otra mano del bolsillo interior de la americana e hizo una llamada.

—¿Puedo ir al servicio? —le preguntó Janer.

—Sin ninguna tontería —afirmó el hombre y, a continuación, saludó al coronel Andrade al otro lado de la línea.

El vengativo corazón del doctor Janer empezó a latir con fuerza cuando dio los primeros pasos en dirección a los aseos, pensando que en cualquier momento el guardia se daría cuenta de la negligencia que acababa de cometer. No lo hizo y, tras abrir y cerrar la puerta del cuarto de baño sin llegar a entrar, reanudó la marcha por el pasillo. Media hora después, volvía a cruzar por delante del servicio, de donde salía el guardia con el rostro rojo de ira.

—¿Dónde coño has ido? —le espetó con los dedos alrededor de la culata de la pistola sin llegar a sacarla de su funda.

—Fui a ver si el coronel había llegado ya tras tu llamada.

El hombre guardó silencio unos segundos, con una salvaje mirada clavada en él y la respiración como la de un toro a punto de lanzarse contra el matador.

—Mi mujer murió, ¿sabes? —le dijo de repente.

Janer no dijo nada, un tanto perplejo.

—Tú la mataste —añadió—. Así que como vuelvas a hacer alguna otra tontería, no dudaré en sacar el arma y volarte esos sesos tan inteligentes.

Durante un momento el doctor estuvo a punto de replicarle con la intención de aclarar quiénes fueron los verdaderos asesinos, pero eso serviría solo para provocar más la ira del hombre, de modo que agachó la cabeza y no dijo nada: no podía permitirse ningún fallo.

El guardia dio un paso atrás, apartándose de su espacio personal, y le dijo, un poco más tranquilo pero con el mismo desprecio en su tono de voz, que el coronel Andrade no tardaría en llegar al despacho, así que lo escoltó hasta el lugar.

—Siéntate ahí —le ordenó.

Janer se acomodó en la silla que había frente al escritorio del coronel; el guardia salió del despacho y permaneció al lado de la puerta abierta. Cinco minutos después, el coronel Andrade pasaba bajo el umbral. Se estaba encendiendo un cigarro.

—Gracias, Félix, espere fuera.

Andrade cerró la puerta. El corazón de Janer inició un rápido tamborileo. Respiró hondo, trató de calmarse, y lo consiguió. Ya no había nada de qué preocuparse. Todo estaba saliendo como tenía planeado.

—¿Lo tiene? —preguntó mientras rodeaba la mesa y tomaba asiento. Se le notaba ansioso a pesar de que trataba de ocultarlo—. Más vale que sí; estaba a punto de tumbarme a leer uno de esos repugnantes libros del traidor de John Le Carré. —Andrade tenía un pequeño apartamento en la parte superior del edificio.

Janer curvó los labios en una sonrisa y asintió. Le embargaba tal felicidad, estaba tan eufórico, que no se veía capaz de decir una palabra.

El coronel exhaló una última calada sin perder el contacto visual y aplastó el cigarrillo contra la mesa.

—¿A qué viene esa estúpida sonrisa? ¿Qué es lo que ha creado esta vez? Vamos, ¡hable!

Una de las condiciones que el doctor pidió y le permitieron fue no interferir en su proyecto, no hacer preguntas mientras estuviera trabajando en él. Los altos mandos sabían muy bien que él no había sido el causante de la catástrofe anterior, aunque jamás lo reconocerían abiertamente, y eran conscientes del talento del hombre, por lo que en realidad no tenían motivos para desconfiar de él, así pues aceptaron la condición. Por otro lado, en esta ocasión no hizo falta poner fecha límite. Había que apresurarse, claro, los chinos eran como un grano infectado: podían estallar en cualquier momento; pero Janer les aseguró que en menos de una semana lo tendría listo, y así fue.

Janer le respondió con la misma sonrisa, incapaz de borrarla de su rostro macilento y ojeroso. Un cosquilleo empezaba a ascender por su garganta.

—¿Qué coño le pasa? ¡¿Por qué sonríe así?! —La impaciencia del coronel salió a la luz y este ya no trató de mantenerla en la oscuridad—. ¿Es un arma láser? ¿Un control mental de soldados? ¿Qué ha inventado? ¡Dígamelo! Ya hemos esperado bastante, hemos cumplido su absurda condición.

Antes de responder, los labios del doctor se separaron y el cosquilleo se liberó en forma de un ataque de tos. El pecho le empezó a palpitar segundos antes de terminar de toser. Un dolor se instaló en él y la respiración se tornó fatigosa y sibilante.

En la abertura de los ojos del coronel Andrade pudo ver la claridad de la comprensión.

—¡Serás hijo de puta! —le gritó y rodeó la mitad inferior de su cara con una mano al tiempo que con la otra rebuscaba en uno de los cajones del escritorio. La mano reapareció con una mascarilla quirúrgica.

—No le va a servir de nada, coronel —habló al fin Janer. Tosió, y continuó—: El nuevo virus lleva en el aire unos cuarenta minutos. El sistema de ventilación se ha ocupado de esparcirlo bien por todo el complejo.

En ese momento irrumpió en el despacho el guardia, con la pistola en la mano.

—¿Todo bien, coronel? —preguntó.

Andrade se levantó de su silla.

—Inicie protocolo de evacuación —le ordenó—. Todo el mundo fuera del edificio ¡ya!

—Sí, señor —dijo el guardia antes de toser y de enfundar el arma. Luego lanzó una última mirada de odio hacia el doctor y salió del cuarto.

El coronel se volvió hacia Janer mientras lo señalaba con un largo dedo teñido de nicotina.

—Y tú… —Tos.

—Veo que no ha aprendido nada de la pandemia anterior —aprovechó el doctor para comentar.

—Callát… —Más tos. Se dio la vuelta para alzarse la mascarilla y poder toser sin ningún impedimento.

—¿Se expande un virus por el edificio y su primera orden es desalojarlo? —A Janer también le atacaban accesos de tos, pero hacía un esfuerzo por seguir hablando—. ¿También me culparéis a mí de esa pésima gestión?

—¡Intento que se contagie el menos número de personal posible, monstruo!

Janer rio.

—Demasiado tarde para eso, me temo. Pero no se preocupe, señor, ya me he encargado yo de ese detalle. Todas las puertas están bloqueadas, y he modificado el virus para que muera junto a su huésped. Tranquilo, ni el personal de este complejo ni el virus saldrán jamás de aquí.

—¡Hijo de…! —Se palpó el costado, donde deberían de estar sus cartucheras con las pistolas, pero no las llevaba puestas. Vestía un chándal de estar por casa; no esperaba necesitarlas a esas horas de la noche, se suponía que tan solo iba a ser una charla informativa.

Desde su silla, Janer observó cómo el coronel, desesperado, rojo de ira, corría hacia un pequeño mueble que había detrás del escritorio. Allí abrió una puertecita y tras ella apareció una caja fuerte. El doctor imaginaba lo que buscaba así que decidió no regalarle más tiempo. Aprovechando que Andrade estaba de espaldas a él, se puso en pie y alzó la silla con las pocas fuerzas que le quedaban. A continuación se acercó al hombre agachado y al tiempo que abría la caja fuerte, arrojó el asiento sobre su cabeza. El cuerpo del oficial se desplomó hacia adelante, su frente golpeó contra la culata de la pistola que había en el interior de la caja, y ahí permaneció inmóvil. Janer perdió el equilibrio al lanzar la silla, cayó sobre esta y sobre el coronel. Cada vez estaba más débil y los accesos de tos eran más continuos. La tez había pasado del blanco al amarillo; pero aún le quedaba una gota de energía, la suficiente para llegar a su lugar sagrado, a su hogar, a su laboratorio. No podía morir ahí, encima de aquella rata gubernamental.

Al mismo tiempo que el doctor Janer cruzaba el pasillo, la alarma de emergencia estalló en todo el edificio. Luces rojas intermitentes lo escoltaron hasta el laboratorio. Una vez dentro, bloqueó la puerta. A duras penas alcanzó su silla y cayó sobre el asiento, con los brazos colgando a los lados. Miró al frente, a la brillante encimera repleta de objetos de laboratorio, y sus labios se encorvaron en una última sonrisa.

Morir solo no era tan malo como se decía, siempre y cuando se esté en casa.




viernes, 8 de julio de 2022

Lazos de sangre

 Un mal ha arraigado en su familia; ahora tiene que tomar la decisión más dura de su vida

Relato escrito a cuatro manos con C.G. Demian

¿Conocéis esa sensación de estar entre la espada y la pared? ¿Alguna vez os habéis encontrado en la ardua tesitura de tomar una decisión que cambiará vuestra vida para siempre? ¿Imagináis siquiera lo que se siente cuando tienes delante a las personas que más amas en el mundo y debes decidir… debes decidir si permanecer junto a ellas o… o matarlas?

Yo sí lo sé. Pero no me juzguéis. Todavía no, al menos. Dejad que os cuente el motivo por el que estoy sentado en el borde del colchón de la cama de mi hijo. Permitidme, antes de tacharme de psicópata sin escrúpulos, que os explique por qué contemplo entre sombras a mi pequeño, en esta oscura habitación a pesar de ser las diez de la mañana de un soleado día de junio, mientras en mi cabeza bullen las dudas y el miedo igual que un estofado en una olla, formando burbujas que estallan en mi cerebro y se adhieren a él con doloroso pesar.

 

Mi vida se convirtió en un infierno hace tres meses, tras la mudanza.

El edificio, de dos plantas, contenía cuatro apartamentos. Solo uno estaba habitado: el primero B. El A y los dos bajos llevaban años vacíos. La construcción era vieja, y la fachada, arañada por el tiempo, dejaba al descubierto los anaranjados ladrillos que asomaban tímidamente, al igual que el cuerpo de una anciana a la que el marido, ávido de deseo, desviste con cariño. No era muy elegante, pero sí económico.

A Sara, mi mujer, la habían despedido hacía dos meses. La fábrica de zapatos en la que llevaba cinco años trabajando había cerrado. Uno a uno, como adolescentes en una película Slasher, los empleados fueron desapareciendo, hasta que le llegó el turno a ella. Luego, sin más, la empresa dejó de existir. Sara decía que eso la consolaba un poco: al menos no la habían echado por incompetencia. Pero el consuelo no daba de comer y la prestación por desempleo tampoco. En cuanto a mi sueldo, bueno, digamos que para vivir en un viejo edificio con aspecto de anciana desnuda era suficiente; para hacerlo en el chalet de dos plantas que hipotecamos tres años atrás, no tanto.

A diferencia del antiguo, nuestro nuevo hogar se hallaba relativamente cerca del centro de la ciudad. Este detalle me alejaba del lugar donde trabajaba, en el polígono de las afueras, pero, por otro lado, acercaba a mi hijo a su colegio. Raúl tiene… bueno, tenía —aún me cuesta hablar de él en pasado pese a tenerlo dormido aquí en frente— ocho años, y hacía menos de dos que había aprendido a leer. Él fue el primero en darse cuenta de que en el único piso ocupado hasta entonces del edificio vivía una familia.

—¡Mira, mami! —exclamó, tirando del bolsillo del pantalón de Sara, mientras señalaba con la otra uno de los buzones. Todavía no habíamos comprado el apartamento. Hasta ese día solo lo habíamos visto en fotos por Internet. La administradora ya había abierto la puerta del bajo A y esperaba en el umbral, mirando con fingida paciencia. De los cuatro buzones marrones colgados de los azulejos del portal, solo uno tenía una etiqueta con nombres. Raúl lo leyó con el ceño fruncido en ademán de orgullosa concentración—. Bábrara, Ángel y Carlos. ¡Hay un niño!

—Bárbara, cielo —le corrigió su madre.

—Sí, pequeñín —intervino la administradora del edificio con la sonrisa triunfal del comerciante que acaba de descubrir la debilidad de su cliente—. Los propietarios del primero B son una familia encantadora con un pequeñín precioso, como tú —comentó guiándole un ojo a mi hijo. Luego, volviendo el rostro hacia mí y Sara—: Nunca hemos tenido problemas con ellos. Estoy segura de que les encantará tener la compañía de otra familia. Llevan unos meses solos en este edificio

—Es un poco viejo —comenté—. El edificio, digo. No me lo esperaba así.

La mujer, lejos de borrar aquella sonrisa de hábil comerciante, la ensanchó.

—Es antiguo, sí. Pero la estructura es firme como la de una catedral medieval y, como os comenté por teléfono, no debéis dejaros engañar por su aspecto exterior. Como todo en esta vida, lo más importante se encuentra siempre en el interior.

Y, a continuación, se hizo a un lado y extendió el brazo en dirección al apartamento, invitándonos a entrar.

Tal y como nos adelantaron las fotos, el interior contrastaba ligeramente con la fachada. Era como si a la anciana le hubiesen trasplantado órganos nuevos, más jóvenes, aunque la estructura ósea revelaba su avanzada edad. La distribución clásica se veía compensada con una decoración mucho más contemporánea: muebles bajos en blanco y negro, parquet brillantemente pulido y paredes lisas de colores suaves, en escala de grises y blanco. Todas las habitaciones eran diminutas, pero claro, después del enorme chalet, cualquier piso se nos quedaría pequeño. El mobiliario resultaba agradable, así que solo nos mudamos, cuatro días después, con nuestras camas.

No vimos a los nuevos vecinos en todo el día, por eso, cuando el timbre de la puerta horadó el silencio de la noche con su afilada estridencia, los tres dimos un respingo, sobresaltados.

Estábamos en el salón, delante del televisor, donde emitían una película de estreno. La única que le prestaba atención era mi mujer. Raúl dormía con la cabeza sobre sus muslos —era sábado y no teníamos prisa por llevarle a la cama—; yo trataba de despegar los párpados cada segundo, pero cuando lo lograba, volvían a descender caprichosos, como los de esos muñecos Nenuco.

Sara y yo nos miramos, con el ceño fruncido, un tanto aturdidos. Raúl abrió un poco los ojos, levantó la cabeza y farfulló una pregunta que ninguno de los dos entendimos.

—Shhh, no pasa nada, cielo —le tranquilizó su madre mientras le acariciaba el pelo. La cabeza del niño descendió hacia sus muslos, y el sueño lo atrapó de nuevo.

—Voy a ver —susurré yo al tiempo que me levantaba, ahora totalmente despierto.

Me acerqué a la mirilla y no vi nada: el pasillo estaba oscuro. Confuso y sintiendo algo parecido a un miedo irracional, me dispuse a descorrer el cerrojo de la puerta. Tal vez quienquiera que hubiese llamado se había cansado de esperar y se había ido; pero no tardé tanto en responder, por lo que todavía podía estar cerca.

Abrí la puerta. Durante un segundo, creí que el corazón abandonaría mi cuerpo y saldría despedido entre mis labios igual que un hueso de aceituna atascado en la garganta.

Al otro lado del umbral, entre sombras, había un niño. Se encontraba a un metro, más o menos. Si no fuera por la claridad que llegaba de la televisión —justo enfrente de la pequeña entrada— y por la escasa luz que se filtraba a través de los cristales del portal, procedente de las farolas de la calle, no lo habría visto.

Un rostro redondo, pálido, flotaba en la penumbra como un globo. La naturaleza fantasmal de esa cara fue lo que me asustó tanto en un primer momento. Mi mente aturdida no la relacionó con un niño hasta que sus labios —de un vivo carmesí— se curvaron en una sonrisa, y unos delgados brazos emergieron de la negrura de improviso. Entonces se inclinó un poco hacia adelante, y la mortecina luz del interior de mi casa acarició la cara con mayor intensidad. Mi corazón regresó al pecho. Los nubarrones de mi cerebro se disiparon impulsados por una fuerte ráfaga de comprensión. Era solo un niño. El hijo de los vecinos al que sus padres le habrían hecho bajar a darles la bienvenida con un plato de comida, al estilo de las películas norteamericanas. Pero lo que había en el recipiente de porcelana no era una tarta de manzana; sino morcilla. Durante unos segundos, las nubes de perplejidad se empeñaron en tapar el sol de mi intelecto: era un regalo de bienvenida muy poco común y sofisticado. No obstante, las palabras del niño infundieron cierto sentido a todo ello.

—Hola, soy Carlos, vuestro vecino. Tengo ocho años. Mis papis y yo queremos daros este regalo de bienvenida. La ha hecho mi mamá; es una receta de la familia: mi abuela también la hacía —y, bajando la voz, añadió—: la de la abuela estaba más rica. —Sonrió de esa forma traviesa que solo los niños son capaces de esbozar. Al hacerlo, los labios se contrajeron sobre los dientes, y estos quedaron al aire libre. Eran unos dientes muy blancos, perfectos, pero había algo insólito que no encajaba; en ese momento no acerté a identificar de qué se trataba, y tampoco pude observarlos con mayor detenimiento, pues el niño volvió a juntar los labios de inmediato.

Dejé de pensar en ello y le miré a los ojos: grandes, con pupilas diminutas flotando en iris de un azul tan claro que parecían blancos. Di un paso para acercarme más al umbral y cogí el plato de morcilla. Las manos del muchacho no cruzaron la línea que separaba mi casa del portal.

—Muchas gracias, Carlos. Diles a tus padres que sois muy amables.

—No hay de qué —dijo una voz de mujer procedente de la oscuridad detrás del niño.

El horror paralizó todo mi cuerpo, incluidos los brazos, que se detuvieron en pleno retroceso. En esta ocasión, el corazón no saltó hasta mi garganta: dejé de sentir sus latidos.

El pánico agarró mis ojos y los sacó de las cuencas, desorbitándolos, y en ese estado contemplé cómo dos manchas blancas iban dibujándose en la penumbra, por encima de Carlos. Cuando estuvieron a la altura del niño, un par de manos se posaron en sus hombros, una a cada lado. Las manchas blancas tenían facciones. Al igual que ocurrió anteriormente, el percatarme de este hecho, logró evaporar mi absurdo miedo. Mi cuerpo se distendió con una pequeña convulsión, igual que si hubiesen arrojado agua fría sobre mi cabeza. Entonces, sin poder evitarlo, me embargó una risa casi histérica.

—Lo siento —me disculpé entre carcajada y carcajada—. No os había visto. Me he dado un susto de muerte.

—¿Qué pasa, Sergio? —Era mi mujer, quien acudió a ver por qué tardaba tanto. Junto a ella llegó la luz: pulsó el interruptor de la entradita, algo que tenía que haber hecho yo antes de abrir la puerta. Me habría ahorrado aquel terror ilógico.

—Hola, señora —dijo una de las personas que había al lado del chico—. Soy Ángel.

—Y yo Bárbara —se presentó a su vez la mujer que había hablado oculta en las sombras—. Y él es nuestro hijo, Carlos.

—Hola —saludó el pequeño con su sonrisa carmesí—. Tengo ocho años. Mis papis y yo os hemos traído un regalo de bienvenida.

Mi mujer correspondió a los saludos encantada, al tiempo que me extraía el plato de las manos.

—Muchas gracias. Somos Sara y Sergio. También tenemos un hijo. —E inclinándose y mirando a Carlos—: Se llama Raúl y tiene siete años.

—Disculpe si le hemos asustado, señor —se excusó la mujer en tono preocupado—. La luz del portal no funciona, y pensábamos que nos veía usted con claridad.

La risa me abandonó en cuanto llegó mi mujer, pero no de forma abrupta, aún seguía latente en mi pecho, y se reflejaba en mis labios.

—No, quien lo siente soy yo —dije—. Disculpen mi risa. Trabajo de noche, he acabado mi turno a las seis de la mañana y estoy bastante cansado. Y cuando uno está cansado hay veces que pierde el control de sí mismo. La realidad te puede jugar muy malas pasadas en estos casos. Os agradecemos mucho la morcilla; estoy convencido de que nos encantará. Con vecinos así, será un placer vivir aquí.

Los tres permanecían muy quietos, justo al otro lado de la puerta. Era indudable que el muchacho era hijo de ellos. Todos tenían los mismos ojos. Incluso los dos adultos. Por un instante se me cruzó por la mente una idea bastante desagradable, pero la deseché de inmediato. También me recorrió por la espalda un escalofrío semejante a un gusano deslizándose por la columna vertebral hasta alcanzar la nuca. Había cierta ansiedad vidriosa en sus miradas, un júbilo exagerado. Pensé que tener vecinos era algo que llevaban tiempo deseando.

—Bueno —canturreó el hombre tras lo que empezaba a ser un silencio incómodo—. Nos vamos. Nos ha encantado conoceros. Ya nos veremos por aquí. Disfrutad de esa deliciosa morcilla.

—Y sí, mi madre las hacía mejor —comentó la mujer mientras acariciaba el pelo al niño y le dedicaba una preciosa sonrisa maternal—; pero os aseguro que jamás habéis probado unas como estas.

 

Los días pierden su sentido cuando trabajas de noche. El sol se desvanece entre los sueños de un cuerpo agotado, y la oscuridad se convierte en un universo pegajoso que no consigues quitarte de encima. Me levanto a media tarde y, en los inviernos, eso significa que está a punto de anochecer. Almuerzo con cierta desgana, no me sienta bien la comida recién levantado, pero no me queda otra que forzarme a comer un poco. Sara y Raúl, a esas horas, suelen estar sentados en el sofá mirando cualquier película. No hace mucho tiempo desarrollaron cierto gusto por las historias tétricas, si no terroríficas. Yo no las veía apropiadas para nuestro hijo, aunque siempre aplazaba aquella discusión para más adelante; tampoco me levantaba con cuerpo listo para broncas. A continuación iba a mi despacho y elegía alguna lectura con la que pasar el rato hasta las siete. A esas horas Sara y el niño habían aparcado el terror y estaban a punto de hacer los deberes. Siempre he pensado que el nombre correcto para ellos debería ser obligaciones. Porque eso es lo que son, una obligación. ¿Acaso me sirvieron a mí de algo? Lo cierto es que no, aunque yo solo soy uno entre millones. Un tipo cualquiera que se gana el salario con sus manos. Uno entre millones, ahora que lo pienso, ese es precisamente el quid de la cuestión.

Ya os habréis hecho una idea de que no pasaba mucho tiempo con mi familia. Es el precio que hay que pagar para no ser un mal padre. Nadie entendería que me hubiera quedado con ellos y nos hubiéramos muerto de hambre; de eso podéis estar seguros.

La culpa es un arma muy poderosa, de las más potentes que existen. La culpa te puede obligar a hacer lo que se le antoje y, en manos de la persona adecuada, puede obligarte incluso a matar. Aunque, bien pensado, la muerte no es algo tan terrible, el mundo está trufado de circunstancias que te harían desear estar muerto, igual que lo deseo yo ahora mismo.

Raúl comenzó a pasar mucho tiempo en casa de los vecinos. Es comprensible. Por mucho que Sara se esforzara, no podía estar todo el rato pendiente de él, y el niño terminaba aburriéndose de jugar solo. Así que nos pareció positivo que tuviera un amigo de su edad. Además, ni siquiera tenía que salir del edificio. Estaría vigilado en todo momento. Siempre regresaba con una sonrisa a casa, igual que si acabara de darse un baño en un jacuzzi. Se le veía tan relajado, tan feliz. A un padre le reconforta esa imagen; los que tengáis hijos me comprenderéis. Aunque debo aclarar en este momento que las buenas rachas nunca me han durado demasiado tiempo. No tardó en llegar una nota del colegio. Por lo visto el niño se había quedado dormido en clase. Sería solo una anécdota divertida si no fuera porque no era la primera vez que sucedía. No nos habían informado en primera instancia porque lo consideraron casi como una travesura infantil, sin embargo, ese comportamiento anómalo terminó por alarmar a Ricardo, su profesor.

Fuimos a hablar con él, y en una breve reunión nos informó de que nuestro hijo daba siempre la impresión de estar muy cansado. De hecho, había tomado por costumbre pasar la hora del recreo en la biblioteca, escondido detrás de un tebeo, aunque a nadie se le escapaba que, en realidad, estaba echando una cabezadita. Regresamos a casa preocupadísimos. Quizá los juegos en casa de los vecinos fuesen agotadores; no podíamos imaginar ningún otro motivo, en nuestro hogar seguía manteniendo las mismas costumbres de siempre.

Sin razón aparente, el mismo miedo irracional del que fui presa la noche de la bienvenida volvió a visitarme. Se lo comenté a mi mujer y decidimos que Sara acompañaría a Raúl la tarde siguiente a casa de Bárbara y Ángel. Sería todo muy natural: tomarían un café, charlarían sobre cualquier cosa mientras los niños jugaban… y, de reojo, los vigilaría. Teníamos que descubrir por qué Raúl se cansaba tanto en esa casa. Recuerdo que ese día estuve muy nervioso, no conseguía concentrarme en el trabajo. Cuando por fin fiché a la salida, me descubrí pisando el acelerador más de lo debido. Por poco no me salté un semáforo en rojo. Tuve suerte de que no me multaran, a decir verdad. Cuando llegué a casa me senté en el sillón a esperar a que Sara se despertara. Tenía ganas de zarandearla y preguntarle cómo había ido la cosa. Qué había sucedido en casa de los vecinos. Sin embargo, en ese momento todavía era dueño de mí mismo, y no lo hice. Esperé con la impaciencia del llanto de un recién nacido.

Charlamos mientras Sara desayunaba. Fue un poco decepcionante, para ser sinceros. No había nada de extraordinario en los juegos de nuestro pequeño. Y, sin embargo, languidecía entre mis brazos. Se agotaba como el brillo de una bombilla que ya hubiera entregado lo mejor de sí misma. Y solo tenía siete años.

De todos modos, llegarían peores momentos para nuestra familia.

 

La lluvia tamborileaba sobre el asfalto desde hacía un par de días. El invierno era ya un recuerdo borroso durante las vacaciones de Pascua. Raúl no salía apenas de la cama, holgazaneaba como cuando era un bebé. Yo no me sentía con fuerzas para reñirle, estaba tan pálido, tan indefenso. Se me antojaba un muñeco de trapo: precioso, pero sin la energía necesaria para mantenerse erguido por sí mismo. Cuántas horas pasé apoyado en el marco de la puerta de su habitación, de pie, a oscuras, observando en la negrura su respiración débil, apagada. No conseguía más que hacerme daño a mí mismo. Sin embargo, en eso consiste ser padre, en preocuparse a todas horas, en que te merodee el miedo detrás de cada esquina.

Sara no se encontraba mucho mejor. Durante el último mes había caído en el mismo trance que nuestro hijo. Los médicos no habían hallado ninguna anomalía en los análisis de sangre, hacia los cuales ambos habían desarrollado una fobia irracional. Así que nuestra única respuesta fue el reposo. Había que guardar fuerzas y alimentarse como era debido, eso era todo. Una receta demasiado pobre para lo que se espera de un marido, de un padre. Si la ciencia no se hacía cargo de mi familia, ¿qué podía hacer yo al respecto?

Buscar vías alternativas.

Así fue como conocí a Ghisty el mago. El nombre sonaba pretencioso pero, aun así, me arriesgué a contactar con él. No tenía nada que perder y, para ser honestos, sabía que el tiempo se estaba agotando. Raúl empeoraba cada semana y yo necesitaba un poco de esperanza. El mago me recibió en un cuartucho maloliente de un edificio destartalado, muy parecido al nuestro. Las paredes estaban forradas de estanterías en las que descansaban todo tipo de artilugios, tarros y esculturas. Era un lugar preparado para impresionar al visitante, y realmente lo conseguía. Me quedé embobado con aquella parafernalia de hechicero, aunque el que quedó más impresionado de los dos fue Ghisty.

Al escuchar mi historia los ojos se le entornaron, la tez se le puso blanca como el papel. Mientras yo hablaba, él asentía con la cabeza, tomaba algunas notas en una libreta y murmuraba algo que me erizó los vellos de brazos y nuca, y a lo que no me dio tiempo indagar: «Han regresado. Otra vez no. Han regresado».

 Tanto interés me puso alerta. O bien era un actor de primera, o en mi familia había arraigado un mal tan temible como una tormenta en alta mar.

Gracias a Ghisty conseguí una pistola. La sacó de un cajón de su escritorio y me la entregó, alejando aquellas palabras de mi mente.

—Llegará el momento en que la necesites —me dijo—. Lamento no poder ofrecerte más ayuda.

La mandíbula se me desencajó. Si el arma no hubiera sido tan real, tan tangible, hubiera pensado que se trataba de una broma. La agarré y sentí ese tacto frío, impersonal y que, sin embargo, me transmitió tantas cosas. Era la respuesta a mis plegarias, casi un acto de Dios.

—¿Está seguro de que no hay ninguna otra solución? Quizá alguna hechicería.

Se recostó en el respaldo de la silla con las manos sobre el pecho y los dedos entrecruzados.

—Lo lamento. Tu familia se enfrenta a un mal que no puede combatirse más que con la muerte. Y, créeme, la muerte es un remanso de paz.

—Pero ¿qué debo hacer con la pistola? ¿A quién debo disparar?

—Lo sabrás a su debido tiempo; por ahora, limítese a guardarla donde nadie pueda encontrarla.

Acto seguido rebuscó en los cajones del escritorio. Frunció el ceño y tanteó el fondo de uno de ellos con las puntas de los dedos. Luego se le escapó una sonrisa torcida que delataba un éxito. Me ofreció un puño bien apretado y lo abrió junto a las mías. Tres balas repiquetearon sobre la madera.

—Son de plata —dijo con voz átona. La sonrisa había desaparecido de sus labios—. Solo dispongo de tres, así que, elige bien a quién disparas. Es de vital importancia que no equivoques el objetivo.

Nos quedamos en silencio durante unos segundos. Mis ojos miraban los suyos, las palabras se me agolparon en la garganta hasta atascarse. Comprendí que la conversación había terminado y que a partir de ese momento estaba solo en aquel embrollo.

Metí en un bolsillo de la chaqueta el arma y las balas, y nos pusimos de pie. Me despidió en el rellano y me pidió que no volviera a visitarle. Bien sabía a lo que me enfrento y, como él dijo, no hay nada que pueda hacerse para derrotar a este mal.

 

Nuestros vecinos han desaparecido. Hace un par de días fui a su casa con la pistola en la mano. No había ni rastro de ellos. El apartamento estaba limpio, sin ningún efecto personal, solo quedaban los muebles y el olor a sangre impregnado en las paredes. Me hubiera gustado morir combatiéndolos, volándoles la tapa de los sesos o clavándoles la pata de una silla en el corazón. Tanto me daba, solo deseaba cobrar mi venganza, y me la habían arrebatado. Malnacidos. Malmuertos.

El único consuelo que me queda es acabar con el sufrimiento de mi familia. Aunque también podría tumbarme junto a Raúl, a la espera de un afilado beso de buenas noches. De todos modos, estoy convencido de que yo no podría soportar esa vida, ese estado famélico de mirada sedienta, carente de cualquier brillo de humanidad. La misma que despedían los ojos de nuestros malditos vecinos esa noche; ahora comprendo la ansiedad que se adivinaba en sus expresiones.

No puedo permitirlo.

Acaricio el brazo de mi hijo y siento el tacto de su piel suave a través del cañón de la pistola mientras la deslizo hacia su cabeza de niño, que nunca llegará a madurar. Solo necesito tres balas para terminar con esto.

Solo espero tener el valor de poder dispararlas.