lunes, 6 de abril de 2020

Los ojos de Tiffany (5/7 - Tiffany)

Amistad... Traición... Violencia...



Capítulo 5

Tiffany

La casa de Jacob en la que vivía su mujer estaba vacía. No había nadie. La muy zorra no estaba en casa.

En un principio, al ver todas las luces apagadas desde el coche, pensó que ya se había acostado, algo raro en ella, pues le gustaba permanecer hasta las tantas de la madrugada viendo reemisiones de series de policías, algo que a él no le hacía mucha gracia. Por eso Jacob creía que ella lo hacía a propósito.

Tiffany sabía a qué se dedicaba. Lo descubrió dos años atrás, después de siete años ocultándolo; no había mentiroso que saliera ganando contra sus ojos, por eso Jacob pensaba que hacía tiempo que lo sabía, o se imaginaba algo.

Al final le reveló la verdad sobre su ausencia durante aquella fatídica semana y le enseñó la herida vendada. Ella no mostró sorpresa, algo normal: siempre parecía estar preparada para todo, siempre parecía saber todas las verdades del mundo.

Tiffany no quiso saber nada más, solo sonrió de forma enigmática, y le dijo, muy firme, que procurara que esa mierda no le salpicara a ella, que no quería verle llegar a casa manchado de una sangre que no era la suya. A partir de entonces, la relación entre ellos terminó por enfriarse, y todo cambió. Una relación de más de quince años estaba llegando a su fin. Pero a él no le importaba.

La conoció a los quince años en el país de origen de ella: Colombia. Sus voluptuosas caderas a tan temprana edad le dejaron sin aliento. Los padres de Jacob, o Santiaguito, por aquel entonces, vivieron allí durante un tiempo. Y él tuvo que asistir al instituto de enseñanza secundaria del lugar, algo que no le fascinaba, sin embargo la presencia de la chica amenizaba las clases.

Más tarde Jacob descubriría que su padre tenía negocios pendientes con mafias de narcos de allí y también comprendió, como se comprende que el pene sirve para algo más que para mear, que todo ese mundillo, todas esas visitas de hombres elegantemente vestidos y maletines de dinero que acudían a su casa le había salpicado, corrompiendo así todo su ser. Pero a él no le gustaba la droga, y su vida laboral tomó otros derroteros, aunque también oscuros. Para Jacob, matar era una forma de desahogar la rabia que experimentaba hacia su padre por haberlo convertido en lo que era.

Aún tenía la llave de la casa, así que entró, adentrándose en el oscuro vestíbulo. Encendió la luz. La casa estaba sumida en un silencio desolador, un silencio que hacía daño en los oídos, un silencio que Jacob echaba de menos y que le obligó a cerrar los ojos y respirarlo durante un par de segundos. El olor también le trajo recuerdos pasados. Al cabo, avanzó cojeando hacia la escalera y aplicó el interruptor correspondiente.

Una vez arriba, empujó la puerta de la habitación anteriormente denominada «de matrimonio».

—Tiffany, des… —empezó a decir, pero al iluminar la estancia, vio que la cama estaba vacía. La muy zorra no estaba.

Permaneció un largo tiempo en esa absurda posición: una mano sobre el interruptor de la luz, otra sobre el picaporte de la puerta y los labios ligeramente separados en medio de la palabra «despierta». La luz arrancaba destellos a su chaleco de seda morada. En su cabeza se agolparon miles de pensamientos. Miles de pensamientos que tenían que ver con el hecho de que el armario, con la puerta abierta, dejara a la vista sus tripas vacías. Y miles de pensamientos que tenían que ver con esa repentina sensación de abandono que había adoptado el silencio.

Cuando reaccionó, todos los pensamientos agolpados parecieron chocar contra la pared frontal de su cráneo, como los vagones posteriores de un tren que de repente se estrella, y un dolor brutal se instaló en su cabeza.

Se puso de rodillas junto a la cama y levantó la colcha al tiempo que miraba por debajo del colchón. La maleta tampoco estaba. Retiró la cómoda, despejada de todos los joyeros, cosméticos y productos de maquillaje y comprobó la caja fuerte empotrada. Esta era otra de las razones por las que no quería divorciarse; se la había omitido a Novoa por motivos obvios. Era el único sitio seguro donde guardar todo el dinero.

La puertecita de la caja estaba abierta y el interior le escupió la nada como sonriendo, como diciendo: «¡Serás imbécil! ¿Cómo se te ocurre decirle la contraseña?».

—¡Joder! —gritó con todo el aire que sus pulmones le permitieron y empujando la puertecita con excesiva fuerza.

Tenía que saber adónde había ido. Necesitaba saberlo para ir a por ella. Hay cosas que un hombre no puede hacer, por mucho que las desee…, hasta que le tocan demasiado los cojones. ¡La muy zorra había comprado su muerte y luego se había largado de allí con todo su dinero! Y Jacob sospechaba su destino. Otra carta que jugaba a su favor, ya que si la relacionaban de algún modo con el asesinato de su marido, sería más complicado de localizar y traerla de vuelta a España.

Para asegurarse de su sospecha, encendió el ordenador de mesa que había en el pequeño despacho contiguo a la vieja habitación de matrimonio. Abrió el historial de búsquedas del navegador de Internet y ahí estaba la dirección de una agencia de viajes y la compra de un billete solo de vuelta a Colombia.

—¡Zorra, zorra, zo…!

Los toques en la puerta principal interrumpieron su cariñosa opinión respecto a su mujer.

Por un momento se le cruzó por la dolorida cabeza la idea de que Tiffany había vuelto, pero luego la lógica vino a su encuentro y le dijo que para qué coño iba a llamar ella a la puerta. Y entonces se acordó de Novoa. Y de su trabajito con Río.

Bajó las escaleras algo más calmado. Al menos, su vida ya no estaba en peligro.