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sábado, 2 de marzo de 2024

La puerta

EL HOMBRE QUE SONRÍE

Cuando el hombre cruzó las puertas de la tienda la sonrisa que exhibían sus labios era inmensa. Los pocos vecinos del pueblo que se encontraban allí lo saludaron alegres. La dependienta y el carnicero le dieron los buenos días, añadiendo su nombre precedido por un educado «señor». Todos le conocían bien. Todos se habían acostumbrado a esa amable sonrisa. Siempre estaba dispuesto a ayudar. En la última tormenta muchos garajes quedaron anegados y él había acudido a cada una de las casas para echar una mano, sin importarle mojarse los calcetines o mancharse de barro los vaqueros. Cuando se necesitaba una mano extra en la organización de algún evento, el hombre de la brillante sonrisa no dudaba en ofrecer la suya. En realidad nadie sabía mucho de él, pero qué más daba; en un pueblo lo importante es lo que piensa la gente de ti en el momento presente.

Todas las semanas, los lunes, hacía la compra en la pequeña tienda de la localidad. Otro punto a su favor. Apoyaba al negocio local. Se llevaba carne y alimentos para dos semanas como mínimo, pero cada lunes volvía allí para cargarse con la misma cantidad. Nadie se extrañaba, a pesar de que su figura era la opuesta a la de un hombre con sobrepeso. Salía a correr temprano por la mañana y tal vez tenía un gimnasio en casa, se rumoreaba. Probablemente trabajaba desde allí, salía poco a la calle. Y debía de tener trabajo porque vivía en un chalet de la urbanización más cara del pueblo. También podía estar beneficiándose de alguna herencia, pero qué más daba, decía la gente. Aquel hombre alegre, solícito, amable había elegido su querido pueblo para vivir y ellos estaban orgullosos de que formara parte de la comunidad.

El buen vecino se despidió tal como había saludado, rostro deslumbrante iluminando las mundanas vidas de los habitantes del pueblo, la mayoría ancianos que llevaban en aquel lugar desde antes de la guerra, cuando las calles eran caminos de tierra pisoteados por el ganado.

Introdujo las bolsas en la parte trasera de su vieja Renault Express. Tenía otro coche más moderno, pero la furgoneta la utilizaba para moverse por el pueblo. Las ventanas de la parte de carga estaban tapiadas y la chapa necesitaba una buena capa de pintura, pero cumplía fielmente su función. Además, solo la movía cuando necesitaba transportar algún tipo de carga; el resto del tiempo prefería caminar.

Al llegar a casa, la puerta automática se deslizó sobre sus carriles y accedió al patio. Detuvo el vehículo en el lugar acostumbrado y llevó la compra a la cocina. Allí sacó del aparador dos boles de plástico que llenó de leche y los introdujo en el microondas. Su semblante aún se iluminaba con la sonrisa, pero el brillo se había apagado ligeramente, igual que una bombilla a punto de fundirse. Para cuando añadió los cereales, apenas era una mueca, agonizante chispazo del filamento. Al hundir las cucharas —también de plástico— en la leche, solo un vestigio fugaz de luz. Y mientras se ponía en marcha hacia la puerta de acero que había detrás de un mueble falso, la inmensa sonrisa que exhibían sus labios, por fin, desapareció del todo, y una oscuridad avergonzada y culpable, velos emocionales de una horrible excitación, reinó en su rostro.


LA MUJER QUE LLORA

Cuando la mujer cruzó la barrera de la vigilia lo primero que hizo, en gesto maquinal, fue extender el brazo. La mano descendió hacia el bulto que había a su lado y, como cada mañana, el alivio y la paz bañaron su alma. No había tenido sueños, ya nunca los tenía. De vez en cuando alguna pesadilla, pero incluso estas habían dejado de atormentarla. Tal vez Morfeo se compadecía de ella, y la dejaba descansar tranquila. Aunque «tranquila» no era la palabra exacta. A lo largo de la noche, el instinto la despertaba para comprobar si el bulto seguía ahí, a su lado.

Mientras su mano se deslizaba en una cariñosa caricia, giró la cabeza y sus ojos contemplaron. También empezaron a expulsar lágrimas. Lágrimas silenciosas, de impotencia y miedo, pero sobre todo de felicidad.

El pequeño pecho de su niña ascendía y descendía con la agradable lentitud del sueño. Dudó entre despertarla o dejarla dormir un poco más. Ya era de día; lo sabía por la pequeña rendija, casi a ras del techo, que aquella habitación tenía por ventana. Pero debía ser un poco antes de mediodía.

Decidió dejarla disfrutar de sus sueños un rato más. Ella sí soñaba. Lo sabía porque le encantaba contarle a su madre aquello que había soñado. De momento no había tenido pesadillas, pero la mujer era consciente de que acabarían llegando, y la aterrorizaba, porque las peores no la atormentarían mientras dormía.

La mujer había pensado mucho en eso. Llevaba nueve años y nueve meses con el corazón sumergido en el espeso líquido negro del pavor. Y llevaba el mismo tiempo pensando en cómo evitarlo. Todavía no había dado con la forma correcta, pero de algo estaba segura: jamás permitiría que su pequeña padeciera lo que ella sufrió. Jamás. Antes acabaría con todo, por mucho que le doliera.

Se levantó de la cama con las tripas removiéndose de hambre y le vino a la mente la imagen de lombrices arrastrándose por el barro. Hacía muchos años que no veía lombrices. Ni barro. En realidad hacía muchos años que no veía nada más que las cuatro paredes de aquella habitación y lo que había en su interior.

Se acercó al lavabo para lavarse la cara y asearse un poco. Estaba a tres pasos de la cama y ningún espejo reflejaba su rostro. «¿Qué aspecto tendré?», se preguntó con amargura. Llevaba tanto tiempo sin verse que ya había olvidado su cara. La tristeza y el miedo eran dos sentimientos con los que, por desgracia, había aprendido a vivir. Ahora apenas los percibía en su ser, tan acostumbrada estaba. Eran como el olor de una colonia. Se habían convertido en la norma de su vida.

«Nueve años —pensó—, nueve años y once meses». O al menos eso era lo que ella calculaba, puesto que no había calendario y reloj alguno en el cuarto. También por la cantidad de regalos de Navidad, que macabramente celebraban.

Dos sonidos la sobresaltaron en el momento en que cerraba el grifo. Primero, la voz de su hija llamándola. Segundo, unos pasos; tamborileo fúnebre cada vez más cercano, al ritmo de los latidos de su propio corazón, en espeluznante sincronía. Un sonido seco que atormentaba sus sueños cuando los tenía. Más y más cerca, más y más audibles a cada segundo.

Dirigió los ojos hacia su niña. Dobló las rodillas para agacharse, extendidos los brazos para acogerla en el pecho y cubrirla hasta el cuello con la sábana. Luego sus ojos, ya sin lágrimas, giraron hacia el lugar del que procedía el ruido de los pasos. Y contemplaron, ahora expulsando dos sentimientos que pringaban su alma, inmóviles, ardiendo de odio y terror, aquella horrible puerta de acero.


Foto base de la portada propiedad de: pinchar aquí


miércoles, 28 de febrero de 2024

Daños colaterales

—Tras la explosión no hubo supervivientes. Lo comprobamos.

—No lo comprobasteis bien.

—Es imposible. Se calculó el radio, el número de personas que habría en la zona, la potencia. Todo estaba medido al milímetro. Es imposible. Fue una acción controlada…

—Querrás decir «matanza» controlada.

—¡No fue una matanza! ¡Era una cuestión de vida o muerte! Erais vosotros o nosotros.

—¿Quiénes eran ese «vosotros»? ¿Gente como yo? ¿Gente inocente?

—¿No ha oído hablar de daños colaterales, joven?

—Daños colaterales, eh. Sí. Una expresión horrible que se suele utilizar a la ligera, como si no escondiera un oscuro significado. ¿En vuestra comprobación encontrasteis entre los restos al objetivo del ataque?

—El equipo que acudió confirmó la baja…

—Así que supongo que la matanza valió la pena.

—¡No fue una…! Dios. Es imposible —repetía una y otra vez.

—Y sin embargo aquí estoy. Y con una fuerza sobrehumana. También con una horrible quemazón en mi interior y toda la piel, pero por extraño que parezca, más poderoso que nunca. ¿No te has preguntado cómo he logrado entrar aquí?

—La seguridad. ¿Qué has hecho con ellos?

—Llamémoslo daños colaterales.

—Dios mío… ¿Qué me vas a hacer?

—¿Sabe rezar?

—Oh, Dios… —El aterrado hombre cruzó las manos y murmuró al oído del cielo.

—Rece, señor presidente, rece.




domingo, 25 de febrero de 2024

Doce campanadas

 Relato escrito a cuatro manos con C.G. Demian

I: VUESTRA PEOR PESADILLA

Quiero advertiros de que soy una pesadilla, nada más. Una mano ejecutora del destino. En fin, un castigo de Dios. Piso este mundo, el que la gente como vosotros habéis creado, con pies de plomo. Pero el plomo no acaba en mis pies, se proyecta desde mis manos. Aprieto el gatillo y la pistola escupe mi odio sobre vosotros. Lo merecéis, estoy tan convencido de ello que no me arrepiento del mal que causo.

Nunca.

Me complace vuestro dolor, el miedo que sudáis por cada uno de los poros de la piel, los llantos que no dejan hablar al silencio. Matar y vivir. Morir y adentrarme en la oscuridad. Qué más da. Esta moneda tiene dos cruces. Yo elegí ambas. Vosotros no tenéis voz ni voto, ya no, el reloj ha dado la hora.

Inicié mi construcción como repartidor de plomo al poco de alcanzar la pubertad. Con las primeras pajas destilaba mi odio, lo aplacaba, por expresarlo de alguna forma. Pero la vida te jode cada día un poco más. El tiempo me fue aplastando con su dedo acusador. Vas a ser un viejo fracasado, aseguraba el muy cabrón. Terminé convencido de que estaba en lo cierto; no había más que detenerse un momento a analizar mi triste existencia.

Treinta años. Vivía en el hotel de casa de mis padres. Sin trabajo. Con el póster del Equipo A colgado de la pared. Roto por los cuatro costados, descolorido. A pesar de todo, Annibal conservaba intacta su sonrisa. Ese malnacido se reía incluso en el momento más jodido, y así se convirtió en mi puto héroe.

Comencé a fantasear con que alguna vez vendría a rescatarme en su furgoneta negra pilotada por M.A. Barracus. Atravesaría la pared de mi casa y se bajaría en actitud gallarda, encendiéndose un puro y soltándome aquello de que me gusta que los planes salgan bien. Qué hijo de puta. ¿Y a quién no le gusta que los planes le salgan bien? Claro que, para que te salgan bien, primero debes de tener un plan; y yo nunca lo había tenido hasta entonces.

Esos tiempos ya pasaron, quiero decir que ya tengo un plan: joderos la vida, en realidad joder la vida de todo el mundo. Reconozco que es bastante ambicioso, así que procuro quemar etapas lo más rápidamente posible.

A lo largo de estos años solo he tenido un amigo, si es que se le puede llamar así. Bolo era un perro pequeño pero furioso. Su mayor hazaña fue la de saltar entre las piernas de un tío lejano que solo aparecía por casa en Navidad. El caso es que saltó y le mordió los huevos, y se quedó colgado de su dentadura un buen rato. Ni que decir tiene que nadie se mató por ayudar a mi tío. Creo que esa noche descubrí que yo no era el único que lo odiaba. Todo en él me causaba repugnancia, desde su tono de voz, a cómo se hurgaba la nariz con el dedo meñique. Bolo giraba como una peonza, agarrado a los testículos de mi tío. Al perro todavía le quedaban fuerzas para gruñir de una forma aguda. Lo consideré todo un prodigio. Lo más gracioso fue cuando se soltó y sus patas regresaron al suelo. Salió de estampida para esconderse en algún rincón, y no le culpo por ello, le esperaba un buen zapatillazo; mi madre tenía que guardar las apariencias. Sin embargo, mi tío aullaba con tal fuerza que nos olvidamos de Bolo y nos centramos en su entrepierna ensangrentada, a la que le faltaba un testículo. El muy cabrón se lo había arrancado. Buen chico, pensé. Claro que entonces no dije nada, yo no tenía plan. Ahora me parto la caja cada vez que recuerdo la anécdota. Lo mejor fue que el perro se pasó toda la tarde masticando el huevo de mi tío como si mascara chicle. De vez en cuando aparecía por el salón trabajando la mandíbula, como queriendo decir: mira, vejestorio, me estoy comiéndo tus cojones y te tienes que aguantar.

Y ahora yo me comeré los vuestros, malditos desgraciados del infierno. También me mearé en vuestra alfombra. Acepto sugerencias, nunca me canso de joderos. Si todavía no me creéis, podéis ver las noticias, ese estercolero televisivo que usan para amargarnos. Hoy aparezco yo a todo color. Soy ese con la cabeza rapada y la cara sucia. El que con la mirada te dice que ha asesinado a tu madre y que pronto cagará sobre su tumba; si es que la tiene. Mirad atentamente a la pantalla. ¿Verdad que los ojos de ese inspector de hacienda eran bonitos? Seguro que follaba mucho, que las llevaba a todas locas. A mí también me llevó loco. Por eso me lo he cargado. Me quería sacar hasta el último céntimo, como si no tuviera ya bastante con mis problemas. Que había heredado una fortuna de mis viejos. ¡Y una mierda! Una casa que se construyó en los estertores del Imperio Romano y cinco mil míseros euros. No me cepillé a mis viejos para compartir el botín con Papá Estado. Apenas me alcanzaba para mí, nadie me jode el plan, ¡¿me oís?! ¡NADIE!

Dos hachazos y la cabeza se separó del cuerpo. Tampoco le hubiera costado tanto dejarme en paz, joder. Seguro que tenía a veinte mil pardillos más en cartera. La avaricia lo condujo a la ruina. Es la historia de siempre. Se repite y se repite porque no saben cuándo parar. Esa es la diferencia entre ellos y yo. Yo me detendré cuando me alcance una bala. Puede que esa bala no tarde mucho en encontrarme. Pero, no os hagáis ilusiones, no voy a dejar que me atrapen tan fácilmente.

 

II: DESVÍO

Antes del inspector de hacienda hubo otros. Un banquero cuya corbata resultó ser bien flexible y resistente. Se ciñó a su cuello gordo con la suavidad y tensión digna de un hilo dental. El cura de una vieja iglesia —¿y cuál no lo es?— fue el siguiente en suplicar. Sus ruegos fueron especialmente repugnantes y muy alejados de la religión que llevaba por bandera. Incluso se ofreció a chupármela, con tal de que retrasara el inevitable encuentro con su jefe. Podría seguir enumerando a todos los hijos de puta e hijas de puta que tuvieron el honor de conocerme —la cifra os pondría los pelos de punta, porque evidencia lo cerca que cualquiera de vosotros ha estado de ser uno de ellos, salvados únicamente por el azar, hasta ahora, claro—, pero resultaría redundante. Solo os hablaré de una víctima más. Aquella que estuvo a punto de arruinar mi gran plan, pese a todos mis esfuerzos para que nadie me lo joda. Y digo tal vez, porque aquel cabronazo no sospechaba nada de mi plan secundario, de la subtrama del plan principal, del pequeño e improvisado desvío que me vi obligado a tomar.

Sabía que la próxima vez que le viera sería la última. Lo vi en sus ojos. Era una mirada rota. En las pupilas flotaba el odio y el dolor como un cadáver en un lago. Una expresión que gritaba determinación y total ausencia de compasión. La reconocí bien, porque la veo cada vez que me planto frente a un espejo. Aunque en mi caso sobra el dolor. En la superficie solo asoma el odio.

Cuando irrumpiera en este limpio sótano con la pistola lista para escupir, yo escupiría primero. Me deleitaría con el ruido de la llave deslizándose en la cerradura, saborearía el chasquido del pestillo al soltarse, y salivaría al recibir el chirrido de la puerta en cada uno de mis nervios. Luego, cuando sus pasos retumbasen entre las paredes de mi cráneo y el brazo cortase el aire con un zumbido al tiempo que acciona el percutor, regurgitaría las cuatro palabras mágicas.

Maté a su mujer. Ahí empezó todo, aunque yo no lo supe hasta un par de semanas después. Fue entonces cuando puse en marcha la subtrama.

Durante las tres semanas siguientes me dediqué a investigar a la familia. Llevé a cabo los preparativos sin ningún inconveniente. De alguna manera que aún desconozco lograron seguirme la pista, pero sé pasar desapercibido; no en vano llevaban años sin pillarme.

Pese a todo, mi deseo de acabar con todos vosotros continuaba ardiendo como cuando era un adolescente pajero, y tuve tiempo de añadir leña a ese fuego arrancándole la cabeza al inspector de hacienda. Poco después me detuvieron. Pero fue una detención poco convencional. No ofrecí resistencia. Conocía muy bien al hombre que rodeó mis muñecas con el frío tacto de las esposas. Lo había estado estudiando durante tres semanas. Era el marido de la mujer.

Imagino que sus superiores y compañeros no fueron informados de la detención. Era un secreto. Su secreto. Lo que no sabía es que todo el mundo tiene secretos. Yo tenía uno. Los secretos son la prueba de que todos tenemos un lado oscuro.

Llevaba en el sótano de su casa tres días. He de decir que al igual que el arresto, sus tácticas de interrogatorio no fueron nada convencionales. Me dejó cerca de veinticinco costillas rotas, un ojo echo puré y ocho o nueve espacios nuevos entre los dientes. ¿Veis? El entumecimiento que sentía en la parte central del rostro me decía que la nariz cambió su posición habitual. Los labios habrían sido el orgullo de un mal cirujano plástico. El acero de las esposas engulló parte de la carne de mis muñecas, y los calzoncillos y pantalones hacía días que dejaron de estar secos. Ahora entiendo el nulo pudor de mis víctimas.

Salió corriendo del sótano, sin cerrar la puerta esa vez; no iba a tardar en volver. Juraría que entonces se meó él encima. Como imaginé venía decidido a acabar con todo. Pero le frené. Las cuatro palabras mágicas salieron de mi boca magullada con delicada claridad. Saboreé cada una de las sílabas. Sabían a sangre. Su rostro se quebró en una mueca de horror. Parecía un cervatillo sorprendido por las fauces de un cocodrilo emergidas de la superficie del agua que bebía. El odio de sus ojos se hundió y junto al dolor apareció el miedo. «Mientes», me dijo. «Entonces aprieta el gatillo», le provoqué. Un destello de duda cruzó por su mirada. Pero la sonrisa que conseguí blandir lo apagó. Tuve que soportar barras candentes adheridas a mis labios y astillas hundiéndose en mi rostro al realizar el gesto, pero valió la pena.

Aún sentía el sabor sanguinolento de esas cuatro palabras mágicas mientras le oía llamar por teléfono. Me recreé en ellas, en la imagen de aquella mueca de pavor, en el misterioso efecto que unas simples palabras provoca en una persona. Y tarareé. Tarareé una melodía desconocida y sin sentido, pero cuya letra, a pesar de ser breve, era un canto de satisfacción y puede que libertad.

«Tengo a tu hijo».

 

III: X

Tengo un socio, no es que sea Rambo; no sabe pegar tiros, ni levanta troncos con sus manos desnudas. X, como voy a llamarle a partir de este momento, anda escondido en alguna parte, le he dado el cargo de jefe de logística. En realidad no es el jefe de nadie, ni falta que le hace, lo único que le haría feliz es tener un buen sueldo, de títulos pasa bastante. Supongo que si no me detienen con un tiro en la cabeza, nos convertiremos en millonarios, X y yo.

Parecéis aburridos, mamarrachos. ¿No os está gustando mi historia? Pues no sabéis lo que os espera. Está tardando en llegar el helicóptero, no me echéis la culpa a mí. Imagino que la policía habrá urdido todo tipo de trampas para capturarme. Quizá el piloto sea un agente disfrazado de anciana, o puede que debajo de esa alfombra haya una trampilla que dé acceso al alcantarillado y se esté colando un equipo de las fuerzas especiales. Todo eso son paparruchas. Se olvidan de que tengo un plan. ¿Cuándo se vio que Annibal no tuviera un plan? Y por eso mismo siempre se salía con la suya.

 

IV: TRUENO AZUL

Parece que ya está aquí mi helicóptero. En el fondo son unos tíos majos estos policías. Su fuerte no es la puntualidad, hay que reconocerlo, pero si te haces entender con las palabras adecuadas con muy serviciales. X ha estado charlando con ellos, no necesito explicaros los detalles, total, os queda un minuto de vida.

¡Joder! No os lo tendría que haber dicho. Ahora estáis llorando como unos cachorritos desamparados. Está bien, os doy dos opciones, podéis recibir un balazo en la frente ahora o acompañarme a la azotea, así de simple. Tal vez haya espacio para alguno en mi Trueno Azul. La oferta es tentadora. Bueno, tú ni te molestes, pesas mucho.

¡Y vosotros, no lloréis, hostia! Que os mato aquí mismo. Subid delante de mí, que quiero disfrutar de vuestros culitos. Espero que estéis en forma, porque solo son veinticinco plantas, el sueño de todo atleta. ¿Os he hablado alguna vez de mi jefe el maratoniano? Ese sí que era un verdadero hijo de Satanás. Creo que Koma se inspiró en él para escribir aquella canción, aunque supongo que eso debe pensar todo el mundo sobre su jefe. Estáis todos cortados por el mismo patrón. Venga, no bajéis el ritmo y, mientras subimos, os lo cuento.

 

V: EL MARATONIANO

El cabronazo era el hijo del dueño de la empresa. Ahora él la dirigía, aunque el viejo siempre andaba por ahí, omnipresente, perenne como un abeto milenario. La fábrica llevaba abierta desde que aquel hijoputa con voz de pito gobernaba España; podéis haceros una idea del tipo de prácticas que el viejo había cogido por costumbre, heredadas después por su hijo. Los empleados más veteranos decían que el muchacho se había criado entre las sucias paredes de la fábrica, aprendiendo de su padre, dominando el uso del látigo. Para ellos, la palabra trabajo se convertía en explotación de manera tan natural e insignificante como el día pasa a la noche. No veían personas en nosotros; no éramos más que máquinas. Aunque claro, eso es lo mismo que pensáis todos vosotros de vuestros empleados; las cosas no suelen cambiar mucho.

¿Por qué le llamábamos el Maratoniano? Le gustaba hacernos correr. Tenía una codiciosa obsesión por la producción. Nunca estaba satisfecho. Todo era poco para él. «Dadle caña» era su expresión favorita. Cada día establecía un mínimo de trabajo. Nos obligaba a movernos con rapidez o a subir la velocidad de las máquinas. Y digo «nos obligaba» porque, de lo contrario, nos hacía echar horas extras impagadas hasta alcanzar el objetivo, o nos quitaba cierta cantidad proporcional de la nómina. Es ilegal, claro, pero nadie se atrevía a denunciarlo. De este modo, la fábrica parecía más un campamento de entrenamiento militar o un gimnasio lleno de atletas preparándose para las Olimpiadas que un lugar de trabajo.

Como comprenderéis, yo no soporté el abuso durante mucho tiempo. Era operario de una máquina de prensado de metal. Esta contenía múltiples rodillos. Giraban a una velocidad de vértigo, zumbando como avispones en sus ejes. Como tantas otras ilegalidades, la seguridad no estaba en la idiosincrasia de aquel cabrón, y las inspecciones amigas resultaban aptas tras un buen untado de la empresa. La única seguridad de que disponía la máquina era un botón de emergencia que detenía los rodillos y los separaba unos de otros.

Al maratoniano le encantaba plantarse a tu lado y observar cómo corrías. Estoy seguro de que se le ponía dura. Incluso un día creí ver que se acariciaba a la altura de la entrepierna, sin molestarse en meter la mano en el bolsillo para disimular.

Aquel día, la tarde en la que decidí no aguantarlo más, observaba mi carrera. Los ojos le brillaban igual que los de un gato cuando juguetea con un ratón aún con vida. Restaba una hora para acabar el turno y todavía me quedaba una gran cantidad de trabajo para alcanzar el mínimo de producción fijado esa jornada. La ropa se pegaba a mi cuerpo; parecía que me había caído a una piscina. Las piernas me temblaban, me dolían los pies, los brazos eran dos pesos muertos que costaba horrores levantar y las planchas de metal habían dejado mis manos en carne viva, con varios cortes supurantes.

Hacía días que llevaba planeándolo, pero hasta aquel, no me había decidido. Fue algo repentino. No sé si lo precipitó aquellos ojos iluminados, aquella breve curva de una de las comisuras de sus labios satisfechos y orgullosos, los brazos cruzados sobre el pecho o la protuberancia de sus pantalones. El caso es que cuando me aseguré de que ninguno de mis compañeros nos observaba y de que el viejo no rondaba por ahí, le agarré de las solapas de su impoluta, ridícula y discordante camisa y antes de que pudiera soltar un grito, lo lancé hacia los insaciables rodillos. Voraces, amainando la velocidad tan solo un poco al realizar el esfuerzo de aplastar un objeto más grueso que aquellas delgadas láminas de metal, hicieron crujir primero los huesos del cráneo, luego del torso y los brazos y, finalmente, de las piernas y pies. Al mismo tiempo hubo un estallido de sangre, explosión de fuegos artificiales rojos. Luego, al otro lado, sobre la pulida superficie de la plancha, apareció algo grotesco que recordaba vagamente a la silueta de una persona. Me vino a la mente el cadáver de un gato, aplastado por las ruedas de un camión.

Corrí hacia el botón de emergencia, lo pulsé de un manotazo. Ensayé una mueca de horror y di la voz de alarma. No sonó muy convincente. Creo que ninguno de mis compañeros se creyó la versión que les conté, es decir, que se había tropezado con un cordón suelto de sus zapatos de Prada. Pero ni uno solo me lo hizo saber, y corroboraron mi versión ante los inspectores y los tribunales.

Como habréis intuido y como imagino que vuestra experiencia demuestra, el Maratoniano no era muy popular entre sus empleados.

Venga, no pongáis esa cara. Se lo merecía, joder.

Tú, deja de resoplar. Tampoco ha sido para tanto; quince minutos de subida por unas escaleras estrechas no es comparable a ocho horas de pie en una fábrica. Abre la puerta. La libertad nos espera al otro lado.

 

VI: SEGURO

No entiendo por qué la llaman Nochevieja, todo el mundo sabe que la noche es joven. ¿Lo veis? La sociedad se empeña en contradecirse, en crear el caos, en complicarnos la vida. Que os jodan a todos. Vaya, parece que en el helicóptero solo hay sitio para dos. Algunos tendréis que saltar desde la azotea, con un poco de suerte, si agitáis los brazos conseguís volar. Sería bonito que saltarais con las campanadas de fin de año. Tú serás el primero. Sin dramatismos, por favor. ¡Salta de una puta vez!

Pues no remonta… Nada, se estrelló. No diré que lo lamento, pero es una pena que me haya adelantado a las campanadas, ha sido un lapsus, lo reconozco. No os veo impacientes por saltar. Está bien, os contaré cuál es mi plan. No sé ni por qué me molesto, quizá porque me gusta ver cómo os meáis encima de miedo.

¿Recordáis al policía que me secuestró? El tío se la jugó, me dejó libre a cambio de que le diera el paradero de su hijo. Y se lo di. Claro que él no contaba con mi jefe de logística. Se presentó en el almacén abandonado a toda prisa, dijo que cuando regresara, él me liberaría a mí. No se puede confiar en un policía, eso lo sabe cualquiera, así que no lo hice. Mi socio vigilaba el almacén día y noche. A veces se pasaba a visitar a nuestro inquilino y le llevaba algo de comida y alguna revista para que se entretuviera, luego se largaba a su puesto de guardia. Hasta que apareció papá poli. Menudo chasco debió llevarse el muy hijo de puta cuando sintió el cañón de la escopeta apretado contra su espalda. Mi socio lo encadenó junto a su hijo y allí siguen, como una familia feliz. Dos rehenes ayudan a que las autoridades sean más comprensivas, aunque no son suficiente motivo para que te permitan actuar como te venga en gana. Así que diversificamos nuestras acciones, usando un poco la charlatanería de la bolsa. Mi socio trabaja en el metro y lleva un tiempecillo sembrando los túneles con explosivos. ¿Cuántas bombas hay? Eso no puedo decirlo, ni siquiera a vosotros. Lo que sí hemos hecho es llevar a la policía hasta una de ellas, para que vean que no vamos de farol. El resto os lo podéis imaginar.

En fin, me marcho ya, están a punto de dar las doce. Como os he dicho, solo uno de vosotros me acompañará en este viaje a ninguna parte. Tú, el de la chaqueta marrón, ve subiendo al helicóptero, es tu día de suerte. Puede que mañana no lo sea, pero por el momento sigues vivo. Los demás, batid vuestras alas. ¡YA!

¡Feliz año!

 

VII: HACIA EL SUR

—¿Has visto cómo saltaban igual que leones amaestrados? Sinceramente, yo hubiera preferido un balazo.

—Supongo que estaban tan nerviosos que se hubieran dado por culo unos a otros si se lo hubieras sugerido.

—Seguramente. Señor X, ha estado usted muy convincente en su papel de víctima. No se pierda los próximos Goya, podría estar nominado.

—Mis padres criticaban que malgastara el dinero en clases de interpretación.

—Y en las de piloto de helicóptero.

—Sí, en esas también. Qué cabrones, me apoyaban en todo.

Le pego un tiro al piloto, no necesitamos dos para este viaje. Además, así ahorraremos un poco de combustible. X se pone a los mandos del aparato y se vuelve hacia mí.

—¿Hacia dónde nos dirigimos, socio?

—Hacia el sur, siempre hacia el sur.




viernes, 4 de febrero de 2022

La calma

 ¿Quién no la desea?

El silencio era absoluto. Ni siquiera las moscas que disfrutaban del delicioso banquete lo rompían con el monótono zumbido de sus alas: no se despegaban de aquel manjar, no había motivo alguno para hacerlo. Ese ser que como tantos otros lanzaba su extraña pata alargada y las aplastaba no suponía ningún peligro: llevaba horas sin moverse.

La piel pálida estaba impregnada de una sustancia dulce y pegajosa, tan irresistible, tan sabrosa, que les era imposible despegar sus diminutas trompas; solo se permitían dejar de succionar para frotar las patitas delanteras contra sus ojos, igual que haría un gato para limpiarse la cabeza.

Un sol abrasador producía en aquel cuerpo un hedor cada vez más intenso y, por tanto, más atractivo para los insectos. Podían haber permanecido ahí eternamente, en medio del claro de un bosque desprovisto de árboles cercanos que se enfrentaran al astro rey con toda la fuerza de su sombra. Habrían podido convertir a aquel ser ahora inofensivo en un bufé libre el resto de sus breves vidas, compartirlo con las hormigas que se adentraban en los diferentes orificios e incluso con las avispas que arrancaban enormes pedazos de carne.

Pero entonces, al fin, el silencio fue roto. El deslumbrante zapato de un inspector de homicidios irrumpió en el claro con alarmante estruendo y las moscas llenaron el aire de monótonos zumbidos, alzándose como una oscura nube en un día de tormenta.

La imagen del bosque pertenece a @wirestock y fue descargada de la web Freepik.
Podéis acceder al enlace de atribución en el pie de esta página.

*Este microrrelato fue escrito para la convocatoria de la web Dentro del Monolito en la que se animaba a escribir una historia criminal con un máximo de 200 palabras.

jueves, 30 de diciembre de 2021

Reseña de 'Noctópolis', de David Luna

En Noctópolis David Luna nos ofrece una historia con varias capas de profundidad, algo que ya es habitual en sus obras. Lo que a primera vista (o lectura) parece simple, envuelto por ese estilo sencillo, rápido de leer, tan característico del autor, esconde, en realidad, una profunda complejidad. La cantidad de elementos y detalles que se encuentran a lo largo de la narración la dotan de matices que provocan en el lector la sensación de encontrarse ante una historia muy cuidada, tan mimada y bien esculpida como un artículo de orfebrería. David Luna es un artesano de la literatura, y los jueces de los concursos a los que se presenta no lo pasan por alto. Esta pequeña novela, sin ir más lejos, fue Mención del Jurado del Premio Internacional UPC de Ciencia Ficción 2020. El buen hacer de David Luna no pasa desapercibido y es digno de admirar.

Noctópolis nos presenta una amena mezcla de géneros, desde la ciencia ficción cyberpunk más salvaje, pasando por un thriller psicológico lleno de suspense, hasta la novela negra, eje central de la trama. Por si fuera poco, también nos entretiene con escenas de acción narradas con todo lujo de detalles en las que el protagonista, un supuesto luchador nato, deja sin sentido a más de un contrincante.

Pero lo más notable, como ya dije antes, es la profundidad. Ese análisis psicológico del protagonista, cuya historia desconcertante seguimos desde dentro con una primera persona y un tiempo verbal en presente que no nos adelanta nada, que nos mantiene informados de lo que ocurre al mismo tiempo que el personaje, sin saber en ningún momento más que él. Una elección desde el punto de vista estructural y narrativo totalmente acertada, teniendo en cuenta el estado en el que se halla el propio personaje, pues desconoce quién es, no recuerda apenas nada de su pasado y, para colmo, solo es capaz de estar despierto por las noches; antes de que amanezca, siempre cae inconsciente, y permanece dormido hasta la siguiente puesta de sol. Esos simbolismos y metáforas que se esconden tras los templos de la ciudad y más concretamente en los personajes de los Ángeles, tan bellamente descritos. Y también en la misma ciudad de Noctópolis, la ciudad dentro de la ciudad, un mundo totalmente diferente a solo un paso de tu propia casa, pero a miles de distancia en cuanto a ética y moralidad. En definitiva, una novela pequeña en su exterior, pero que al abrirla te hace adentrarte en un interior enorme, semejante a un iglú.

No temas en abrir sus tapas y caer, caer y caer en lo profundo de las letras de David Luna.




sábado, 4 de diciembre de 2021

Reseña de 'Y una moto negra', de Enrique de la Cruz

Enrique de la Cruz nos introduce en el género de la novela negra a partir de situaciones costumbristas. Nos presenta a unos personajes muy reales, con vidas y problemas creíbles. Los vemos desenvolverse en sus rutinarias existencias, y el autor consigue, mediante un estilo práctico y detallista y unos diálogos profundos pero al mismo tiempo muy naturales, hacernos partícipes de ellas.

Pero entonces, como un gato en mitad de la carretera, aparece un elemento que rompe esa monotonía, que irrumpe en la vida del protagonista y lo lleva a reflexionar sobre la amistad, sobre su pasado, sobre su identidad, sobre el bien y el mal, sobre la codicia. Y así comienza la caída de este en la negrura.

Enrique consigue mezclar con amena y sutil eficiencia, estos dos géneros, y nos encontramos así ante una novela negra refrescante, lejos de la trama policial de investigación (aunque también la hay, breve, y en mi opinión muy divertida) y una historia en la que una persona buena, rodeada de malas influencias, comete un error que probablemente lamentará el resto de su vida. Y el final, trágico y desconsolador, así lo deja ver.



lunes, 13 de abril de 2020

Los ojos de Tiffany (Capítulo 7/7 - Santiago)

Amistad... Traición... Violencia...


Leer el capítulo 6

Capítulo 7

Santiago

Jacob abrió la puerta preparando la pregunta «¿Ya está hecho?» y esta se atascó en su garganta al ver quién había al otro lado.

Con unos reflejos dignos de admirar, Jacob se llevó la mano a la cintura y alzó su Colt del 45. A su vez, Río hizo lo propio con su…

¿Beretta?

Río dio tres pasos para adentrarse en el vestíbulo y cerrar la puerta tras de sí con un movimiento del brazo libre.

—¿Te suena? —El olor a alcohol llegó hasta la nariz de Jacob. Era increíble cómo aún poseía su agilidad.

Jacob paseó la mirada del arma a Río, de Río al arma. Su mano empezó a temblar ligeramente, e hizo todo lo posible para que el hombre que tenía delante y que lo miraba con esos inteligentes ojos —aunque un tanto turbios por el alcohol— no se percatase.

—No pienses que Novoa se rajó y decidió plantarse, no. El muy estúpido trató de llegar hasta el final, pero yo llegué antes. Eso sí, no sin antes revelarme cierta información…, Santiago.

Así que ya sabía quién era el marido de esa mujer. Ya le había descubierto, y todo gracias a Novoa. ¡Maldito cabronazo inútil!

Río seguía hablando del desgraciado de Novoa mientras reía.

—¡Tenías que haber visto cómo le chorreaba el viejo de Jack por esa asquerosa barba!

—¿Y ahora qué va a pasar? —le interrumpió Jacob, que en esos momentos le importaba una mierda Novoa.

—Creo recordar que os expliqué a ambos el por qué me hacía llamar Río, ¿verdad?

—Con una sonrisa de oreja a oreja —respondió Jacob abatido y haciendo un esfuerzo por no evidenciarlo.

—También se lo dije a tu mujer. ¡Qué mujer, eh! Una mujer así es muy difícil de encontrar. He estado mucho tiempo navegando en busca de una perla, y al fin la he encontrado. Por cierto, ¿dónde está?

—Se ha ido —Y Jacob sonrió ampliamente. Una sonrisa llena de satisfacción antes de morir no venía mal.

La firme y engreída expresión de Río se quebró durante unas milésimas de segundos, unas milésimas que demostraron a Jacob que había dado en el clavo.

Los ojos de Río, unos ojos que le resultaban extremadamente familiares, no perdieron de vista a los suyos en ningún momento.

—¿A dónde? —preguntó finalmente tras pasarse la lengua por los labios.

—No lo sé. No me importa una mierda. Lo único de lo que me arrepiento es de no saber cómo descubrió que la quería matar.

En lugar de soltar su habitual estrepitosa carcajada de caballo, Río dejó escapar solo el inicio, pronunciando un sonoro «¡Ja!» que detonó en la dolorida cabeza de Jacob.

—¿Cómo puedes ser su marido y no darte cuenta?

—¿Darme cuenta de qué?

—De lo inteligente que es. Ella lo vio en tus ojos. Se sumergió en ellos y pescó tus intenciones. Es igual que yo, lo sé porque lo sentí y lo vi cuando hablé con ella. Sentí que éramos el uno para el otro, que ella era la mujer que había estado buscando, sentí que ella era igual que yo. Y lo vi en sus ojos, unos ojos que buscan la verdad en los de otros, que miran con tanta intensidad que te sientes como un simple peón de algo enorme que te rodea y que solo ella conoce. Y yo también sé qué es ese algo enorme. Es un espacio lleno de causalidades en el que no existe ni el destino ni la suerte. Antes creía que hoy había tenido dos golpes de suerte, pero no. Eso no fue así. Ahora estoy seguro de que tu mujer sabía de nuestra… amistad, por así decirlo. Por ello me llamó; de algún modo consiguió mi número y me llamó. Además, eso explicaría por qué no me dio ninguna foto tuya; solo me facilitó la dirección de un piso en el centro y me dijo que sabría quién era mi objetivo cuando lo viera. Todo ello llevó a que yo la conociera y me quedara prendado de ella, lo que hizo que me olvidara de la botella de Jack y, al volver al bar, os pillara infraganti a Novoa y a ti planeando mi asesinato.

Jacob averiguó por qué le resultaban familiares los ojos de Río: tenían casi la misma mirada que la de su mujer. Por otro lado, empezó a pensar que Río estaba desvariando, lo cual le hacía más imprevisible aún. Y por tanto, más peligroso.

Acarició el gatillo.

—¿Te estás escuchando, Río? ¿Qué quieres decir? ¿Que todo ocurre por los ojos de mi mujer?

Río volvió a soltar ese irritante «¡Ja!».

—No, Santiago, no todo. Los ojos de tu mujer, su mirada, solo han provocado esta situación. Hace un momento le explicaba al ahora fiambre Novoa que esta situación era lógica a la vez que irreal. Él creyó que me refería a su situación, pero no. Yo quería decir a toda ella, a todo el día. Los ojos de tu mujer impulsaron las acciones de hoy. Sus ojos han sido el dedo que ha empujado las fichas, provocando así toda la cadena de hechos que ha seguido. Tal vez ella solo pretendiera matarte y humillarte al mismo tiempo al sentirte traicionado por mí, pero eso no quita que el influjo que sus ojos han provocado en mí haya hecho que las piezas cayeran hasta llegar donde estamos.

Un silencio sepulcral se instaló sobre los dos hombres que, cara a cara, se apuntaban con un arma a la cabeza.

Jacob tenía todos los músculos en tensión, una tensión que acrecentaba el dolor de cabeza. El sudor le resbalaba por los párpados y le obligaba a pestañear. Era curioso cómo un simple pestañeo podía suponer su final. Pero no solo eso jugaba en su contra: también lo hacía el estado alterado y ebrio de la persona que tenía delante.
Ambos sabían que en cualquier momento uno de ellos podía accionar el gatillo. La tensión era palpable en el aire. Si en ese momento entrase una mariposa en el vestíbulo, crearía una vibración en la atmósfera que ondearía hasta los dedos de los dos sicarios enfrentados, provocando así el movimiento de los índices.

Consciente de que esto podía ocurrir más pronto que tarde, Jacob decidió regalarse un último momento de gloria que le embargara de satisfacción.

Curvó los labios en una sonrisa triste pero reconfortante, y dijo:

—Imagino que te encantaría saber su nombre, ¿no?

Por primera vez desde que lo conocía, vio miedo en la mirada de Río. Las pupilas de sus ojos se contrajeron, su rostro palideció. Sabía de qué iba aquello. Sabía a qué estaba jugando Jacob.

La sonrisa de Jacob, o Santiago, ahora se tornó maliciosa.

—¡Pues que te jodan!

Y ambas pistolas tronaron a la vez.


jueves, 9 de abril de 2020

Los ojos de Tiffany (Capítulo 6/7 - Novoa)

Amistad... Traición... Violencia...



Capítulo 6

Novoa

—Dime, Novoa: ¿has visto la película Big Nothing?

Estaban sentados a la mesa del pequeño porche de la casa de Río, una vieja granja reformada, alejada de la ciudad en medio del campo, a la que se accedía por un camino lleno de baches y grava. Novoa no pudo evitar sentir cierta compasión por el Mercedes, y comprendió por qué siempre estaba lleno de polvo. Río sostenía la botella de Jack Daniel’s con la mano derecha; con la izquierda enfatizaba sus palabras. Novoa había aceptado un vaso de agua del grifo: la Fanta Naranja le había dejado la lengua pastosa.

Novoa sabía a qué estaba jugando Río, al menos en parte. Era consciente, desde el principio, que Río fingía estar más borracho de lo que en realidad estaba. Como había dicho antes, no era estúpido, a pesar de haber dejado los estudios a los once años. Pero aún no sabía por qué fingía y eso le incomodaba y le hacía moverse en la silla más de lo debido, así como fumar más rápido: solo le quedaba un cigarro. Esperaba que Río no se percatara de ello, aunque Río no era de los que no se percataban de las cosas, precisamente.

Si había decidido seguirle el juego a pesar de todo, no era más que porque solo había una cosa que le gustara más que matar. El dinero. Cuanto antes acabara con Río, antes acabaría con la mujer de Jacob, y antes cobraría por partida doble. Además, estaba plenamente confiado en que el alcohol aletargaría los reflejos de Río y en el caso de que lograra hacerse con el arma, también afectaría a su puntería. Al mismo tiempo que resultaba un tanto peligroso por no saber qué planeaba Río, también era el momento ideal, pues Río en estado sobrio era más ágil con la pistola que Jacob y Novoa.

Con todo, esa pregunta le había descolocado aún más si cabe.

—¿Qué? —preguntó incrédulo y evitando no manchar su voz de la inquietud que se removía en su interior. Dio una calada excesivamente larga.

—¿Sabes?, ya me he cansado de beber. —Su voz, de pronto, no temblaba ni arrastraba las sílabas—. Pero a mi amigo Jack le gusta irse a dormir completamente desnudo.

Entonces estiró el brazo derecho y deslizó la botella sobre la mesa.

—No eres escrupuloso, ¿verdad?

El corazón de Novoa se detuvo, así como todo su alrededor. El tiempo dejó de existir en ese mismo instante y le vinieron recuerdos de cuando estuvo a punto de palmarla. El cigarrillo se consumió solo y sus dedos lo soltaron automáticamente cuando sintieron el calor.

Como una persona que se ahoga, se esforzó por articular una palabra en la superficie.

—¿Qué? —repitió.

El tiempo volvió a ponerse en marcha durante unas milésimas de segundos, lo justo para que Novoa bajara la mano a la cintura en busca de su pistola.

—¿Buscas esto? —Río sacó de su bolsillo un arma y la colocó encima de la mesa.

No había duda de que era su Beretta 9mm plateada. A la escasa luz de la bombilla que colgaba del techo del porche distinguía el embellecedor marrón que él había pedido expresamente. A parte de eso, estaba seguro de que era la suya porque la de Río era una Star Model de 9mm, cuyo mango alargado se adaptaba mejor a su enorme mano, y también porque su propia mano no encontró la pistola en su cintura.

El tiempo volvió a detenerse para Novoa.

Los labios de Río se extendieron sobre los grandes dientes antes de continuar hablando.

—¿Te gustó mi falta de equilibrio? Fue creíble, ¿eh? Debería dejar esta mierda y ser actor. ¿Qué te parece?

La mente de Novoa, la cual flotaba sobre él como los mosquitos de la bombilla, rebobinó hasta el momento en que, a la salida del bar, se acercó a Río para evitar que cayera al suelo. Este debió hacerse con su pistola al pasarle el brazo por la cintura. ¡¿Cómo no había notado nada?! De eso no se había dado cuenta, pero sí de su fingida borrachera.

—No me lo he creído en ningún momento, palurdo —replicó—. No me has engañado; no soy estúpido.

—Y sin embargo aquí estás… y desarmado.

Novoa no supo qué decir.

—Tu mayor estupidez es, precisamente, tu falta de estupidez. Eso duele, ¿eh? Traicionado por tu espléndida inteligencia. Ya van tres traiciones en una noche. Sabías que fingía, pero en vez de dar media vuelta y largarte como un ciervo que huele el peligro, me acompañaste hasta aquí.

Novoa, a su pesar, se dio cuenta de que Río tenía razón. Toda la razón. ¡Era un estúpido! Un completo estúpido. Deseaba salir de allí, pero él no era así: no huía de los problemas. Era un estúpido, pero no un cobarde. O tal vez no se levantó y salió echando leches porque no podía moverse, porque el tiempo no quería volver a poner en marcha sus ruedas dentadas.

Los que sí se movieron fueron sus ojos, los cuales fueron a parar a la botella de whisky, rodeada aún por la mano de Río.

—Verás, Novoa, en aquella película que he mencionado antes, obligan a un tipo diabético a comerse una piruleta enorme.

Río hizo una pausa teatral y aprovechó para mirar a los ojos de Novoa, quien no pudo evitar exteriorizar su miedo, fruto de la comprensión.

Río seguía sonriendo cuando prosiguió.

—El tío, ¿o era una tía?, es igual. El tío tiene una pistola en la mano, le apunta con ella mientras obliga al pobre hombre diabético a comerse esa enorme piruleta. Y el hombre lo hace. ¿Sabes? En su momento me pregunté por qué prefiere hacer eso a que le peguen un tiro, y llegué a la conclusión de que en el interior de aquel hombrecillo diabético siempre había latido el deseo de probar la fruta prohibida. Y en esa ocasión era la oportunidad perfecta: a pesar de quejarse y llorar como un niño, su boca seguía mordisqueando el dulce, también como la de un niño. Qué más le daba ya, iba a morir igual. De ese modo sufriría, pero valía la pena. Ahora, fíjate, nos encontramos en una situación parecida. Yo quiero que te termines al viejo de Jack Daniel’s y sé que acabarás haciéndolo, porque al igual que el personaje de esa película, tú también deseas como nada dar un mordisquito, o en este caso, beber el zumo de la fruta prohibida para ti. Siempre has querido volver a beber, porque eres lo que eres y siempre has sido, y eso, amigo, ni la muerte o un hígado nuevo puede remediarlo. Si no, ¿por qué dejas que te crezca esa dejada barba de borracho? ¿Viejos hábitos? ¡Y una mierda! Este aspecto te recuerda a esos buenos momentos en los que estabas en el divertido mundo de ebriolandia.

—No sabes lo que dices, jodido palurdo. —Novoa se sorprendió al escuchar su propia voz. Había estado oyendo la verborrea de Río sumido en ese estado de ingravidez y sin tiempo. ¿Ese maldito arrogante hijo de puta pensaba que iba a beber porque él lo dijera?—. La barba me recuerda lo que no debo volver a hacer. Con una vez sufriendo al otro lado tuve bastante.

Esas últimas palabras actuaron como aceite para las ruedas dentadas del tiempo, y estas volvieron a funcionar.

Novoa se levantó de un rápido salto al tiempo que alargaba un brazo para coger su Beretta, pero el alcohol no había dormido ni los sentidos ni los reflejos de Río tanto como él pensaba, y este retiró el arma de la mesa para a continuación estrellarla contra el pómulo derecho de Novoa. El golpe lo obligó a tomar asiento de nuevo. Como si taparla fuera a aliviar el desmesurado dolor, se llevó las manos a la brecha que se había abierto y que empezaba a vomitar sangre.

—Sentadito estás más cómodo —se mofó Río guardándose la pistola de Novoa en el bolsillo. No había soltado en ningún momento la botella de whisky. Entonces, como si acabara de recordar algo, añadió—: Por cierto, ¿no te he dicho que hay una forma de que te libres de beberte a Jack, si quieres, claro? Morir vas a morir igual, pero si te portas bien, tu propia pistola se ocupará de ti. ¡Anda, mira, una traición más! La noche va de traiciones, por lo tanto, he de hacerte la pregunta. Si la contestas bien, todo acabará muy rápido: ¿Por qué quiere matarme Jacob?

Aquello pilló desprevenido a Novoa, quien miró a Río con el ojo izquierdo, pues la herida había empezado a hincharse alrededor del derecho y los párpados parecían pegados con pegamento. Novoa había creído que Río llegó a la misma conclusión a la que había llegado él en el bar.

Consideró la pregunta sin retirar el ojo de los profundos hoyos que eran los de Río, ojos que siempre miraban con una intensidad abrumadora.

Novoa no quería morir, pero al parecer, eso era lo único que le esperaba, por lo que puestos a morir, prefería la manera más rápida e indolora; por otro lado, él no era un puto chivato. La última elección que se le proponía al final de su vida era la más difícil de todas. Quién sabe si no es así siempre.

Pensó en lo que había dicho Río sobre su deseo de beber alcohol y se reafirmó en su convicción. Todo lo que dijo era falso. Jamás había sentido la necesidad de volver a probarlo. Por lo que sabía, era algo extraño en un alcohólico; Novoa pensaba que ninguno de esos a los que el alcohol les picaba como un gusano en el estómago tras dejarlo había sufrido tanto ni había estado tan cerca de la muerte como él. Ni siquiera cuando lo tenía delante le apetecía, lo había aborrecido por completo. No, no pensaba dar ni un trago al Jack Daniek’s de Río. Que le dieran por culo a Jacob; al fin y al cabo iba a morir por su jodida culpa.

—Santiago —dijo.

Por primera vez, Río parpadeó.

—¿Cómo has dicho? —preguntó.

—Ese es su nombre real. Jacob es una variante de Santiago. ¿Quién es el estúpido ahora, palurdo? Él es el marido de la mujer que te ha mando matarlo. Jacob es Santiago.

A Novoa le complació ver sorpresa en el inmutable rostro de Río. Al menos iría al infierno con una imagen agradable.

—Por eso me pidió que te matara y que fuera a su casa donde me esperaría para terminar mi trabajo con su mujer. Trabajo que tú interrumpiste esta tarde.

De repente, el rostro de Río adoptó su estado habitual, y esos ojos que por un momento habían perdido toda su fuerza volvieron a encontrarse con los de Novoa. Segundos después, Río mostró los dientes de caballo, echó la cabeza hacia atrás, y estalló en sonoras carcajadas.

—¿De qué coño te ríes? —preguntó Novoa irritado.

—De esta situación, Novoa —replicó tras coger aire entre carcajada y carcajada—. De lo lógica y a la vez irreal que resulta.

—Pues deja de reírte y acaba con ella.

—Eso voy a hacer.

Sin borrar la sonrisa, Río ocultó la mano bajo la mesa y la extrajo empuñando su Star Model, no la Beretta de mango marrón de Novoa. Luego se puso en pie sin soltar la botella de whisky.

—Levanta —le ordenó apuntándole con la pistola.

—¿Q-Qué haces? —masculló Novoa, empezando a imaginarse las intenciones de Río. Unas intenciones que no habían cambiado nunca.

—Entra en la casa y ve a la cocina; todo recto, la puerta del final del pasillo.

Novoa hizo lo que Río, tras él y siempre con el cañón dirigido a su nuca, le iba diciendo. Encendió la luz correspondiente al largo corredor y luego la de la cocina. El tubo fluorescente parpadeó un par de veces antes de arrojar sobre la estancia el aspecto más frío y mortecino que puede ofrecer ese tipo de luz. Novoa sintió un escalofrío.

—Siéntate ahí, y no te muevas.

Río dejó la botella en la mesa a la que se había sentado Novoa y buscó en un cajón algo, sin dejar de apuntarle, hasta encontrarlo: cinta aislante plateada. Luego abrió la puerta de uno de los armarios de la encimera, y sacó un embudo de color verde.

—Bien —dijo—. He cambiado de idea respecto a tu muerte; he vuelto a la inicial. Siempre me ha parecido muy divertida la escena de esa película, y desde la primera vez que la vi, he querido imitarla, o al menos hacer algo parecido. Así que comencemos.