jueves, 29 de junio de 2017

Hazlo

Cuando la mente juega con nosotros...


Eduardo Mata llevaba cerca de media hora frente al espejo. No era capaz de comprender lo que estaba sucediendo. En realidad, nadie sería capaz de entenderlo. Durante los primeros minutos el suceso había sido aún más confuso. Pero a medida que transcurría el tiempo, esa sensación se fue desvaneciendo, aunque no sin dejar una huella, un eco profundo, como el que se vislumbra en una pizarra mil veces usada.

¿Cómo había sido posible que al mirarse al espejo no se reconociera? Era algo extraño. Por un lado, sabía que era él, pero por otro, algo no cuadraba. Había sido como cuando se ve a otra persona y se sabe que algo ha cambiado en ella: otro peinado, más maquillaje del normal, ropa nueva…

Su cerebro empezó a dar vueltas al asunto sin llegar nunca a una respuesta clara, hasta que al fin, después de media hora, todo le había parecido un sueño, y comenzó a reconocerse.

«Solo ha sido un efecto visual», se dijo.

«¿Pero tan intenso? ¿Tan… real?»

Sacudió la cabeza para alejar ese pensamiento insidioso de su mente. A continuación se echó abundante agua en la cara. Agua que debería estar fría pero que el monstruoso calor incluso a esas horas de la noche mantenía templada. Sin detenerse a secarse, apagó la luz y salió del baño. No quería volver a mirarse al espejo en al menos una semana.

Entró al salón a oscuras y se sentó en el sofá. Encendió la televisión con el mando a distancia. Estaba exhausto. Le dolían los brazos y la espalda, como si acabara de realizar un gran esfuerzo. Sudaba como un cerdo. Se levantó de nuevo y encendió el pequeño ventilador comprado en un todo a cien chino. Se quitó la camiseta y la arrojó al sofá, donde volvió a tomar asiento. Esta soltó una capa de polvo apenas perceptible. En aquellos momentos, la única iluminación de la estancia era la azulada que emitía la pantalla del televisor. Hasta el momento, Eduardo se había guiado por la claridad de la luna llena, cuya luz se filtraba a través de la ventana como si pretendiera eliminar las sombras del interior, sin conseguirlo del todo.

Tras resoplar durante un largo rato, decidió que le apetecía beberse una cerveza bien fría, y recordó que por la mañana, lo primero que había hecho había sido ir a la tienda de autoservicio Pan y Cosas a comprarlas. La sexy mujer del tiempo había anunciado que aquel día iba a ser uno de los más calurosos desde hacía varias décadas (Eduardo no hacía mucho caso a esas declaraciones, puesto que todos los años siempre era el más caluroso en décadas), y él, por cuyas venas fluía la sangre rusa de su madre, era un amante empedernido del frío, y no pretendía pasar aquella jornada sin unos buenos rubios a su alcance, como le gustaba a él llamar a las cervezas.

Al pensar en su madre, recordó el color de ojos que le pareció ver en el espejo. El cristal le devolvía la imagen de unos ojos castaños, tan marrones como la cáscara del fruto seco. Pero él había heredado el brillante azul de su madre. El oscuro cabello y la ancha frente los había heredado de su padre, Sevillano o Cevillano, como diría él, y eso no había cambiado en el reflejo, sin embargo los ojos sí, y lo recordaba con una claridad desconcertante. Todo lo demás ya le parecía producto de un efecto óptico, y apenas recordaba los cambios. Pero los ojos… Los ojos seguían flotando en la oscuridad de su mente, incorpóreos.

Volvió a sacudir la cabeza. Se dio cuenta de que estaba más cansado de lo que creía. De modo que se tomaría una o dos cervezas, y se metería en la cama.

Iba a levantarse del sofá, cuando una notica que emitían en el canal 24 horas le sobresaltó de tal manera que el corazón le dio un vuelco y pareció detenerse durante unos segundos, para luego reanudar la marcha, pero con una fuerza y una velocidad inusitadas.

El hombre que aparecía en la foto del informe del suceso y al lado del titular «El asesino ha sido identificado como Eduardo Mata» era él. Y el nombre lo confirmaba, por si tenía dudas. Las letras resaltaban, como apuntándole con un dedo, y se le clavaban en el estómago como flechas. Antes de que pudiera darse cuenta, había vomitado y sentía un regusto a cerveza, aunque no recordaba haber bebido ninguna desde aquella mañana, tras comprarlas. Y solamente había desvirgado a dos de ellas. Parte del vómito cayó sobre su pie izquierdo, enfundado en un viejo calcetín blanco. Estaba tan mareado, tan confuso, que cayó desplomado en el sofá. Al mirar de nuevo la pantalla, el presentador hablaba de otro tema.

La mente de Eduardo Mata era un caos. Un torbellino de confusión en el que solo destacaban aquellas repugnantes palabras. ¿Él? ¿Asesino? ¿De qué hablaban? ¿Qué había hecho? Había estado todo el día en casa; solo había salido a comprar las cervezas. ¿Verdad?

El corazón volvió a detenerse en su pecho. Una mano sucia lo había agarrado y evitaba que bombeara la sangre.

Durante unos instantes, se percató de que no se acordaba con exactitud de lo que había hecho aquel día. Se había levantado, había tomado el café con un poco de leche preparado la noche anterior, y había salido a comprar las cervezas. Después había regresado a casa y se había bebido dos latas para luchar contra el asfixiante calor que le había atacado al salir… Y…

«Y nada más», le dijo su vocecilla interior.

«¿Y nada más? ¿Seguro?», le preguntó otra vocecilla distinta. La mano sucia liberó el corazón y este volvió a ponerse en marcha. ¿Qué había de raro en esa voz? Algo había llamado la atención de Eduardo al escuchar esa vocecilla interior, y no era solo el mensaje… ¿Tal vez el tono?

Recostado en el sofá, iluminado por la cambiante luz del televisor y con el vómito a sus pies y sobre su pie izquierdo, realizó un enorme esfuerzo por recordar. Los dedos apretaban cada vez más las sienes, como si trataran de romper el cráneo y agarrar los pensamientos, hasta que el dolor se hizo insoportable.

Nada. A la única conclusión que llegó fue a la que necesitaba la cerveza a por la que se disponía a ir cuando la noticia lo sobresaltó. Estaba más calmado tras el pánico inicial, pero aún temblaba. Eduardo sabía que pensaría con mayor claridad después de beberse de un trago el frío dorado. Entonces podría pensar. Entonces se daría cuenta de que todo lo que estaba ocurriendo desde que se miró al espejo no era más que fruto de un inmenso cansancio…

«¿Y por qué estás tan cansado?». De nuevo aquella voz extraña. Aquella voz que no era la suya…

Antes de que el pánico volviera a apoderarse de él, se levantó de un salto. Al hacerlo, pisó el vómito, pero no le importó. Lo único que le importaba a Eduardo Mata en esos momentos era el fresquito rubio que le esperaba con los brazos abiertos en el frigorífico.

La cocina estaba frente al salón, así que lo cruzó a oscuras —solo tres pasos— y pulsó el interruptor. El fluorescente parpadeó un par de veces antes de estabilizarse. La luz blanca tiñó la atmósfera de un tono enfermizo que lejos de empeorar a Eduardo, le hizo sentirse mejor. Con la luz, todo parecía lejano, un sueño. Atravesó el espacio que le separaba de la nevera y la abrió de un tirón. Las seis latas de cervezas del pack de doce lo miraron de forma sardónica. ¿Se estaban riendo de él? Aturdido, se frotó los ojos y volvió a mirar. Sin duda, solo quedaban seis… Pero él solo había bebido dos ese día, ¿no? Debería haber diez, no seis. Cerró la puerta con un golpe. ¿¡Qué narices estaba ocurriendo!?

Entonces volvió a escuchar su nombre en la televisión. De manera incomprensible, el volumen aumentó —o eso se le antojó a él—, porque era imposible escuchar con tanta claridad el televisor teniendo en cuenta cómo lo había dejado antes de ir a la cocina.

El pánico dio paso a la irritación. De pronto no sentía miedo, sino que estaba empezando a hartarse de aquel desconcierto, y la furia recorrió sus venas para colorear su rostro.

Decidido a apagar de una vez la caja tonta, o mejor, a desenchufarla de un tirón y arrojarla al puto cubo de basura, echó a andar hacia el salón con los puños cerrados. Pero vio algo que le hizo detenerse.

Barro.

Los azulejos blancos de la cocina estaban manchados de barro reciente. Y la mayoría de esas manchas tenían la forma de una suela de bota. La respiración comenzó a acelerársele al igual que el corazón. Eduardo pensó que con unos cuantos sobresaltos más como esos, estaría muerto antes de mañana.

Cuando se hubo calmado un poco, siguió con la mirada las huellas y se preguntó por primera vez si eran suyas.

«Claro que son tuyas. ¿De quién si no? —La extraña voz interior salió a escena por tercera vez—. Van en una única dirección, y es hacia dentro de la casa. Y si hubiera alguien dentro, te habrías dado cuenta. Además… ¿no te suenan los dibujos de esas huellas?»

¿Y de dónde venían?, se preguntó Eduardo cuando la voz calló. Recorrió las manchas con los ojos cada vez más desorbitados.

Las huellas de las botas se iniciaban en la puerta del patio trasero. La vivienda consistía en un chalet de una planta, rodeado de un muro de ladrillos de hormigón que dejaba espacio tanto en la parte delantera como en la parte trasera. Un caminito de piedras rústicas unía la verja exterior con la puerta principal. Y a continuación de la verja se abría una ancha puerta automática para dar paso al coche y así guardarlo en el garaje situado en la fachada delantera de la casa. En la parte de atrás, más amplia, centelleaba la piscina de tamaño considerable bajo los rayos del sol por el día y bajo la luz de la luna por la noche. El césped bien cuidado gracias al sistema de aspersores bañaba la atmósfera de un agradable y refrescante olor.

La puerta de la cocina que daba acceso al patio estaba abierta. Alguien había entrado a toda prisa.

«¿Alguien? ¿En serio?»

—¡Cállate! —gritó Eduardo a la cocina vacía. De inmediato se arrepintió, y se sintió como un auténtico loco. ¡Pero es que no aguantaba esa voz más; cada vez le resultaba más familiar y por consiguiente más frustrante!

Dio dos pasos hacia la puerta y de repente se le ocurrió algo muy absurdo, pero que en ese momento le pareció lo más lógico del mundo.

—¿Quién anda ahí? ¡Fuera de mi casa! —advirtió en tono autoritario.

¿Se estaba riendo la vocecilla? Si seguía haciéndola caso no sabía cómo podría acabar su psique, de modo que, con la furia de nuevo sustituyendo al miedo, decidió actuar y dejarse de gilipolleces.

—Te vas a cagar —murmuró mientras retomaba los pasos hacia la puerta—. ¡Más vale que salgas ahora mismo, porque como te encuentre yo, te vas a arrepentir, cabronazo!

Qué bien le sintió llevar las riendas de su propio cuerpo y mente desde que se mirara al espejo y creyera no reconocerse. ¡Vaya estupidez!

Iba decidido a cerrar la puerta para que no pudiera salir quienquiera que se hubiera colado en su casa, luego cogería el rodillo de madera que había en la encimera y…

Se detuvo en seco, con la manilla de la puerta aferrada con su mano izquierda. Al lado de la piscina, entre esta y el muro posterior, se alzaba un pequeño montículo de tierra. No se elevaba más que unos centímetros del nivel del suelo, y la luz de las dos bombillas que había en la fachada trasera (una sobre la puerta de la cocina y otra sobre la ventana del baño) y que esperaban desde hacía un año a ser protegidas por unos farolillos que nunca llegaba a comprar, apenas iluminaba aquella zona, pero la sombra oscura que se recortaba contra el muro blanco se veía con claridad.

Antes de que su cerebro reaccionara, sus piernas iniciaron la marcha, y se dio cuenta de ello cuando se encontró, sorprendido, agachado frente al montículo.

Su mente se había convertido en un mundo blanco, un mundo vacío, como un melón hueco.

Al igual que las piernas, las manos se activaron y trabajaron sin permiso del jefe cerebrillo, y comenzaron a cavar sin descanso. Eduardo no sentía nada, ni siquiera cómo la tierra húmeda se filtraba entre sus uñas. Unos minutos después, los dedos llenos de barro se toparon con algo que no era tierra. Parecía… Parecía más bien pelo. Lejos de detenerse allí, las manos sin dueño siguieron retirando la arena, ahora menos compacta, hasta que surgió ante los ojos de Eduardo un rostro. Un rostro pálido como la mismísima luz fluorescente de la cocina, o como la mismísima luna que se miraba en la tranquila agua de la piscina. Y al instante, la piel de la cara de Eduardo adoptó la misma tonalidad. Antes de salir corriendo, solo le dio tiempo a pensar que ese era el sobresalto que le provocaría un infarto. Luego hizo un amago de levantarse, se tropezó con otro objeto a medio desenterrar que él no vio pero que era el rodillo con el que pretendía abrirle la cabeza a la persona que se había colado en la casa, gateó unos metros pataleando y dando brazadas como un potro recién nacido, y al fin se puso en pie, para a continuación entrar en la cocina. Ni siquiera se molestó en cerrar la puerta; nada más entrar, cruzó la estancia y se dirigió al cuarto continuo: el baño. Sin embargo, lo que escuchó en el salón le hizo retroceder.

Ya no sabía qué creer. No entendía nada. Lo que había visto en esa tumba de su jardín no podía ser cierto. Y por consiguiente, lo que decía la televisión tampoco. Todo era fruto de su imaginación. Pero ¿por qué? ¿¡Por qué, maldita sea!?

Una vez más, las noticias mencionaban su nombre y lo llamaban asesino. Cambió de canal para comprobar que nada de eso era real y la televisión le dio la razón, porque en ese otro canal, también hablaban de él. Para asegurarse, volvió a cambiar, con el mismo resultado. Presa de un terror ilógico y de una rabia peligrosa, arrojó el mando contra la pantalla Led. La imagen se oscureció de inmediato y una raja se abrió desde un lado a otro, partiéndola en dos. Las sombras se tragaron a Eduardo, quien no tardó en dar media vuelta y reanudar su camino inicial.

Con un golpe, activó el interruptor de la luz del cuarto de baño. Y se encontró de lleno con aquel rostro. El rostro que había visto en la tumba. ¿Cómo era posible? Se frotó la cara con fuerza, como si quisiera borrar esas facciones, y al volver a alzar la vista, sus ojos se cruzaron con los castaños que había visto hacía lo que se le antojaba un siglo. Pero no se quedó ahí. De pronto, las facciones comenzaron a cambiar, de los ojos marrones, a los azules, de los azules, a los marrones; de una frente ancha, a una cubierta por un cabello más rizado; de una barbilla delgada, a una con hoyuelo. Y con cada uno de los cambios, unas extrañas imágenes golpeaban en la mente de Eduardo, insistentes, como flases subliminales.

En la primera imagen vio al hombre de los ojos castaños entregando una cerveza al de los ojos azules, allí, en la cocina de su casa. Pero ¿quién de los dos era él, Eduardo Mata? Ya no lo sabía.

En la segunda imagen fue testigo de cómo el hombre de ojos castaños gritaba al de ojos azules. El de los ojos azules se defendía algo más calmado. ¿Por qué discutían? ¿Y por qué no recordaba nada de eso?

En la tercera imagen que sacudió su mente como un niño una bola de cristal con nieve dentro, el hombre de ojos castaños golpeaba con el rodillo de cocina al hombre de ojos azules, y este se balanceaba hacia la puerta abierta y caía desplomado sobre el césped, con la cabeza partida. Tras esta imagen fue cuando una de las nubes que velaban sus recuerdos quiso abrirse, dejando pasar un pequeño halo de luz. Un halo de luz en forma de nombre: Nicolás. Sin embargo, no fue hasta la siguiente, cuando recordó y comprendió del todo. Entonces todo le encajó. Entonces descubrió por qué le parecía familiar esa vocecilla interior. Descubrió a quién pertenecía el nombre de Nicolás. Y cuál era su verdadero rostro, el verdadero rostro de Eduardo Mata.

La cuarta y última imagen mostraba cómo el hombre de ojos castaños y cabello rizado que le caía sobre la frente, es decir, Eduardo Mata, él mismo, cavaba un agujero en el húmedo césped. Lo hacía con una pala que arrojó a la piscina al acabar. Luego, Eduardo Mata arrastraba el cadáver de Nicolás Hernández, hijo de un Sevillano, o Cevillano, como diría su padre, y de una mujer de origen ruso. Y por supuesto, novio de Eduardo Mata. Por último, tras enterrarlo, Eduardo corrió hacía la casa y luego hacia el baño, donde se miró al espejo y, unos segundos antes de no reconocerse, pensó aterrorizado y plenamente en shock: ¿Qué cojones acabo de hacer?

Ahora, en el presente, las facciones del rostro en el espejo habían cesado los cambios, y se mantuvieron las verdaderas de Eduardo Mata, un hombre que hacía unos días descubrió que su pareja le engañaba, y que aguantó hasta aquel para hacerle saber que conocía su secretito. El día anterior le dijo a Nicolás que cuando saliera de trabajar (Eduardo se había quedado en paro recientemente) se preparase para una noche de rubios y una maratón de la serie preferida de ambos de Anime. Era viernes, así que Nicolás podría quedarse hasta tarde, y las cervezas lo mantendrían relativamente espabilado. Pero claro, todo ello era una tapadera para la verdadera intención de Eduardo, que era revelarle que sabía que lo engañaba con otro, que el pene que vio en una foto de la galería de su móvil —que Nicolás debió olvidar borrar— no pertenecía a ninguno de los dos, sencillamente porque ninguno de los dos tenía un repugnante piercing en la zona en la que se junta la tripa y el inicio del pene…

Eduardo gritó de repente con todo el aire que le permitieron sus pulmones. No soportaba más aquella situación. El grito se quedó encerrado entre las cuatro paredes del baño…

Una vez sentados en el sofá, y tras ver un episodio completo, Eduardo lo soltó a bocajarro, sin paños calientes. El silencio y una expresión de pánico fueron las dos características que definieron al guapo de Nicolás durante un largo rato. Entonces Eduardo insistió, comentándole lo de la foto, y Nicolás se levantó y caminó —no, huyó— hacia la cocina.

Allí abrió la nevera, sacó otra lata de cerveza, y le soltó una enorme mentira:

—Es una imagen de Internet.

… Recuperado el aire que había expulsado en ese repentino grito preñado de desesperación, terror, frustración y tristeza, se miró por última vez en el espejo. Odió tanto su rostro en ese instante, que en un acto reflejo como el que le había llevado hasta el montículo de tierra y el que le había hecho cavar en ella, descargó un puñetazo contra el cristal…

—¿Una imagen de Internet? —espetó Eduardo—. ¿Y el dedo gordo del pie que se ve en un extremo de la foto también pertenece a un tío cualquiera de Internet? Por favor, Nico, ¡reconocería ese dedo entre millones de pies diferentes!

Nunca sabría decir con exactitud qué fue lo que le hizo perder por completo los estribos, qué fue lo que pulsó el botoncito que provocó que aferrara el rodillo que siempre estaba encima de la encimera, junto a la cafetera, y le asestara un potente golpe cuyo sonido seco se mezcló con el de un intenso chasquido. Nunca lo llegaría a saber con exactitud, pero si lo obligaran a responder en alguna ocasión (tal vez en una sala de interrogatorios), diría que posiblemente se tratara de la tranquilidad, indiferencia y arrogancia con la que Nicolás abrió la lata tras aquella última acusación de Eduardo.

… Uno de los pedazos afilados del espejo roto temblaba en la mano de Eduardo Mata. Lo miraba como si no existiera nada más en el mundo. Y veía sus ojos, inyectados en sangre y repletos de lágrimas. Unos ojos desorbitados  cuya expresión se acercaba a la de un demente. Unos ojos castaños, que se tornaron azules durante los segundos que tardó la voz interior de Nicolás en decir:

«Hazlo.» 


martes, 30 de mayo de 2017

Oscuridad

Lo más temido


La oscuridad se tragó la luz. El mundo se convirtió en un lugar negro y frío. El cambio fue tan rápido como un cohete. Aún resonaban las últimas palabras de consuelo en sus oídos. Unas palabras que le ayudaban a calmar el creciente temor. ¿Pero durante cuánto tiempo? Con cada minuto que pasaba, la penumbra se hacía más y más pesada. Parecía caer sobre él como un cubo lleno de arena. Con cada segundo que transcurría el aire parecía irse más y más lejos. Y lo peor de todo: los ruidos. Ruidos más nítidos a cada milésima de segundo. Chasquidos. Fuertes alaridos. Golpes.

Los temblores no tardaron en dominar su cuerpo. O tal vez habían estado todo el tiempo y hasta ese momento no los había percibido. Cerró los ojos para dejar de escrutar la impenetrable oscuridad. Pero no encontró sosiego. Tras los párpados, su mente giraba y giraba. Un torbellino de horribles imágenes lo atormentaba. Monstruos surgiendo de la nada. Tentáculos. Manos blancas que trataban de agarrarlo… No podía más. Tenía que hacer algo… Sintió húmedas las mejillas, pero también las piernas. Tenía que salir de allí.

Retiró las sábanas y de un saltó bajó de la cama. Un trueno enmudeció el espantoso sonido del viento. Y un pequeño grito salió de su garganta. Sin pensar en nada más que en huir, con una extraña orientación, alcanzó la puerta. Antes siquiera de abrirla, ya gritaba presa del pánico: ¡MAMÁÁÁ!


jueves, 4 de mayo de 2017

Palabras Narradas nº2

Hace unos tres meses empecé una serie en la que publicaría mis relatos largos en formato PDF. Dije que subiría uno cada mes, más o menos. Y eso hice, solo que el segundo número no lo anuncié en el blog. Pensé que con las publicaciones de Google+ era suficiente. Sin embargo, recientemente he recibido un comentario que me ha dado a entender que no todo el mundo se dio cuenta de la publicación, de modo que hoy enlazo dicho número, el segundo de esta serie, publicado el 23 de marzo.

El relato elegido es Efecto placebo, una historia que muchos ya habéis leído, en la que un hombre con una autoestima por los suelos, ve una solución a sus problemas tras un encuentro con un extraño...

Espero que os guste.


Para descargar el PDF pincha en la imagen. ¡Gracias!

*Sé que ya debería haber publicado el tercer número, pero ando un tanto desconectado de todo esto, así que pido disculpas por los que esperáis tanto el nuevo número como los que esperáis nuevas historias. Volveré, no sé si pronto, pero no abandonaré el blog para siempre.

martes, 28 de febrero de 2017

Palabras Narradas (serie de relatos)

¡Hola! Llevo bastante tiempo desconectado de este mundillo. Ni escribo nada nuevo, ni leo a los Compañeros de Palabras que sigo. No sé cuándo volveré a la actividad habitual, pero mientras tanto, os informo por aquí que he creado una recopilación de relatos individuales. Se trata de una serie llamada como el blog: Palabras Narradas, y en cada número publicaré uno de mis relatos largos. ¿La razón? Que es más cómodo leer una historia larga en un PDF, compuesto por páginas, que un texto interminable en un blog. Publicaré un número cada mes, más o menos, y lo haré saber por aquí.

Para aquellos que no hayan leído algunos de mis relatos largos, esta es una buena oportunidad. En el primer número os encontraréis con Hay alguien en mi cama, la historia del cirujano Francisco Gómez, quien es atormentado por un extraño suceso nocturno.

A continuación os dejo el enlace a la descarga gratuita del PDF.

Espero que os guste.