viernes, 28 de agosto de 2015

Teaser Final ''El Espejo''

Antes de subir el último capítulo de ''El Espejo'', mientras lo termino, os regalo este teaser que he grabado para anunciar su final. 

Quiero dar las gracias a mi primo Dani, que es el encargado de encarnar a Ayna.

Espero que os guste y lo disfrutéis...


Créditos

Intérprete: Daniel C.

Realización: Ricardo Zamorano Valverde

Música de: Lux Lisbon (''Demons You Show'')



sábado, 22 de agosto de 2015

El Espejo (Capítulo 15)

¿Y si fueras el último?


15

Ayna dejó de ser Ayna en el preciso instante en que vio la fuente de aquella explosión. El antiguo niño abandonó al fin al nuevo niño, al prematuro hombre, rompiendo así ese fino hilo que le unía con su familia y su nombre. La constante que mantenía su pasado vivo acababa de morir.

La carretilla había quedado inservible. La rueda no había podido soportar la alta temperatura del infierno que despedía el pavimento y la había desgarrado. Había estallado liberando la presión del aire de un modo repentino, produciendo aquel estallido que alarmó al hombre de once años.

De pronto, el llanto cesó, y por un momento, el niño que ya no era un niño se preguntó por qué lloraba. Segundos después lo recordó, y casi que le pareció ridículo. Se puso en pie.

Alzó El Espejo frente a él.

—¿Y ahora qué? Hay mucha comida. —Alguien con un oído muy agudo habría detectado aún un pequeño temblor en la voz; aunque el hombre no era consciente de ello—. No podemos dejarla aquí.

Pero al mirar a los ojos de El Espejo, sus ojos, esos oscuros soles tristes pero inteligentes, la realidad le golpeó como una fuerte ráfaga de viento. Y la realidad era que no había ningún lugar cercano, ningún refugio a la vista en el que permanecer hasta dejar la suficiente comida que fuera capaz de transportar. Ni siquiera podía meterse debajo del puente, pues no había orilla. El agua lamía los pilares de hormigón de este. Era una pena, un crimen casi, pero no le quedaba más remedio que abandonar lo único valioso que había en ese mundo.

—Entonces tenemos que hacer algo para llevar la mayor cantidad de comida que podamos —dijo finalmente, no sin una nota de desolación en la voz. El Espejo parecía estar de acuerdo, porque no replicó.

Dio un paso, entrando así en la carretera, y su húmedo pie percibió el calor cada vez más abrasador. Entonces se dio cuenta que aún estaba en calzoncillos, y que si no quería que sus pies acabasen como la rueda de la carretilla y su piel roja como los pimientos envasados, debía vestirse antes de hacer nada.

Con El Espejo apretado contra su escuálido pecho, el prematuro hombre bajó de nuevo el barranco. Depositó sobre la alfombra de plantas secas a su amigo. Las plantas verdeaban cuanto más cerca de la corriente de agua se encontraban, pero no era un verde tan llamativo como para llamar la atención del hombre.

Se vistió con rapidez. Se ató el pañuelo al cuello, pero no se cubrió con él. Ahí el olor era soportable, pues no había cadáveres por ninguna parte.

Recogió El Espejo y subió el barranco. Unos minutos más tarde, con su amigo bajo un brazo y con una sábana a modo de hatillo sobre el hombro contrario, el hombre reanudó la marcha hacia su última y definitiva esperanza.

No ir empujando la carretilla no sirvió para que no continuara deteniéndose cada cierto tiempo. El peso ahora se repartía en dos partes: El Espejo y el enorme hatillo. El marco de su amigo era de aluminio, pero el cristal era grande y pesado, y conforme el tiempo pasaba, el brazo izquierdo del hombre y su mano acusaban su obesidad con más claridad. Y en cuanto al saco, las dos garrafas de ocho litros, más las latas y botes de conserva, eran los culpables directos de que su hombro derecho fuera a desaparecer aplastado y los tendones de la muñeca a romperse.

Muchos descansos después, los cuales aprovechaba para comer algo y así renovar energía, la silueta de un pueblo empezó a surgir en el horizonte, recortada en un cielo cada vez más oscuro. El espíritu del prematuro hombre se llenó de brillante esperanza y confortante alivio. Como cada anochecer y amanecer, su cabeza realizó aquel maquinal movimiento, y al contrario que las otras veces, no le afectó tanto no encontrar lo que buscaba. ¡Había llegado a un nuevo pueblo en el que comenzaría de nuevo! Un lugar lleno de posibilidades.

—¿Crees que habrá mucha comida? —le preguntó eufórico a El Espejo mientras avanzaba a medio correr sin percatarse si quiera, como si aquella visión de tejados hubiese enganchado unos hilos invisibles a sus piernas y tiraran de ellas inexorablemente—. ¿Crees que habrá una casa limpia y vacía? Yo creo que sí, que hoy dormiremos sobre un colchón blandito, arropados con sábanas suaves.

Llegar a aquel lugar le había llevado todo el día, pero a él se le antojaban muchos más. El sol abrasador, los constantes parones (a veces demasiado largos), y el horrible momento de la carretilla eran claros alicientes de esa desmesurada impresión. 

En ningún momento se le cruzó por la mente la idea de que hubiera personas allí. En ningún momento se le ocurrió preguntarle a El Espejo si creía que habría gente. Esa opción hacía tiempo que se había extinguido de sus pensamientos, al igual que todo lo relacionado con las sensaciones que un ser humano podía infundir en el corazón y alma de otra persona.

El Espejo era lo único que la psique de este prematuro hombre había decidido concebir finalmente como único y real contacto para él, bloqueando los recuerdos a todo lo demás. ¿Por qué? ¿Tal vez esta intentaba protegerlo? ¿Había establecido su mente una especie de medida de contención para mantener su cordura a ralla?

Una compuerta, eso era lo que había creado en el instante justo en que encontró El Espejo, y la carretilla, objeto que tenía más que ver con su esencia que con las sensaciones, la había fortalecido al estropearse. Si esta compuerta fallaba y se abría, ¿qué sucedería entonces?

—Sabes que me encantaría que vinieras conmigo a explorar todas esas casas —le confesaba el hombre a El Espejo, sin decelerar el ritmo—. Pero pesas mucho, y además… no quiero que veas lo que yo veo dentro de las casas. Eso no debería verlo nadie nunca. Son imágenes que se te clavan en los ojos tan profundamente que no puedes arrancarlas ni siquiera cuando duermes.

El hombre dejó de hablar de una manera tan brusca como había frenado su avance. Los hilos invisibles del pueblo se cortaron. El cuchillo había sido una casa que se alzaba campo a través. Un camino de tierra desdibujado conducía hacia allí directamente. A medio camino, el terreno estaba veteado de unas figuras oscuras que le produjeron un escalofrío. Unos fríos dedos se permitieron el lujo de acariciar su columna vertebral de arriba abajo. Esta desagradable sensación no le disuadió de decidir aproximarse al lugar; por el contrario, incentivó su siempre imprudente curiosidad.

Tras permitirse una última mirada hacia la silueta del pueblo cada vez más grande pero al mismo tiempo menos visible, ya que el lienzo sobre el que se plasmaba oscurecía con rapidez, concluyó que un pequeño retraso no haría que desapareciera.

Cuanto más se acercaba, más definida se iba haciendo la forma de aquellas figuras. La visibilidad disminuía conforme anochecía, pero aún así, era posible distinguir su forma. La idea que empezaba a formarse en la cabeza del hombre no le gustaba nada. El estremecimiento que había sentido a lo lejos, ahora fue mucho más intenso. El temblor se trasladó a las rodillas, y a partir de ahí se convirtieron en agua, sin embargo, continuó acercándose. Dos años atrás, la alarma del nuevo niño lo habría avisado, pero esta alarma hacía tiempo que había perdido fuerza. La curiosidad, el afán por descubrir del hombre siempre había impuesto su poder.

Encorvado sobre sí mismo como un anciano, pasó junto a una de esas horribles figuras. Y efectivamente eran lo que se temía. Desde el principio, su instinto le susurraba fríamente que eran demasiado reales para tratarse de simples espantapájaros. Estos eran una versión actualizada. Una versión que se adaptaba a este mundo.

Eran espantahombres.

Convencido de que estaba solo en el mundo, el hombre echó a correr por el camino para alejarse cuanto antes de aquellos espantosos esqueletos insertados en palos. ¿Cuántos había? Docenas, seguro. Había visto muchos cadáveres, pero nada tan horroroso como eso.

Durante un espantoso momento se le ocurrió que los cadáveres se habían desprendido de sus estacas y lo perseguían. Un terror ilógico que nunca antes lo había afectado.

Cuando ya estaba a unos cinco metros de la puerta de la casa que se alzaba sobre todos esos espantahombres, uno de sus pies tropezó con algo. El hombre perdió el equilibrio al no tener los brazos libres para compensar la inclinación de su cuerpo, y cayó al suelo. Procuró ladearse hacia el lado del saco, para no herir a su amigo. Tuvo éxito, pero aplastó una de las garrafas. La presión del agua hizo saltar el tapón, y la sábana quedó completamente empapada.

De pronto recordó que le perseguían lo esqueletos. Olvidando el percance del agua, giró la cabeza a la velocidad del rayo, dejando escapar un pequeño grito ahogado.

Nada. Lógicamente los cuerpos permanecían en su sitio, pudriéndose y secándose bajo el sol incendiario de los días. Ahora apenas se veían, lo que le tranquilizó.

Desvió su atención a El Espejo, y le preguntó si estaba bien. La ausencia de respuesta para el hombre significaba un «sí».

Una vez en pie, observó el desastre. La sábana, abierta, parecía mostrarle su interior con desprecio, como si le reprochara lo que había hecho. Al hombre no le importo haber perdido un poco de agua. El pueblo estaba ya a la vista, y según el mapa, el río cruzaba por él.

Escudriñando la creciente penumbra, miró a su alrededor tratando de buscar con qué había tropezado. Lo encontró a poca distancia de donde estaba. Una maceta. El hombre se hallaba bajo un armazón de hierros que antaño debía haber sido el soporte ideal para rosales. Macetas sin plantas recorrían la base del túnel. No había resultado herido, pero aún así, la caída pudo haber hecho mucho daño a su amigo, así que, en medio de un repentino acceso de rabia, asestó una patada a la causante del accidente. Luego dio media vuelta y entró en la casa sin ningún tipo de precaución.

La vivienda, tanto por dentro como por fuera, presentaba un aspecto rústico. La fachada estaba construida mediante robustas piedras grises, y el interior ofrecía la parte trasera de estas. Había una chimenea en la amplia habitación a la que daba paso la puerta de entrada. Hacía mucho tiempo que nadie encendía un fuego ahí. El hombre imaginó el destino que habían tenido todas las plantas que habían decorado la casa.

Había tres habitaciones más. Un dormitorio, con un único colchón. Un baño que apestaba, con azulejos llenos de mugre. Y una pequeña cocina. Ahí el olor era todavía más insoportable y se vio obligado a cubrirse de nuevo la nariz y la boca con el pañuelo.

Sus ojos, acostumbrados ya a la creciente oscuridad, vislumbraron algo escrito en la inservible nevera. Las letras no estaban sobre un papel por la misma razón que no había casi nada de madera en la casa. Estaban sobre la superficie misma de la puerta de este, escritas con un bolígrafo. Llevaba tanto tiempo escrito que la tinta no era más que un etéreo vestigio, pero quienquiera que lo escribiera lo debió de hacer imprimiendo mucha fuerza, pues los trazos eran arañazos.

—Ya no puedo más —leyó el hombre con voz de niño—.Vosotros me queréis a mí tanto como yo a vosotros. Pero ahora sois muchos más, y ya no me quedan perdigones. Las sobras ya no sirven de nada. Ya no os asustan. No dejaré que me cojáis vivo. ¿Qué tal sabrá mi carne podrida?

Lo volvió a leer. La letra era clara, no parecía que se hubiera escrito con prisas. Eso le hizo pensar al hombre, dentro del límite de su escasa experiencia, que a pesar de todo, quien lo escribiera estaba tranquilo. ¿Dónde estaría?, se preguntó.

—¿Será uno de esos espantahombres? —dijo mirando a El Espejo—. Seguro que sí.

No podía irse de allí sin buscar comida, aunque por lo que acababa de leer era muy probable que no hubiera nada. En una de las paredes de la cocina se destacaba una puerta plegable a modo de acordeón. No era la primera vez que veía una, por lo que sabía que se trataba de la despensa. Se dirigió hacia ella con cuidado de no tropezar.

El olor al abrirla lo echó para atrás. Aquellas oscuras fauces despedían un hedor conocido pero mucho más desagradable. Supuso que debido al reducido espacio. Antes de que su visión se acostumbrara a la nueva oscuridad del interior de la despensa, el hombre sospechó quién sería el responsable de dicho olor.

—Estábamos equivocados, amigo. No es uno de esos espantahombres.

Podía dar media vuelta e irse de una vez, pero algo que se había impuesto así mismo hacía tiempo era no desaprovechar la oportunidad de encontrar comida.

Sin embargo, la despensa estaba vacía de comida, y a simple vista tampoco percibió la silueta de un cadáver.

Entonces, al introducirse un poco, su frente topó con algo. Un pie esquelético. Instintivamente miró hacia arriba, y allí estaba el dueño de aquel mensaje de la nevera, colgando de lo que, a oídos del hombre, parecía una cuerda. Su frente había provocado un parsimonioso balanceo al ritmo de un espeluznante crujido. Era la primera vez que el hombre presenciaba algo así, y de alguna manera, su mente completó el cuerpo, como si lo estuviera viendo ahí mismo, pese a la oscuridad. Una cuerda tensa hasta su límite. Un extremo atado en un soporte fijo. Otro extremo alrededor de un cuello. Una cara desfigurada…

—¡Nooo! —gritó, y salió corriendo de la casa, tropezando en varias ocasiones y a punto de caer.

Una vez fuera, vomitó la poca comida que había consumido aquel día. Lo hizo sin detenerse ni bajarse el pañuelo. Pringándose la cara, el cuello, el pecho, agarrándose la tripa como si quisiera arrancárselas, abandonó el hatillo empapado, atravesó el camino, recorrió el tramo que le separaba del pueblo, y al fin llegó a su destino. En aquel instante, sus piernas dijeron basta, y lo obligaron a sentarse contra la rueda de un autobús oxidado.  


martes, 11 de agosto de 2015

El Espejo (Capítulo 14)

¿Y si fueras el último?


14

La noción del tiempo era algo que después de dos años en un mundo paralizado y en compañía de un espejo, Ayna había perdido casi por completo. No sabía con exactitud cuánto tiempo llevaba caminando; sin embargo, sí sabía que no era mucho, y ya se había visto obligado a detenerse cuatro veces.

Había logrado acumular suficiente comida, más de la que le hubiera entrado en la cesta de la carretilla formando una montón que consiguiera mantenerse en equilibrio, por eso, una vez hubo comprobado aquello, llegó a la conclusión de que era absurdo regresar a la iglesia cada vez que la carretilla se llenaba tras buscar y buscar en las casas y en las escasas tiendas y supermercados.

Estos lugares apenas tenían algo que valiera la pena. En una ocasión pensó en cambiar la carretilla por un carrito, como el que tenían quienes le intentaron convertir en comida, pero precisamente recordar a estas dos personas fue lo que le hizo cambiar de idea. Aunque también era por algo mucho más profundo: había cogido cariño a la carretilla. De algún modo, le ligaba a sus padres, a su vida anterior, y no sentía la necesidad de desprenderse de ella.

La mayor cantidad de comida se encontraba en las viviendas. Para pasar la noche, Ayna elegía una casa que no contuviera cadáveres, y así continúo durante cerca de dos años.

Cuando hubo tachado todas las zonas preestablecidas en el mapa y hubo acabado con las existencias que había ido encontrando, volvió a la iglesia. Ahí le esperaba la comida de reserva para el viaje de cuarenta y dos Kilómetros, y aunque no le gustaba reconocerlo, conforme se acercaba a la gran torre que ascendía en el horizonte, el prematuro hombre de once años experimentaba una ligera angustia que amargaba su boca. ¿Y si la comida no estaba? No obstante, cuando miraba a El Espejo comprendía que eso era imposible, pues solo quedaba él en el mundo, él y El Espejo, claro.           

—Tú sabes que estará ahí, ¿verdad? —le preguntó Ayna en varias ocasiones—. Tú sabes que no la ha podido robar nadie sencillamente porque no hay nadie.

El Espejo, desde la carretilla y siempre por encima de la comida cuando la había, inclinado de modo que el rostro y parte del cuerpo de Ayna quedaba reflejado en su superficie, no le respondía. Nunca lo hacía.

Al principio, durante los dos o tres primeros meses, se sentía un tanto incómodo e irritado por no recibir respuesta, por la inmensa ignorancia de su compañero, pero poco a poco fue acostumbrándose a su silencio, a su paciente contemplación, y empezó a valorarlo, a quererlo como nada en el mundo, ya que toda su atención recaía en él, en Ayna, y no le importaba escucharle durante el tiempo que fuera necesario, en el momento que quisiera. Su deseo por oír otras voces fue desapareciendo paulatinamente, desvaneciéndose como la pintura en los coches.

Su nombre, sin embargo, no se le olvidó en esos dos años. Lo más normal, al no ser pronunciado por nadie, es que hubiera seguido el mismo destino que el de las voces, pero la carretilla, objeto que mantenía el recuerdo de sus padres vivo, impedía que se desvaneciera en los oscuros y remotos rincones de la mente, aquellos llenos de dientes a los que es imposible acceder.   

Pero había algo que Ayna llevaba haciendo desde el primer momento en que se percató de que era el único ser humano vivo, y jamás fallaba. Tal vez fuera ya un mero acto reflejo, sin el significado que le bañaba al principio; tal vez ya no lo hiciera conscientemente, sin embargo, todas las mañanas, cuando salía el sol invisible tras las opacas capas de contaminación, la cabeza de Ayna cumplía su maquinal tarea.

En cuanto el prematuro hombre y El Espejo cruzaron las puertas de la iglesia, una intensa oleada nostálgica golpeó a Ayna, ahogándolo en el recuerdo del viejo cura. Temía que, una vez se fuera de allí, este recuerdo se desvaneciera como había sucedido con muchos otros.

Solo se permitió dirigir una rápida mirada al final del templo, en dirección a la copa de oro con piedras verdes engarzadas y a la puerta de la habitación del anciano. No las vio físicamente, pues como siempre, todas las naves estaban atrapadas en penumbra, pero las imágenes correspondientes se dibujaron en su mente, tan brillantes que casi parecían reales. Cuando sintió una dolorosa presión en el pecho, dio media vuelta y se precipitó al rincón convertido en despensa para la comida de reserva.

Apartó El Espejo, posándolo con cuidado en el suelo, dispuso la comida en la cesta de la carretilla de modo que quedara bien encajada como si fueran las piezas de un puzle, volvió a situar El Espejo sobre todo lo demás con la inclinación justa, y salió de la iglesia para no volver jamás.

Tras las enormes puertas de madera quedaban el cáliz y el viejo cura. Tras las enormes puertas de madera quedaba la primera persona con la que había hablado en mucho tiempo —aparte de sus padres— y la que le infundió esperanza cuando creía haberla perdido.

Con la mochila en la espalda, un sucio pañuelo cubriendo la parte inferior de su sucio rostro y empujando una carretilla entre cadáveres y coches abandonados cada vez más dispersos y escasos, Ayna dejó atrás la ciudad en la que había nacido y crecido hasta convertirse en un hombre de once años. El mundo en el que había nacido le había obligado a saltarse la etapa de la infancia y la adolescencia, e ir directamente a la de la adultez. No tenía barba ni pelos en sus partes, pero había logrado sobrevivir en ese mundo vacío durante dos años. Solo.

Bueno, solo no, pensó.

—Te tengo a ti, ¿verdad? —le preguntó a El Espejo. Y su sonrisa se vislumbró en sus ojos; El Espejo le devolvió esa misma sonrisa—. Claro que sí.

Tuvo que detenerse en cuatro ocasiones. La carretilla pesaba, y cuando llevaba un rato andando, los brazos empezaban a quejarse, transmitiendo su queja a los omoplatos y la espalada. En esos momentos, Ayna se sentaba y contemplaba el horizonte, cuya línea estaba formada por una infinita extensión de campo amarillo, una pequeña franja de pavimento rajado y al rojo vivo, y más campo amarillo. Por encima de ello, el mismo cielo enfermizo de siempre.

Hacía un buen rato que había pasado junto al lugar en el que Ayna se disponía a pasar la noche cuando vio la hoguera de aquel hombre y aquella mujer cuyos nombres ya no recordaba. ¿Por qué ya no los recordaba?, se preguntó. Quizá su mente sacó sus dientes del olvido y los trituró para que el hombre no volviera a revivir aquellos horribles momentos.

Reanudó la marcha tras su cuarta parada para descansar, y unos minutos después, empezó a escuchar algo, un susurro incesante. Aguzó el oído, pero la rueda de la carretilla chirriaba, así que se detuvo de nuevo, posando las patas en el pavimento.

No tardó en descubrir cuál era la fuente de aquel susurro, y en cuanto lo hizo, se percató del tremendo calor que tenía. No había dejado de sentirlo, siempre había estado ahí, tanto por encima de él como por debajo —los pies le ardían como fuego puro— pero ahora era más real.
Sudaba. No le caía a chorros, ya que no estaba muy delgado, pero sí que gotas de sudor le perlaban la frente y la ropa se le adhería al cuerpo como si quisiera fundirse con la piel.

No lo dudó. Miró a El Espejo, y contempló su gesto de asentimiento. Los ojos volvieron a sonreír.

Continuó por la carretera hasta que llegó al lugar. La extensión de plantas secas y tierra del campo se interrumpía en un barranco que volvía a alzarse unos tres metros más allá. En el centro, el agua del río susurraba en su implacable avance. A los lados del tramo de carretera que había justo encima del río, había vallas que una vez debieron ser rosas. Algún que otro vestigio descascarillado lo delataban.

Ayna portaba dos garrafas de agua de ocho litros, aún así, no pudo evitar que la boca se le secara de golpe y que el calor se intensificara. Desvió su rumbo para adentrarse en el río, dejando la carretilla sobre el ardiente pavimento.

Bajó el barranco conforme se desprendía del pañuelo —allí el olor no era tan malo, ya que no había cadáveres—, de la camiseta de mangas cortas, de las zapatillas de suelas medio derretidas y de los pantalones cortos. Los calcetines se los dejó puestos, de ese modo mantendría los pies fresquitos cuando reiniciara la marcha.

El agua le recibió con un frío abrazo. ¿Por qué no lo había hecho antes, cuando acudía a por agua en la ciudad? Decidió preguntárselo a El Espejo. Y entonces se percató de que lo había dejado solo ahí arriba.

—¡Eh, ven aquí! —le gritó antes de sumergir la cabeza y beber agua al tiempo que se refrescaba. Emergió esperando verlo bajar el barranco, pero no le había hecho caso, o no lo había oído. Iría a por él.

Ascendió el barranco, se aproximó a la carretilla dando saltitos, pues aunque tuviera los pies empapados el calor del suelo lograba filtrarse hasta su piel, y cogió con cuidado a El Espejo.

—¿Por qué no has venido? Vamos.

Los pies se escurrieron varias veces en el descenso, cayendo de culo contra el terreno en más de una ocasión, lo que tanto a Ayna como a El Espejo les arrancaba una sonora carcajada. Hacía tiempo que no se sentía tan feliz.

Sin soltar a su compañero, Ayna se sentó en el lecho del río, procurando que el agua le cubriera hasta la barbilla. Ahí sentado, examinó a El Espejo, el cual descansaba sobre la parte superior de sus muslos, con el cristal ligeramente inclinado hacia arriba.

Debía medir la mitad que el prematuro hombre, más o menos. El marco era de algún tipo de metal, bañado en un color que imitaba al oro. A diferencia que en muchos otros sitios, este color aún perduraba. Estaba tallado en espiral. El cristal estaba intacto, reflejaba todo con una claridad abrumadora, con la claridad de los ojos de un inocente niño. Mirando a través de él, parecía que todo iba bien, parecía que el mundo seguía siendo el mismo de antes, parecía que Ayna no estaba solo.

Ayna observó el rostro de su compañero con detenimiento. Una cara alargada, con pómulos marcados, mejillas y ojos hundidos, piel manchada por el sol y cabello largo, que descansaba en unos hombros afilados. No sabría expresarlo con exactitud, pero los ojos que le devolvían la mirada eran inteligentes y al mismo tiempo tristes. En un principio, naturalmente, sabía que ese rostro era el suyo propio, pero poco a poco, al tiempo que los recuerdos iban desintegrándose, su cordura, su percepción de la realidad, fue cambiando, y su mente fue dando a ese reflejo una naturaleza diferente. Poco a poco, la persona que reflejaba el cristal del espejo fue convirtiéndose para Ayna en El Espejo, un ser aparte, un ser independiente de Ayna. Una persona física, extremadamente paciente y sumisa.

—¿Estás fresquito? —le preguntó con voz adormilada. El susurro del agua, el frescor, la intensa concentración en el rostro de su compañero, lo habían inducido a un estado hipnótico.

Los párpados decidieron rendirse a toda esa agradable calma. Comenzaron a cerrarse, pero entonces, algo estalló por encima de El Espejo y Ayna, y este dio un brinco sobresaltado.

Había sido un sonido seco, sin eco, pero potente. Como el resoplido de un gigante.

Chorreando agua por todas las partes de su cuerpo, con los dedos agarrotados alrededor del marco de El Espejo, Ayna salió del río y corrió barranco arriba.

Lo que vio al llegar a la cima, en medio de la carretera, frenó los latidos de su corazón en seco, aplastó su alma contra el suelo y por poco le hizo aflojar los dedos y soltar a su compañero.

Ayna cayó de rodillas sin poder evitarlo.

No podía ser posible. ¡No podía ser! ¿Por qué?

—¡¿Por qué?! —exclamó con lágrimas en los ojos, buscando desesperadamente una respuesta en El Espejo.

Este no le contestó. 


sábado, 1 de agosto de 2015

Límites

A veces hay que afrontar el dolor


Siempre me han gustado tus caricias. Lo sabes, ¿verdad? Claro que sí, ¿cómo no ibas a saberlo? Sabes bien que el solo hecho de rozarme con las suaves yemas de tus dedos era suficiente para excitarme. ¡Y me volvía loco cuando me abrazabas, acercabas tus labios a mi oreja, y mordías el lóbulo sin previo aviso! También deseaba que llegara la noche para recibir encantado tus delicados masajes en mi espalada. Mi Nana Especial, la llamaba yo, ¿te acuerdas?

Sin embargo, ahora es diferente, sobre todo por las noches. Hay veces que incluso no voy a casa: duermo en un hotel barato. Hay veces que incluso después del trabajo, me quedo en un bar bebiendo hasta encharcar mi sangre en alcohol.

Me duele reconocerlo tanto como confesarlo, cariño, me duele hasta desear abrirme el pecho con las uñas y arrancarme el corazón, pero he de hacerlo. He de rogarte que pares, por favor. Para, porque todas tus suaves caricias, todos tus traviesos mordiscos, todos tus masajes nocturnos ya no me gustan. ¿Por qué?, te preguntarás.

Porque, mi amor, cada vez que lo haces, recuerdo todos esos momentos, momentos que fueron mucho más cálidos cuando estabas viva.