sábado, 25 de julio de 2015

Pre-mortem

El miedo tiene su propia lógica


Es curioso lo que se pasa por la cabeza cuando eres padre y crees que vas a morir. ¿O tal vez solo me ocurrió a mí?

Llevábamos una hora de vuelo tranquila. Para mí, volar era como ir en autobús. Me puse los auriculares y comencé a ver una película. Me dormí enseguida.

Un grito me arrancó del sueño como un pescador a un pez del agua. No tardé en darme cuenta que me faltaba el aire, y la razón. La inclinación del avión era casi vertical; gracias a que se me olvidó desabrocharme el cinturón, no me deslicé hacia abajo. Pero no me preocupé por mí; lo hice por mi hijo.

No lo pensé, me giré y le puse a él primero la mascarilla de oxígeno. Luego lo abracé, aferré la mía como pude y la sostuve sobrepuesta en mi cara. Cerré los ojos y me desmayé con una imagen horrible en mi cerebro cuyo protagonista era mi hijo.

Nada más despertar en el hospital, pregunté por él. Mi mujer me dijo que estaba con mis padres y que no sabía nada de lo sucedido.

Entonces recordé que el viaje era por trabajo, y que a mi lado no se había sentado nadie.  


viernes, 24 de julio de 2015

El Espejo (Capítulo 13)

¿Y si fueras el último?


13

Ayna caminaba en busca de comida bajo aquel cielo enfermizo y amarillo.

Habían pasado cuatro semanas, cuatro semanas en las que se había dedicado —naturalmente— a sobrevivir evitando morir de hambre o sed.

Cuando se despertó al día siguiente tras haberse quedado dormido sobre el banco de la iglesia, decidió establecer un plan.

La luz que entraba por los ventanales de la iglesia no ofrecía mucha visibilidad, ya que si a los colores de las vidrieras se les sumaba la mugre de estas, la iluminación se reducía a una pobre luz grisácea. De modo que Ayna abrió una de las puertas con cautela, observando el exterior, y se situó en el umbral conforme extraía el mapa de la mochila.

Haciendo un esfuerzo inmenso, pues no entendía muy bien los mapas, identificó el templo. Una pequeña cruz rodeada de una maraña de líneas y formas geométricas. Sintió un ligero vahído al percatarse de que el lugar en el que estaba era tan solo una pequeña parte de un conjunto de ciudades y pueblos. La pequeña ciudad en la que se hallaba estaba al sur de la enorme capital, la cual ocupaba el centro del mapa y llegaba casi a los extremos laterales de este. Ayna, por el momento, se concentró en su situación.

Volvió a fijar los ojos en la cruz. Después buscó la localidad más cercana. La halló unos centímetros al nordeste, unida por una línea de cierto grosor y de color negro: la carretera por la que él había caminado al volver de casa de Nando y Mila. Sobre esta, en números diminutos, marcaba la distancia real que había desde la ciudad del chico hasta ese pequeño pueblo. Cuarenta y dos kilómetros. Ese dato insufló en Ayna una agradable esperanza. Se trataba de una distancia que creía posible recorrer sin llegar a acabar con sus existencias, siempre y cuando empezara la marcha bien provisto de ellas.

No obstante, el pánico aprisionó su corazón, haciendo retroceder a la esperanza como un animal asustado cuando observó que no había ninguna otra ciudad o pueblo a una distancia segura de aquella otra localidad.

«No es momento de pensar en eso».

El niño nuevo tenía razón. Ahora era momento de pensar en cómo distribuir la comida. No se iría de esta ciudad hasta que pensara que no quedaba más comida en ninguna de las casas, y mientras tanto, un rincón oscuro de la iglesia le serviría de despensa. Allí amontonaría comida de reserva para el viaje de cuarenta y dos kilómetros.

Guardó el mapa en la mochila y comprobó el contenido de la carretilla, junto a la puerta. Contenía todas y cada una de las cosas con las que se había hecho en su casa. Habría comida para unos días, no obstante, decidió que debía empezar a separar la reserva del viaje.

Fue dividiendo todo (botes de judías, garbanzos, espárragos, latas de sardinas, latas de caballa, garrafas de agua, etc.) en dos grupos. Uno lo dejaba en la cesta de la carretilla; el otro en el suelo. Cuando creyó que el reparto era justo, echó un vistazo al grupo destinado al viaje.

De media habría unas tres latas de cada alimento, y solo una garrafa de agua. Puesto que la división había sido la mitad, en el suelo había lo mismo. No era mucho, pero seguro que encontraría más dentro de las casas y en el supermercado.

Empujó la carretilla en paralelo a la pared de la puerta hasta el rincón de una nave lateral, y allí, bajo una pequeña hornacina en cuyo interior probablemente hubo una figura, depositó el contenido de la cesta. Los botes de cristal los colocó dentro de la hornacina, de modo que no podría darles una patada sin querer cuando se acercara en la penumbra.

Regresó a la puerta con la carretilla y recogió el resto de la comida y la garrafa. Luego salió al sofocante calor. Miró al cielo, esperando ver aunque fuera un puntito azul. Nada. El obstinado cielo se negaba a abrirse. La contaminación que lo velaba era inexorable.

Desenrolló el pañuelo de la mano herida. Era un pequeño corte, sin embargo presentaba un aspecto repugnante: el borde estaba negro y moteado de puntitos blancos. Debía curárselo, pero no  tenía desinfectante. Ayna se arrepintió de pronto de no haberse acordado del botiquín antes de salir de la casa que ya no era su casa.

Miró al otro lado de la calle. Una fila de viviendas de dos pisos la recorrían. Iría a buscar un botiquín, pero antes se echaría un poco de agua de la garrafa y se lo vendaría de nuevo.

Encontró agua oxigenada en la primera casa que entró. Era grande, por lo que se dirigió directamente al cuarto de baño, y ahí estaba. Se lo curó y ya que estaba allí, antes de marcharse, buscó comida. Solo encontró una lata de conserva con una raja en la tapadera. El olor que despedía era insoportable, así que lo arrojó y salió de la casa.

Cuatro semanas después, la herida de la mano había curado completamente, y Ayna había entrado en todas las casas que rodeaban la iglesia en un radio de unos dos kilómetros. También había hecho varios viajes hasta el crecido río de la ciudad. Esa zona la tachó en el mapa con un lápiz que encontró en una de las viviendas.

Siempre llevaba a cabo la operación con mucho cuidado, vigilando constantemente, a pesar de ser consciente de lo inútil que era, pues no quedaría nadie vivo excepto él. Hacía tiempo que había dejado de temer a las personas que ya no eran personas. Aún así, siempre estaba alerta.

No había hallado mucha comida; ni siquiera en el pequeño supermercado del cual vio salir a Nando y Mila creyendo que eran padre e hijo. La mayoría de las casas estaban vacías, y la escasez de alimento no era lo peor. En casi todas, había una familia muerta, tumbados en la cama fundidos en un abrazo eterno, o en el sillón. Ayna retiraba la mirada de inmediato y se pinzaba la nariz a pesar de llevar puesto el pañuelo.

En la calle, los cuerpos cada vez dejaban ver más el esqueleto, como si este quisiera cobrar más protagonismo cada día. Ayna siempre evitaba mirar, pero para no pisarlos tenía que hacerlo. Pisarlos era peor que verlos.

No obstante, consiguió abastecer un poco más la reserva del viaje y sobrevivir él al mismo tiempo haciendo dos comidas al día, dos comidas muy ligeras que le dejaban con hambre. Consternado, el muchacho pensó que a partir de ahora siempre tendría que ser así. ¿Podía uno acostumbrarse a tener hambre hasta tal punto de no sufrirlo? Imaginó que sí; ya nada le resultaba imposible.

Ahora arrastraba los pies y empujaba la carretilla, alejándose de la iglesia más allá de esos dos kilómetros. El rincón del templo seguiría siendo su despensa, pero no volvería cada vez que se hiciera de noche a menos que la cesta de la carretilla estuviera hasta el límite de su capacidad, de modo que dormiría en alguna casa que estuviera vacía si no llegaba a llenarla ese día.

Se disponía a comprobar si la puerta de una casa estaba abierta, cuando percibió un movimiento por el rabillo del ojo al otro lado de la acera. Con el corazón en un sucio puño, permaneció inmóvil, tratando de atisbar de nuevo el movimiento. Había venido de la ventana de la casa de enfrente. El cristal estaba roto y el interior en penumbras, pero sabía que aquello que había visto procedía de allí.

Tratando de calmarse, respiró hondo… y volvió a ver algo. Se puso nervioso. ¿Había alguien en la casa? De pronto, el mes que había estado solo, el mes que había estado sin hablar, sin nadie con quien compartir los días, cayó sobre su espíritu como si le hubiesen golpeado con una fuerza desmesurada. Una dolorosa luz estalló en su interior, e iluminó sentimientos que durante ese periodo de tiempo debieron estar escondidos con el fin de proteger a su anfitrión. Soledad, consternación y miedo por desconocer lo que le esperaba en el futuro, traicionaron a su estado de alerta, debilitándolo, y como etéreos titiriteros, comenzaron a mover las piernas de Ayna hacia aquella ventana, olvidando la carretilla.

El segundo movimiento le convenció de que había alguien en medio de la oscuridad, alguien que no dejaba de moverse. ¿Estaría viéndole a él? ¿Estaría también nervioso?

En esta ocasión, al igual que cuando se encontró con Nando y Mila, el nuevo niño le advirtió de que no debía acercarse a las personas, pero al contrario que aquella vez, Ayna era consciente de ello; no obstante, no le hacía caso. Deseaba fervientemente ver a otra persona, deseaba oír su voz, así como la suya propia dirigiéndose a alguien.

Caminaba como hipnotizado, y cuando subió la acera, se dirigió a la puerta de la casa de un solo piso. Estaba abierta, así que empujó ansioso la hoja con la yema de los dedos.

«¿Habrá entrado buscando comida como yo? —se preguntó—. ¿Estará solo? ¿Será un niño? ¿Qué tono tendrá su voz?»

El hedor a descomposición le golpeó la nariz y empezó a respirar por la boca, cada vez más nervioso conforme enfilaba el pasillo repleto de sombras, mirando en cada habitación. Era tal el silencio, que Ayna podía escuchar los latidos acelerados de su corazón. Se preguntó si podría escuchar los latidos del corazón de la otra persona si aguzaba el oído lo suficiente.

Pronto llegó a la ventana rota, que no pertenecía a una habitación, sino al pasillo. En la pared opuesta, frente a ella, se alzaba una puerta entreabierta. Ese era el cuarto de donde venía el movimiento.

—¿Hola? —saludó Ayna mientras empujaba la puerta, ignorando un potente grito del nuevo niño que le decía que se detuviera de inmediato.

Dio un paso y cruzó el umbral. Estaba muy oscuro. Las cortinas se hallaban recogidas, pero la persiana estaba bajada. Delgados cilindros de luz se filtraban por los agujeros y se posaban en el suelo oblicuamente, a unos metros de Ayna. Por todo el cuarto había sombras y figuras oscuras, pero el chico se fijó en la del fondo. 

—Me llamo Ayna.

La sombra del otro extremo, al otro lado de los rayos de luz en los que flotaban motas de polvo, no paraba de moverse mientras él avanzaba.

—¿Quién eres? No me tengas mie…

La sombra desapareció. En cuanto Ayna atravesó los rayos de la persiana, aquel individuo se esfumó. Pero ¿cómo? ¿Se había deslizado hacia un lado?

Ayna frenó en seco. Se le encogió el estómago. La boca se le secó. No había caído presa del pánico por el hecho de ser consciente de pronto de aquella descabellada  imprudencia, sino por el temor de que quien quiera que estuviera allí saliera corriendo y se escondiera en un sitio en el que jamás le encontraría. 

No se lo pensó dos veces. Se precipitó con dos largas zancadas hasta la ventana, tanteó lo laterales, se hizo con la cuerda, y alzó la persiana. La estancia se iluminó con un intenso fogonazo que le cegó unos instantes. Cuando se recuperó, giró la cabeza hacia la pared del fondo, y vio al fin a la persona que se ocultaba allí.

Era él mismo. Ayna. Todo el tiempo había sido él.

Se acercó con el ceño fruncido, lentamente. Estaba atónito. Extendió un brazo, y deslizó los dedos por la suave superficie del espejo. Tenía una delgada capa de polvo, pero no eliminaba el reflejo por completo.

Ayna se miró a sí mismo, a sus ojos negros a través del límpido surco despejado por sus dedos. Por primera vez en un mes estaba frente a un ser humano. Sabía que era él mismo, sabía lo que era un espejo, naturalmente, pero era lo más parecido a otra persona con lo que se había topado en todo ese solitario periodo de tiempo.

En las demás casas también había espejos, sin embargo nos les prestaba atención; entraba con un único objetivo, el de proveerse, y además ansioso por salir lo antes posible por los cadáveres. Pero las circunstancias que le habían llevado a ese habían sido distintas. La ilusión, la esperanza, la intensa sensación de compañía habían aflorado de nuevo en el chico, y le habían hecho ver su reflejo de otro modo. Ahora se sentía bien, se sentía como cuando encontró al viejo cura y a Nando y Mila, y eso era más que suficiente para tomar una decisión.

Jamás se separaría de ese espejo. 



domingo, 19 de julio de 2015

El Espejo (Capítulo 12)

¿Y si fueras el último?


12

Estaba muerto.

La esperanza reflejada en su rostro se rompió en mil pedazos, como el cráneo al pisarlo, mil pedazos que se le clavaron en el corazón. No lloró. Agarró la sábana y le cubrió por completo. Después salió de la habitación.

Lo que había impedido que sacara el mapa de la mochila para tratar de orientarse y ver si había alguna otra ciudad o pueblo cerca, lo que le había dado esperanzas y hecho olvidar la horrible situación de la que acababa de escapar, había sido distinguir en el horizonte un rectángulo acabado en una cruz recortado contra el velado cielo. De inmediato supo que debía regresar con el viejo cura y quedarse junto a él. Era la única persona que le quedaba, la única buena que conocía, y allí dentro estaría seguro. Era un lugar oscuro y grande, un lugar en el que sería difícil encontrarle si las personas que ya no eran personas irrumpían en él. De modo que anduvo durante unas horas, mientras el día se oscurecía y la temperatura bajaba.

La carretilla pesaba, y los brazos protestaron, pero él no se detuvo, siguió y siguió caminando entre coches oxidados y algún que otro cadáver que evitaba mirar hasta que llegó a las enormes puertas de madera. Para entonces el cielo había adoptado un tono púrpura grisáceo, el color de los labios en una persona muerta.

Empujó una de las hojas y se introdujo en el interior. Tras dejar la carretilla a un lado, avanzó por la nave central.

Aún había suficiente luz como para ver a unos diez metros, así que no tuvo dificultad en alcanzar la habitación del hombre.

Cruzó el umbral decidido, sonriendo. Se acercó a la cama con entusiasmo. Empezaba a formar la palabra «Hola» en su boca, cuando se percató de que algo iba mal.

El anciano tenía los ojos abiertos, sí, pero no los había girado al entrar Ayna en la estancia. Encima de la cabecera de la cama no colgaba una cruz con Cristo crucificado, sino una pequeña ventana a través de la cual se colaba un pálido charco de luz que caía justo encima del rostro del hombre e iluminaba, como por despecho, el resto de la habitación, como queriendo decir que lo único importante ahí era aquel viejo cura. De modo que Ayna no se explicaba por qué el anciano no le había mirado si la luz también le bañaba a él, por no mencionar el ruido. ¿Qué le ocurría?, se preguntó. ¿Tampoco le había oído?

Se aproximó con paso vacilante, menos decidido que el de hacía unos minutos, e inclinó su cabeza sobre la del hombre. Nada. Los ojos no se movían, ni siquiera parpadeaban. Parecían congelados en una expresión de sorpresa. Con un ligero temblor, el chico posó una mano sobre el escuálido pecho. No encontró el latido del corazón. Ayna comenzaba a ser consciente de la horrible verdad, aún así, se destapó la nariz y aspiró fuerte. Un ligero hedor familiar se filtró por los orificios de una nariz que empezaba a acostumbrarse al olor de la muerte.

«¿Qué más pruebas necesitas?», le preguntó el nuevo niño.

Ayna concluyó que ninguna más. Logró controlar el espasmo de su pecho que a la vez envió señales a sus ojos. Nada de llorar. Como decidió el día que lloró por sus padres, no podía permitirse mostrarse débil. Esta convicción no solo había temblado el día que se topó con Nando y Mila, sino que falló por completo. Pero aquella sería la última vez. Jamás volvería a ocurrir.

Alargó una mano hacia los ojos abiertos del cura y bajó los párpados con delicadeza. Luego estiró la roída sábana y le enterró con ella.

Ahora, escrutando la creciente oscuridad, buscó la silueta de uno de los bancos de madera casi podrida de la iglesia y se sentó. Permaneció unos segundos contemplando la figura negra que sobresalía de la mesa frente a él. La débil luz que se filtraba por los enormes ventanales aún lograba arrancar destellos a las piedras engarzadas en la copa. No se percibía el color verde de estas, pero sí se distinguía del resto por los puntitos procedentes del brillo.

«¿Eres creyente, chico? ¿O un ladrón?». Se sobresaltó al oír aquello. Parecía haberlo oído a escasos centímetros de sus oídos, incluso creía haber sentido una presencia desde lo más profundo de su alma. Sin embargo eso era imposible. Trató de calmarse.

Esas fueron las primeras palabras que el anciano cura le dirigió, justo en el instante en que alargaba la mano para contemplar desde más cerca aquella copa preciosa. Lo que más le llamó la atención de esta fue el color verde tan vivo, tan fuera de lugar en ese mundo de colores enfermizos. Al igual que el azul, el verde era otra gama perdida.

Ayna desvió la mirada hacia la puerta cerrada del cuarto del cura, y recordó otra cosa que este le había dicho.

«Quizás no sea el fin de la humanidad, que queden unos pocos, pero el tiempo se ha terminado ya, eso seguro.» En esta ocasión no sintió la presencia, y se sorprendió deseando sentirla de nuevo.

Esas contundentes palabras trasladaron sus pensamientos hacia sus padres, hacia Nando y Mila, y también hacia el anciano. Todos los que había a su alrededor acababan muriendo tarde o temprano. La razón se la había dado Nando. Había mentido sobre muchas cosas, pero sobre eso no, Ayna estaba seguro; si no, ¿por qué él, Ayna, no estaba enfermo? Pensó en todos ellos y una certeza escalofriante, una certeza que ya había acudido a su mente antes se formó en su cerebro.

«No solo el tiempo se ha terminado ya», se dijo. Y luego, en un susurro que pareció impactar con la oscuridad total que había conquistado finalmente el templo:

—También es el fin de la humanidad.

Unos dedos helados recorrieron su columna vertebral con descarada lentitud. Se quitó la mochila y la colocó a un lado. Le dio unos golpecitos y a continuación se tumbó, con la cabeza sobre ella.

—Ya no queda nadie, seguro. Solo yo —siguió diciendo adormecido.

Hablaba tan bajo, que su voz no llegaba a reverberar. O tal vez la espesa negrura no dejara que las palabras avanzaran, dotando al sonido de una naturaleza insólita, como algo fuera de lugar en su soledad.

—Solo yo. 



viernes, 17 de julio de 2015

Daniel el curioso

La curiosidad de un niño...


A cada vuelta del tambor de la lavadora, un sonido sordo retumbaba en el interior.

Había visto muchas veces girar un revoltijo de ropa empapada. Había permanecido ahí, frente al cristal redondo, contemplando hipnotizado lo que sucedía en su interior, hasta que el indicador naranja se encendía y su madre iba a recoger la ropa para tenderla. Pero nunca había visto eso que observaba con fascinación ahora. ¿Qué sucedería? Se había preguntado. Tenía una curiosidad insoportable.

Tanto tiempo viendo a su madre poner la lavadora, había hecho que él aprendiera a hacerlo, así que había llegado el día de empezar su investigación, y ¡no veas cómo molaba! ¡Era súper divertido! La sonrisa no había quien se la quitara de los labios; ni siquiera su madre, cuando se enterara. A sus seis años de edad, Dani pensaba que no había nada mejor que ver ahí dentro a un…

—¡Daniel, hijo, ¿has visto a Bigotitos?!


miércoles, 15 de julio de 2015

El Espejo (Capítulo 11)

¿Y si fueras el último?


11

Algo se escurría por su frente. Algo húmedo. En un principio pensó en sudor. Luego recordó el momento en que sintió la saliva de Nando estrellándose contra su frente. Eso pensó entonces; ahora, al palparlo y comprobar sus dedos, Ayna pudo ver lo que era en realidad. Sangre.

Aquel último ataque de tos debió desgarrar algo en el interior del hombre, y los secos y graves espasmos que acababan de sustituir a los gritos enfurecidos primero y desesperados después de Nando, lo confirmaban. Ayna los escuchaba amortiguados a través de la puerta, pero el sonido era horrible, y demasiado cerca de su oído como para que Nando se encontrara aún de pie.

El chico imaginó que su captor se había sentado contra la puerta —como había hecho él—, encorvado, incapaz de detener la tos. O aún peor: podía estar a cuatro patas, expulsando sangre por la boca, agarrándose el pecho en un intento por calmar el dolor que debía estar sufriendo. Ayna había tenido ataques de tos en alguna ocasión debido a la sequedad ambiental, y aunque habían sido breves, un dolor agudo, apagado, se posaba sobre el pecho. Así que no quería imaginar el sufrimiento de Nando.

«¿Y qué? —se preguntó sorprendido—. Se lo merece.»

Era la primera vez que Ayna experimentaba el sentimiento de rencor, y fue una sensación demasiado agradable, aunque eso no impidió que el vestigio del antiguo niño se asustara un poco.

De pronto, sintió la apremiante necesidad de alejarse de allí, de dejar de oír aquella macabra banda sonora mortal al otro lado de la puerta, de olvidarse de Nando y Mila, no solo de aquella escena de hace unos minutos, sino también de cuando los encontró, pues eso le hacía recordar la seguridad que había experimentado junto a ellos, la confianza que había depositado en aquel hombre amable y aquella extraña mujer, y eso le ponía triste, y no quería estar triste, no podía permitírselo. No en ese mundo en el que le esperaba un futuro tan claro como el agua. Un futuro en el que…

«Agua». Esa palabra interrumpió su apresurado avance en busca de la salida.

¿Qué estaba haciendo? ¿Qué pensaba: irse de allí sin sus cosas? Se acordó de la mochila que le regaló el anciano cura y por alguna razón le dio más importancia que a la carretilla que contenía todas las provisiones para sobrevivir.

La casa no era pequeña, pero tampoco grande; en cualquier caso no era tan grande como en la que él había vivido, aquella casa que ya no era su casa. Constaba solo de un piso, sin contar el sótano. Las escaleras convergían en su ascenso en la cocina, cuyos muebles y fogones presentaban un aspecto abandonado.

Ayna observó que en una parte de la encimera que se hallaba justo debajo de la ventana que daba al patio trasero, había restos de una hoguera y un hueso medio calcinado. ¿Serían huesos huma…? La respuesta estaba clara y deshizo de inmediato la idea que empezaba a formarse en su cabeza. Salió de allí.

Un pasillo corto y amplio se abrió ante él. En una de las paredes había tres puertas; en la otra solo una, de doble hoja de madera y cristal con simples estampados de cisnes. Miró primero tras esa puerta. Solo una de las hojas giraba. La otra estaba fija con pestillos en el suelo y en la parte inferior del dintel del marco. Se trataba del salón, y no había nada. Solo un sofá y algún que otro mueble de madera. Los huecos que había allí donde se había retirado un mueble para usarlo en el fuego conferían a la estancia el aspecto de una boca desdentada, como la de Nando.

Ayna se dio la vuelta y se sorprendió al ver el cuarto de un niño a través de una puerta entreabierta. Empujó con los dedos sin mucha decisión, como si quemara, para comprobar que sus ojos no le engañaban y efectivamente se trataba de la habitación de un niño.

La ventana estaba sucia y una cortina cubría la mitad, pero dejaba pasar suficiente luz para ver el interior. No había fotos ni muebles, solo algún que otro juguete y una cama hecha. Parecía extrañamente limpia, como si solo hubiesen entrado para desvalijar todo lo que fuera de madera y no hubiesen vuelto a entrar. Ayna se preguntó por primera vez si Nando y Mila habían tenido hijos. Por otro lado, ¿había sido esa la casa de ellos antes de todo lo ocurrido? No lo sabía. Lo que sí sabía era que su ansiedad por salir de allí era cada vez más intensa. Así que cerró la puerta y entró sin más en la habitación contigua.

Por fin. Ahí estaba la carretilla. Y la mochila. Solo que eso no era lo único que había.

Mila también estaba.

Ver a la mujer ahí, sobre la cama, pálida y completamente inerte, le trajo a la memoria a sus padres. La última vez que los había visto fue cuando subió al dormitorio para hacerse con los pañuelos de su padre, y en ese momento apenas los miró, pues no quería ver de nuevo tal horror. Lo mismo hizo con Mila.

Se acercó veloz a la mesita y tras situar la mochila abierta al borde arrastró con el brazo el mapa y el cuchillo en su interior. Nando y Mila debían de haberlos sacado al comprobar el contenido. A continuación pasó un asa por el hombro y salió de allí haciendo rodar la carretilla. Cruzó el pasillo hacia la puerta que había en uno de los extremos. Acertó al imaginar que se trataba de la principal.

Una vez fuera, se detuvo. Era una de las pequeñas casas bajas de las afueras de la ciudad, con pintura y tejas que hablaban del calor y el tiempo. Era de día y aún había mucha luz y hacía mucho calor, por lo que Ayna supuso que todavía quedaban varias horas para el anochecer. El hedor de la calle le golpeó toscamente. Se tapó con el pañuelo que le colgaba del cuello; luego echó un vistazo rápido a la cesta de la carretilla para ver si estaba todo y lo corroboró con una sonrisa triunfal. Antes de iniciar la marcha, se hizo con otro pañuelo, se limpió la sangre de Nando y se envolvió la mano herida con el hueso, pasándolo entre el pulgar y los demás dedos.

Anduvo por unas calles estrechas, flanqueadas por casitas bajas, atento a cualquier ruido, sin perder de vista su alrededor. Llegó al extremo de una bocacalle en la cual se alzaba una señal roja.

—Stop —leyó Ayna apenas sin pronunciar la ese. Sabía lo que significaba (lo había leído en algunos libros), pero era la primera vez que veía esa palabra en una señal. La primera vez en nueve años que pisó la calle fue el día anterior, y no la había visto por ningún lado, o no se había fijado. Dejó de mirarla: no le gustaba. El color le recordaba a la mejilla de Nando.

Esa calle convergía en una carretera estrecha.

«¿Adónde voy ahora?», se preguntó. El día anterior echó a andar sin rumbo, con el único objetivo de salir de la ciudad, de poner la mayor distancia entre su casa y él. Sin embargo, ahora veía todo con mucha más claridad. El futuro que le esperaba era duro, un futuro en el que no podría permanecer escondido siempre, ya que tendría que ir en busca de comida, siendo él, al mismo tiempo, la comida para otros. Y sobre todo, estaría solo; ya no confiaría en nadie. Necesitaba, pues, organizarse.

Se descolgó la mochila del hombro y extrajo el mapa que le había regalado el viejo cura; pero entonces se le ocurrió algo.

Al otro lado de la carretera había tres o cuatro granjas con tejados hundidos. A la derecha, más carretera y cielo amarillo. Y a la izquierda…

«Ya sé adónde ir», pensó finalmente.

Con una sonrisa en los labios, Ayna comenzó a andar. 



viernes, 10 de julio de 2015

El Espejo (Capítulo 10)

¿Y si fueras el último?


10

—¿Yo? —Había entendido bien, pero necesitaba ganar tiempo.

Lejos de paralizarle de nuevo, aquella confesión de Nando —que en parte esperaba—, inyectó en los músculos del nuevo niño una intensa dosis de adrenalina. Se trataba de ese recién adquirido instinto de supervivencia que se activó tras ser consciente de la muerte de sus padres. La mente se le aclaró, el miedo quedó en segundo plano, y fijó la mirada en su única oportunidad de escapar.

—¿Ves todos esos montones de huesos? —Nando dio un paso hacia él—. ¿Y todas esas bridas rotas? Estás en nuestra despensa, Ayna.

Ayna, sentado en el suelo y sin quitar ojo de su arma, extendió una pierna, arrastrándola por el suelo.

—¿Y por qué guardáis los huesos con… la comida? —Era una pregunta horrorosa, pero tenía que distraer su atención.

—Por cautela, chico, por eso. —Guardó silencio, y cuando volvió a hablar, su voz adoptó el balbuceo del sollozo; Ayna aprovechó ese cambio emocional para impulsar su trasero con el pie de la pierna recién extendida—. Fue idea de Mila. Como casi todo. Antes de que la enfermedad se hiciera con ella, no era lo que se dice la mujer más avispada del mundo, pero después… después fue como si el cáncer encendiera una vela en su interior, una vela que iluminó su mente. Es lo que te digo, Ayna: las personas fuertes y su instinto de supervivencia, ¿lo entiendes?

Nando dio otro paso hacia él, haciendo estallar una de las bridas. El sonido resonó en la oscura habitación. Los separaba unos diez metros, y entre ellos se encontraba lo único que ocupaba toda la atención del chico.

Ayna alargó de nuevo la pierna, muy lentamente.

—«No queremos alejar a la gente», dijo ella, mientras yo me disponía a sacar al patio los restos de nuestra primera buena comida. «Si desperdigamos los huesos por el patio, incluso si los quemamos, puesto que dejaría marca, estaríamos invitando a las personas a que se alejen de la casa. Estaríamos diciéndoles: “Eh, entrad y convertíos en el menú del día”». —La última palabra acabó en una carcajada amarga, melancólica, que se convirtió en tos y le obligó a encorvarse sobre su estómago. Ayna vio entonces el momento de realizar un último impulso y así lo hizo. Al mismo tiempo, alargó su brazo izquierdo y cerró la mano sobre uno de los pedazos de cráneo que salieron disparados cuando lo pisó; luego, como un muelle, regresó a la posición de antes, unos metros atrás. El hombre no vio nada—. Lo más prudente y sencillo era esconderlos aquí —concluyó Nando con un tono más serio al terminar de toser.

Nando dio otros dos pasos y la tos volvió a atacarle. Ayna, sintiendo un dolor agudo en la palma de la mano en la que aferraba el hueso —debió de cortarse con el afilado borde de este—, hizo ademán de ponerse en pie para después lanzarse sobre él, pero la tos se rindió enseguida, y el hombre alzó la cabeza hasta fijarla en la dirección del chico. Apenas veía sus ojos. Gracias a la escasa luz de la ventana vislumbraba dos diminutos y turbios puntitos grises, pero nada más. Era imposible leerlos.

Tres nuevos estallidos resonaron entre las cuatro paredes y salieron por la puerta. Tres pasos más. Tres pasos más que reducían la distancia entre ambos.

—¿Oyes estos chasquidos? Me encantan, y a Mila también le encantaban. —Esta vez, al hablar de su mujer, la voz no se quebró. Pisó una brida a propósito—. ¿A ti no? ¿Sabes? Cuando nos acostábamos, en el silencio de la noche, no se oía nada, salvo ¿sabes qué? Eso es. Estos estallidos —Empezó a pisar y pisar, sin avanzar del sitio, produciendo una discordante melodía—. Y nos ayudaban a dormir. Dormíamos como debían de dormir las personas que vivieron en el mundo antes que este. Porque nos recordaba que al día siguiente, podríamos disfrutar de una buena comida. Lo peor eran los golpes de la puerta, pero si en el interior había más de una persona, solo teníamos que decirles que si abríamos la puerta y le veíamos haciéndolo, sería el siguiente. Si solo había uno, le amenazábamos con cortarle los brazos. Una tontería porque al final se los cortaríamos igual. —Parecía que iba reírse, sin embargo, debió pensarlo mejor intuyendo que los pulmones protestarían.

Finalmente, anduvo renqueante los pocos metros que le separaban de Ayna, sentado en el suelo, mirando hacia arriba con la cabeza casi en perpendicular con el cuello, la mano sangrando alrededor del pedazo de cráneo, y el corazón martilleándole no solo en el pecho, sino también en las sienes, como nunca antes lo había hecho. Pero por suerte para él, la adrenalina seguía en su cuerpo, una adrenalina que le impedía entrar en estado de pánico.

—Te preguntarás por qué no te hemos atado. —Algo cayó en la frente de Ayna, un líquido. ¿Saliva?—. La respuesta no es complicada.

Ayna inhaló aire con la nariz y apoyó las manos contra el frío suelo.

—No nos quedan bridas. Además, seamos realistas: mira que bracitos tien…

Ayna expulsó el aire y se levantó de un salto, echó el brazo armado hacia atrás y con todas sus fuerzas trazó un arco horizontal en la oscuridad. Sintió con nitidez cómo la punta del hueso se clavaba en la mejilla del hombre y cómo desgarraba la piel al deslizarlo por ella. A continuación, al tiempo que Nando empezaba a gritar, soltó el pedazo de cráneo, y salió corriendo con los ojos fijos en el resplandor blanco y rectangular de la puerta. No debía estar a menos de quince metros, pero le pareció que no llegaría nunca, hasta que sintió un cambió en el aire y frenó.

Giró sobre sus talones y agarró la puerta en el preciso instante en que los gemidos de Nando casi le rozaban la nuca. Antes de cerrar la puerta con un rápido movimiento, vio lo que le había hecho en la cara. Una espeluznante raja se había abierto en la mejilla, convirtiéndose en un amasijo rojo de sangre por el cual se entreveía la única muela que tenía y parte del colmillo. La imagen le horrorizó, pero por suerte no duró mucho.

De inmediato, Nando empezó a dar puñetazos a la hoja de la puerta. Ayna colocó la espalada contra esta con tanta fuerza como si quisiera atravesarla. Entonces, por encima de los golpes y gritos, escuchó un leve tintineo metálico. Buscó la fuente y la encontró. Nando había dejado la llave en la cerradura. Con la mano ensangrentada, hizo girar la llave y el chasquido de la cerradura fue lo que provocó que sus piernas flaquearan y cayera al suelo temblando.