domingo, 26 de abril de 2015

El Espejo (Capítulo 3)

¿Y si fueras el último?


3

Desde que el nuevo niño recordarse, sus padres habían estado enseñando al antiguo niño todo tipo de cosas. No le habían dejado hacer nada; solo le enseñaban y enseñaban. Y justo unos días antes de haberse quedado dormi… —no, de haber muerto, se corrigió—… solo unos días antes de haber muerto, su padre, pues su madre apenas podía emitir unos profundos sonidos desde su garganta y asentir débilmente con la cabeza, le empezó a hablar sobre algo que ahora comprendía: la supervivencia. 

De pronto, se sintió un tanto irritado con él por el hecho de que no le hubiera explicado el significado exacto de esa palabra, por el hecho de que ni siquiera la hubiese mencionado una vez durante todas esas clases, clases que ahora, por una repentina y poderosa razón, comprendía se trataban de Clases de Supervivencia, aleccionadas por el maestro Papá y la maestra Mamá.

Él no era un chico al que le gustase usar su cerebro, y era normal, si se consideraba que durante sus nueve años de edad, sus padres no le habían dejado hacer nada sin su ayuda; jamás le habían dejado pensar por sí solo, cosa que ahora entendía. Cuando él había intentado prepararse algo para comer (solo una vez y porque tenía mucha hambre), su madre se lo impidió, y seguro que pensaba: «Ya tendrás oportunidad de cocinar, hijo, de momento, déjame a mí que te haga la comida, déjame cuidarte.» Cuando habían intentado hacer fuego por primera vez, para calentarse, su padre le cogió de la mano y le dijo: «Espera, hijo, ya lo hago yo», pensando, seguramente, lo mismo que su madre. A partir de esos primeros intentos con estas y muchas otras cosas, jamás había vuelto a tratar de hacerlo por su cuenta, y la verdad es que había estado bastante bien, reconocía.

Sin embargo, ahora, una vez solo, todo había cambiado. Ahora tendría que preocuparse él de sí mismo, y por esa razón experimentaba hacia ambos, padre y madre, una ligera exasperación. Ahora tendría que utilizar su aletargado cerebro. Tendría que despertarle, lo que le daba mucha pereza, e ir enseñándole cosas que este mismo tendría que enseñarle a él.

Tal vez ese no había sido el modo adecuado de educar a un niño que sabían iba a quedarse solo en el mundo, o al menos en la pequeña ciudad en la que vivían, pero por suerte, el instinto de supervivencia del chico había sido más fuerte de lo esperado y le había hecho evolucionar en un abrir y cerrar de ojos, convirtiéndole en el nuevo niño que era ahora, en el prematuro hombre. Ese mismo instinto de supervivencia era el que le obligaba a despertar el cerebro.

Pero no todo había quedado errónea e inconscientemente en una mala educación por parte de los padres, basada en su totalidad en la teoría y nada en la práctica, no. Durante la semana anterior a sus muertes, en las cuales apenas se levantaban de la cama, pálidos y sin pelo —su padre más calvo que su madre—, cosa que no había impresionado al antiguo niño porque estaba acostumbrado a verlo en todas las personas, su padre le había estado dando consejos más claros, tales como aprovisionarse en caso de que tuviera que dejar la casa, o evitar ser visto por otras personas, si es que aún quedaban, ya que podían tratarse de aquellas personas que ya no eran personas. Esto, por supuesto, lo había olvidado por completo cuando salió corriendo de la casa tras averiguar la verdad sobre la inconsciencia de sus padres; pero por suerte, aquel hombre y su hijo que salían del supermercado con un carrito no se habían percatado de su presencia.

Ahora, a diferencia de hacía unas horas, caminaba por la calle con más cuidado. Sin embargo, no era tan fácil pasar inadvertido, pues la carretilla era un problema que le impedía tener toda la libertad que debiera para esconderse o irse ocultando entre casa y casa.

Por el contrario, caminaba lentamente —tratando de que la rueda no chirriase demasiado— por las aceras, bajando a la calzada cuando un cuerpo de un hombre calvo, en pleno estado de putrefacción se cruzaba en su camino, o subiendo de nuevo a la acera cuando el esqueleto envuelto en un vestido hecho jirones le impedía el paso, y volviendo a bajar a la carretera cuando diminutos cuerpos de niños con alopecia prematura le hacían retirar la mirada. En esos momentos se alegraba de haberse acordado de los pañuelos antes de salir de la casa; el olor, incluso con uno de estos cubriéndole la boca y la nariz mediante un nudo realizado en la nuca, lograba filtrarse por la fina seda e introducirse sin piedad en los orificios nasales.

De todos modos, el niño sabía que era prácticamente imposible no ser visto, así que se había preparado mentalmente para dejar la carretilla —algo tan mortal casi como dejarse ver—y salir corriendo en caso de que le vieran las personas que ya no eran personas. Nunca había corrido, a excepción de cuando salió de su casa sin pensarlo, sus padres no le dejaban salir de casa a menos que fuera en el patio trasero durante unos escasos minutos; pero sabía, o más bien sentía, que si quería, podía alcanzar una gran velocidad, y más aún si se le sumaba la dosis de adrenalina que el instinto de supervivencia —o el miedo— inyectaría por todas y cada una de sus venas.

Estaba comenzando a sudar y a sentirse cansado, cuando llegó a lo que había sido su objetivo desde que saliera de casa. La iglesia. Jamás había estado allí, pero siempre había visto desde la ventana del salón aquella alta torre coronada por una cruz, una torre que ahora, desde donde se encontraba, justo debajo, era mucho más alta y grande de lo que el antiguo niño había imaginado.

El porqué fue ahí, el niño nuevo no tenía ni idea. Simplemente podría decirse que fueron sus pies quienes le llevaron, no su cerebro.

Quizá fuera por las ganas que tenía de ver aquella alta torre que se alzaba por encima de los tejados de las casas que tenía delante como si estirase el cuello para ver lo que había alrededor, y cuya parte superior llegaba a rozar las opacas y bajas nubes, nubes que debido al reflejo de un sol invisible, se veían amarillas, tiñendo el mundo de este color. Esa torre era el edificio más grande que el niño veía desde su casa, y por tanto, el edificio más grande que había visto en sus nueve años de edad. Siempre había querido ir allí y verlo de cerca. Quizá fue esa la razón de que inconscientemente fuera arrastrado hasta allí. O quizá, fue por todo lo que le había contado su madre acerca de ella y del edificio al que pertenecía.

No lo sabía, pero no dudó en empujar sus pesadas puertas e introducirse en la oscuridad. 




jueves, 23 de abril de 2015

Vivo

¿Tu peor pesadilla?


Despertó rodeado de una asfixiante oscuridad de lo que creía había sido la peor pesadilla de su vida.

Pero descubrió que no había sido un mal sueño cuando, al tratar de incorporarse, se golpeó de inmediato con algo en la cabeza.


martes, 21 de abril de 2015

El Espejo (Capítulo 2)

¿Y si fueras el último?


2

Aquel antiguo niño que respondía a esa pregunta tan ingenuamente había desaparecido por completo cuatro semanas después. El de aquel día fue el primer intento de este por trepar el muro recién alzado de independencia y colarse. Pero poco a poco, los constantes pensamientos de dependencia de los padres fueron desapareciendo conforme el nuevo niño iba aceptando la situación, conforme se iba convirtiendo en un prematuro hombre.

Cuando regresó a su casa el día en el que se dio cuenta que sus padres no estaban dormidos, el día al que definió como el Final, se encontró con las puertas cerradas y sin llaves… y las ventanas enrejadas.

«¿Y ahora qué?», había pensado inmóvil frente la familiar fachada que de pronto se le antojaba lejana, lejana y desconocida. El lugar en el que creía estar a salvo, en el que creía iba a estar siempre bien, junto a sus padres, le había engañado por completo. Para el nuevo niño, aquella casa había cambiado, ya no era su casa.

«¿Y ahora qué? —repitió—. ¿Cómo entro? Tengo que coger algo de comida y ropa». El antiguo niño hizo una nueva reaparición, fugaz pero eficiente, para revelarle dos palabras con un único significado: la Ventana. El nuevo niño de nueve años comprendió de inmediato.

Rodeó la casa hasta el patio trasero y se detuvo frente a una caseta de madera situada justo contra la fachada posterior. En su concentración, con los ojos fijos en su objetivo, estuvo a punto de caer en la enorme piscina que había en el centro del patio. Suerte que sus reflejos le permitieron equilibrarse de inmediato, pues la caída habría sido de unos tres metros y llevaba mucho tiempo vacía.

La caseta tenía una puerta y una ventana a cada lado cubiertas con un plástico transparente que simulaba cristal, pero ninguna de esas era la ventana que él buscaba. No, la ventana que él buscaba se encontraba en el interior de aquella caseta de madera comprada y construida por su padre cuando los tiempos aún no eran malos del todo. No eran buenos, ni mucho menos, pero nada comparado con los que comenzaron hacía unos cuatro años. Cuando la televisión dejó de emitir, al igual que la radio e Internet; cuando la luz se fue para siempre y el agua se tenía que conseguir del río más cercano —a unos dos kilómetros—; cuando las calles empezaron a llenarse cada vez más de gente muerta.

La puerta de la caseta de madera poseía cerrojo, pero su padre nunca la cerraba con llave, pues en su interior no había nada que pudiera interesar a la gente. Había un quad eléctrico de color naranja, pero naturalmente la batería estaba descargada y no había ninguna posibilidad de cargarla. También había una herrumbrosa carretilla roja con la rueda desinflada y al fondo, sobre tres estanterías colgadas en la pared, botes con clavos, tornillos, cables y demás porquería acumulable, como decía su padre.

El niño fijó la mirada justo en ese lugar. En esas tres estanterías. Porque ahí era donde estaba la ventana que buscaba. La única ventana de la casa sin reja. Debido a los dibujos de la madera, era imposible ver las líneas que formaban el rectángulo que su padre había abierto inteligentemente en esa pared de la caseta. Tras él, había una de las ventanas de la casa. La llamaban Ventana de Emergencia. Se le ocurrió la idea a su padre, el día que intentaron entrar a la casa las personas que robaban y mataban, y las que más adelante también…, le daban ganas de vomitar solo de pensarlo…, también comían otras personas. Esto no lo había sabido el niño hasta unos días antes de que sus padres se quedaran dormidos.

Aún recordaba las palabras exactas.

«”Nunca te dejes ver por las calles. Nunca. No estamos seguros de la gente que queda, pero es probable que aún haya algunas personas malas, personas que ya no son personas, como las que intentaron entrar en casa y nosotros impedimos que lo hicieran desplegando la puerta blindada de seguridad”».

«¿Por qué son malas esas personas? —les preguntó el niño que fue antes de que fallecieran—. ¿Por qué ya no son personas? ¿Qué hacen? ¿Qué nos habrían hecho?». Y a diferencia del día del ataque, sus padres —su padre más concretamente, quien estaba muy blanco y casi calvo—, le dio una respuesta.

«”Esas personas… —vaciló—. Esas personas matan y roban la comida de los demás. Esas personas ya no son personas porque… —El hombre dudó durante un largo rato, mirando al suelo y a los ojos de su hijo. Finalmente, a pesar de ser algo que un niño de nueve años no debería si quiera imaginar, lo soltó. No le quedaba más remedio—. Porque ahora, además, también se comen a otras personas”».

Al principio no le afectó, porque ni siquiera sabía que eso se pudiera hacer, sin embargo, aquella noche tuvo pesadillas, unas pesadillas horribles cuyas imágenes habían desaparecido; no así las sensaciones. Por mucho que lo intentara, ni siquiera el nuevo niño, el prematuro hombre, lograba deshacerse de esa horrible sensación. Era difícil de definir, pero parecía como si le aplastara el corazón y le estrujara el estómago.

Efectivamente tenían láminas de acero en cada puerta (principal y trasera) y en cada ventana (menos en la de emergencia), las cuales dejaron de funcionar cuando se produjo el eterno apagón, sin embargo siempre cabía la posibilidad de que el sistema fallara incluso cuando había luz, o que alguien lograra burlar las cámaras de seguridad y abrir el cerrojo de la puerta, adentrándose así en la casa, sin que ellos se percataran. Para esos posibles casos, el padre del niño había arrancado la reja de la ventana del baño, había quitado la lámina blindada, la había escondido situando la caseta justo enfrente, pegada a la pared, y había recortado en la madera un hueco del tamaño del vano. Luego había hecho todo lo posible para ocultarlo, trabajo que realizó bastante bien con estanterías y lijado de la madera. Si alguien entraba en la casa, el modo más rápido y sencillo de escapar de allí era por esa ventana, pues las puertas siempre estaban cerradas con llaves, y las ventanas tenían las rejas.

El niño retiró los frascos que había sobre las estanterías, agarró el estante central, y tiró de él. No esperaba que el pedazo de madera pesara tanto, por lo que se vio obligado a soltarlo. Este cayó al suelo produciendo un sonido hueco. Se partió una de las esquinas, y uno de los estantes se soltó de un lado. Daba igual, pensó el nuevo niño, ya nadie va a utilizar esa maldita Ventana de Emergencia. No odiaba solo a esa casa mentirosa, sino a todo lo que había en ella. Si no necesitara proveerse, no habría vuelto allí, eso seguro.

Para romper el cristal de la ventana, arrancó el estante que se había soltado, y lo lanzó contra esta. Instintivamente, el lanzamiento estaba embargado de una rabia superficial.

Se introdujo al fin en la casa, entrando en el baño de azulejos verdes. Lo primero que hizo fue dirigirse al cuarto de sus padres y taparlos con las sábanas, sin ceremonias, sin melodramas. Por un momento pensó que decaería, que se echaría a llorar, pero apretó los dientes, respiró hondo, y pensó en que debía ser fuerte.

Metió en bolsas de plástico todas las latas de conserva que les quedaban, así como los botes de espárragos, pimientos y otras verduras y hortalizas, y botellas de agua. Las garrafas las dejó, no era necesario llevar tanto peso. Subió a su habitación y se hizo con toda la ropa que sus brazos le permitieron acumular. Cogió sus otros cuatro pares de calzado y los soltó junto al resto de previsiones. Después, por supuesto, de todos los libros que tenía, seleccionó los que más le habían gustado y todos los que no se había leído aún, porque si había algo que le gustara de verdad, eso era leer.

Volvió a introducirse por la Ventana de Emergencia. Buscó un inflador e hinchó la rueda de la carretilla herrumbrosa. Tras varios segundos de irritantes chirridos, el niño consideró que la rueda estaba lo suficiente dura, y se dispuso a arrojar todas las cosas desde el baño. Algunas cayeron fuera de la cesta de la carretilla. Luego las recogería. Antes tenía que hacerse con algo más.

Entró de nuevo en la habitación de sus padres evitando mirar hacia la cama, y buscó en el cajón de la mesilla del hombre un par de pañuelos de trapo.

Los cuerpos que se pudrían en el exterior impedían respirar con normalidad.



domingo, 19 de abril de 2015

La cuenta atrás

¿Y si...?


… Trece… Doce… Once…

La cuenta atrás había iniciado y llegaba a su fin.

… Diez… Nueve… Ocho…

La nave estaba en su posición.

… Siete… Seis… Cinco…

Los propulsores estabilizados.

… Cuatro… Tres… Dos…

Los ocupantes listos.

Uno…

El ser alienígena pulsó el botón gris de la avanzada nave espacial, y millones de bolas negras provistas de una sustancia tan mortal como la desastrosa especie hacia la que iban dirigidas, se precipitaron  con una dirección ya programada hacia todos los lugares de la Tierra.


jueves, 16 de abril de 2015

El Espejo (Prólogo y Capítulo 1)

¿Y si fueras el último?


PRÓLOGO

El hombre hablaba y hablaba. Sin esperar respuesta. Sin esperar interrupciones. Nunca las había. Él lo sabía y no le importaba. Le gustaba hablar, y le gustaba que se le escuchara. En ese sentido, no tenía problemas, pues su mudo interlocutor era infinitamente paciente. Infinitamente paciente y calmado. El más paciente y calmado del mundo («Ja, ja. El mundo», pensó el hombre). Ya podía soltar por su boca toda la mierda que quisiera, que este no le detendría. En ese sentido, ningún problema. Pero el hombre, de vez en cuando, echaba en falta algún «¡Buenos días!» alegre, o un «¿Qué tal?» ligeramente preocupado.

Aunque eso era al principio, solo durante los dos o tres meses que siguieron al Final, solo durante los dos o tres meses que siguieron a su encuentro con el Espejo. 





1

El niño de nueve años caminaba en busca de comida arrastrando los pies bajo un cielo amarillo y enfermizo. Un cielo que hacía años que no se veía, un cielo que aquel niño no conocía de otro modo; sus padres le habían contado que una vez fue azul y brillante. Ya pocas cosas quedaban azules y brillantes. Y a ellos mismos, esto, se lo habían contado sus padres. Hacía mucho, mucho tiempo que aquella infinita cúpula no se dejaba ver tal y como es.

«Mis padres», pensaba el niño ahora sin lágrimas en los ojos, asustado pero no aterrado, porque ya habían pasado cuatro semanas desde que murieran y desde que se percatara, tras varios días en su casa esperando inútilmente que despertaran de, lo que se engañaba, un sueño demasiado largo, de que ellos ya no le dirían lo que tenía que hacer, de que ellos ya no le prepararían la comida o le harían la cama o le besarían al acostarse; siempre se encogía y se quejaba cuando su madre o su padre acercaban sus húmedos labios a su mejilla o a su frente, pero en el fondo, muy en el fondo, ahí donde aún quedaba el vestigio de una necesidad reconocida de cariño parental, el niño lo agradecía, claro que sí. Ahora, al recordarlo posaba la mano en su mejilla, añorando todo aquello. El niño se percató, después de unos cinco días en la casa, de que se había quedado solo.

En esos cinco días, comió restos de comida guardado en la despensa, en botes de conservas. También abrió algunas latas de atún, mejillones, paté, que debían de tener muchos más años que él. Aún se negaba a comer los deliciosos espárragos verdes o las sabrosas judías blancas. Sus padres despertarían de un momento a otro, ¿no?, y cuando lo hicieran, ellos calentarían el bote de judías y freirían los espárragos en el fuego.

Pero una vez finalizados esos cinco días de «no aceptar la realidad», la mente del niño decidió que había llegado la hora de cambiar al modo «aceptar la realidad», y lo hizo devolviéndole el sentido del olfato y, de algún modo, intensificando el alcance del de la vista. Por primera vez, el niño percibió el insoportable olor acre de la podredumbre, y vio las dos líneas marrones entre la nariz y los labios de sus padres, las cuales resaltaban sobre la piel blanca y ligeramente morada.

Inmediatamente, la burbuja en la que había estado envuelto el niño durante cincos días, estalló, creando un vacío en el interior del cuerpo de este que le impulsó a salir corriendo de la casa.

Avanzó entre calles llenas de cristales, trastos saqueados de tiendas con escaparates rotos, cubos de basura tumbados en el suelo, coches destrozados y otras cosas que obligaban a taparse la nariz. De pronto se notó la cara mojada; estaba llorando. Se detuvo, miró atrás y lo único que vio fue una calle vacía, vacía de personas, a excepción de un hombre y un chico adolescente que debía ser su hijo, los cuales salían de un pequeño supermercado con un carrito de la compra con comida a tres cuartos de su capacidad. Por supuesto, la comida se basaba en botes y latas de conserva de todo tipo, la única que quedaba.

No veía su casa; debía haber corrido un buen trecho, a pesar de que a él le parecieron unos segundos. Se enjugó las lágrimas, mezcladas con sudor, para ver mejor, pero nada. Su casa no estaba. El sepulcral silencio, solo roto levemente por el chirrío de las ruedas del carro, le puso los pelos de punta.

Se concedió unos minutos para llorar, agachado en medio de la desierta calzada, con la cabeza entre las rodillas. Una parte de su ser deseaba que aquel hombre y su hijo se acercaran y le ofrecieran acompañarles, pero el sonido de las ruedas cada vez estaba más lejos, hasta que desapareció por completo. Entonces el absoluto y tétrico silencio regresó. Un silencio rodeado de un calor insoportable.

Cuando el niño se dio cuenta que el agua de su cara era más sudor que lágrimas, se levantó, y sintió que la hora de lamentarse ya había pasado. Ya no servía de nada llorar, pues había velado —sin saberlo, eso sí— por sus padres mucho más de lo que habían hecho con los miembros de su familia que habían muerto, la mayoría, si no todos.

Así pues, consciente de que a partir de ahora estaba solo, decidió que lo mejor era espabilarse cuanto antes. Como su madre decía una y otra vez, de hecho era su refrán preferido: no dejes para mañana, lo que puedas hacer hoy. Se permitiría ir a su casa lo justo para coger toda o algo de la comida que aún les quedaban y algo de ropa, luego se iría de allí, no pensaba quedarse en aquel lugar (eso le haría recordarlos y le volvería débil), ni enterraría a sus padres, porque pensaba que lo mejor era que estuvieran para siempre en su propia casa, no bajo tierra.

Su madre le había contado muchas historias fantásticas cuando era más pequeño, muchos cuentos mágicos, pero también, junto con su padre, le había estado preparando para este momento; él entonces no lo sabía, pero ahora lo comprendía con claridad.

Sus padres —y él también, pensaba conforme iniciaba el regreso, de algún modo oculto en su mente, él también— sabían lo que les iba a suceder. Sabían que algún día se quedaría solo, que morirían de un momento a otro, como las demás personas. ¿Por qué ellos iban a ser diferentes?

«Porque son mis padres», dijo la voz del antiguo niño que luchaba, sin fuerzas, por imponerse al nuevo niño, al que a partir de ahora tendría que plantar cara a ese horroroso calor. A ese cielo amarillo. A la escasez de comida. A la muerte. A la soledad.








domingo, 12 de abril de 2015

Asesinas invisibles

¿Y tú? ¿Lo soportarías?


—Todo estaba dibujado en la pequeña libreta gris que llevaba en el bolsillo de su pantalón.

—¿El qué, exactamente?

—El motivo por el que lo hizo.

El joven policía le pasó la libreta al detective. En ella, había dibujos a lápiz y carboncillo; la agresividad de los trazos revelaba una mente paranoica y desquiciada.

En todos aparecía un individuo tirándose de los pelos —un individuo muy parecido al intacto cadáver del suelo, al lado de un bote de aspirinas—, y a su alrededor, decenas de bocas horrorosas que parecían gritarle y martirizarle.

El detective miró el desastroso apartamento. Estaba claro que llevaba mucho tiempo sin salir de casa. Y allí, solo había vivido ese hombre. 



sábado, 11 de abril de 2015

180 grados

De pronto, todo puede cambiar...


Era de noche y hacía mucho frío. La última prenda que quedaba seguía allí tendida. Era una sábana blanca. El viento la hacía bailar, semejando un vals provocado por la naturaleza. Luís quiso recogerla, pero el panorama era tan hermoso, que prefirió contemplarlo durante unos segundos más. Debido a esa absorción, no se dio cuenta que algo tras la sábana le observaba. En realidad no era nada malo para él; lo era para su mujer.

De pronto, el viento cesó el baile. La sábana se desprendió de sus fríos brazos y se quedó inmóvil, como una bailarina decepcionada. Los grillos también detuvieron su canto. El hechizo se rompió y Luís lo vio.

—¿Qui-Quién hay ahí detrás?

No hubo respuesta.

La boca se le secó. Un sudor frío comenzó a arrastrarse por su espalda como un viscoso lagarto. Los latidos del corazón se aceleraron.

Echó un rápido vistazo a los lados y agarró lo único que tenía a mano: el cesto de las pinzas; había una docena de ellas en su interior.

—No, no, cariño: hoy recojo yo la ropa. Hace mucho frío y llevas todo el día estornudando y con el pañuelo en la nariz.

—¡¿Quién hay ahí?! —volvió a preguntar con un tono de voz que no intimidaría ni al niño con menos picardía del mundo.

«Maldita sea. ¿Quién me mandaría a mí salir? Podía haberla recogido mañana. Hace frío, sí, pero según el tiempo esta noche no va a llover.»

Giró la cabeza y miró hacia la casa. No sabía qué hacer. ¿Correr como un cobarde o echarle huevos? ¿Correr o no correr? Esa era la cuestión.

Todas las luces de la casa estaban apagadas, pero una de las ventanas despedía una intermitente luz que cambiaba de color continuamente. La ventana era la del salón; la luz era la de la televisión. Su mujer estaba viendo La hora de José Mota. Escuchó su risa y luego su tos,  una tos que no tenía nada que ver con el resfriado. Experimentó una extraña sensación de inquietud. No estaba relacionada con la tos —a eso estaba acostumbrado—, era como cuando se quiere recordar algo y no se consigue.

—No, déjalo. Estoy bien.

—Quédate ahí sentada, María, no estás bien; te estás resfriando. Además, ¿no quieres que ayude más en casa? Es más, hace un poco de frío también aquí dentro. Voy a subir la llama de la estufa.

—Hay que comprar una bombona; ya debe de quedar poco gas.

—Mañana iré a por una.

Antes de darse la vuelta, y dejando a un lado esa incómoda sensación que por un momento se abrió paso entre el terror, comprendió que si volvía a ver esa silueta tras la sábana la cuestión quedaría zanjada con la primera opción, así que nada más girar la cabeza de nuevo hacia la tela, tiró de ella. Las pinzas saltaron como saltamontes con un chasquido. La sábana se enrolló en su brazo izquierdo. Al mismo tiempo, alzó la cesta por encima de su cabeza con el brazo derecho, volteándola y haciendo que las pinzas que contenía se precipitaran, golpeándole inofensivamente en la coronilla.

—Me encanta cuando te pones así.

—¿Así cómo?

—Así de protector. Cuando me cuidas. Te pones muy gracioso.

—Anda, deja de reírte y límpiate el moco que se te cae, mocosa.

—¡Oye! ¡Pero serás…!

—Ja, ja. Pásame el tabaco, anda.

—¡Ups! Solo queda un cigarro.

—Pues para mí; tú estás mala.

—De eso nada. Nos lo fumamos entre los dos.

—Pues espera a que vuelva entonces.

—Vaaale, pero no sé si podré aguantarme: de repente se me ha despertado el mono.

—¿Tú, aguantarte cuando se ha despertado el mono? No creo que puedas.

Nadie. Detrás de la sábana no había nadie. Quien fuera que hubiese estado ahí detrás se había ido.

¿Se había ido o…?

Lentamente comenzó a darse la vuelta sobre sus talones, con la cesta aún levantada y la sábana alrededor de su brazo.

Ahí estaba. Delante de él. De cara a la casa.

Durante el segundo que su cerebro tardó en asimilar la horrible sorpresa, la sangre dejó de pasearse por sus venas, tornándose toda su tez blanca como la mismísima sábana. Luego, cuando hubo recuperado el color dio unos pasos vacilantes hacia la figura que vestía una especie de túnica negra con capucha e hizo ademán de tocarle el hombro. Se lo pensó dos veces y consideró que sería mejor preguntar.

—¿Qui-Quién eres? ¿Te encuentras bien?

Desesperado por no lograr si quiera un ligero movimiento por parte de su inesperado huésped, se decidió a darle un golpecito en el hombro, pero justo cuando lo hizo, ocurrió algo tan impresionante como inverosímil.

¡El individuo desapareció y volvió a aparecer milésimas de segundos después unos metros más adelante!

El sobresalto provocó que Luís retrocediera, pisando una de las pinzas y resbalando. Cayó al suelo de culo, clavándose algunas de estas. No pudo gemir de dolor: su voz parecía haber hecho las maletas y haberse marchado.

Aterrado, observó cómo la figura oscura estiraba su brazo hacia la casa y alzaba la palma de la mano en ademán impaciente, como ofreciéndola para que alguien se acercara y la aferrara.

Después, todo sucedió muy rápido.

Primero vino lo que le hizo comprender la razón de aquella extraña sensación de que algo importante fallaba,

(«Voy a subir la llama de la estufa»)

 de que además de la luz de la televisión, debía verse la que debía despedir la llama de la estufa, y que no se veía.

(«… ya debe de quedar poco gas»)

La razón fue un breve destello naranja procedente de la ventana,

(«¿Tú, aguantarte cuando se ha despertado el mono? No creo que puedas)

al cual siguió una enorme explosión

(«… ya debe de quedar poco gas»)

y un destello aún más grande y anaranjado, que le destrozó los tímpanos, le cegó por completo, y le arrastró unos cuantos metros sobre el precioso jardín de su casa.

Antes de caer inconsciente, recuperada parcialmente la visión, Luís vislumbró recortadas en las brillantes llamas, no solo una, sino dos siluetas negras que se alejaban cogidas de las manos.