sábado, 28 de febrero de 2015

La Obra

¿Hasta dónde están dispuestos a llegar?



—¿En serio?

Su compañero estaba totalmente pasmado, tanto, que faltaba poco para que la baba que bailaba sobre su labio inferior se precipitara. Su rostro era una máscara de incredulidad  y estupefacción. Le acababa de revelar la verdad de lo que estaba viendo. La realidad de su Obra, aquella en la que había trabajado clandestinamente durante casi trece años.

Él  asintió sonriente y un tanto nervioso.

La mente del asombrado compañero no dejaba de cavilar, de unir piezas que por más que lo intentaba no lograba encajar, de atribuir la lógica a teorías imposibles. Había ido al sótano de la casa de su amigo para ver una extraña y distópica película fantástica… y ahora le acababa de decir que en realidad no se trataba de una película.

Como el creador de la Obra veía que su compañero aún dudaba, apagó el monitor y descorrió la cortina negra.

Al ver lo que había al otro lado, la baba del científico finalmente se lanzó al vacío.

Sobre un sillón de cuero con posa pies, tumbado, yacía un hombre dormido con todo tipo de cables y dispositivos, los cuales estaban directamente conectados desde su cabeza y nuca, hasta el monitor en el que se acababa de proyectar lo imposible. 


domingo, 22 de febrero de 2015

El gato negro

¿Qué esconden los gatos tras esa inteligente mirada?



—Sí, está usted embarazada.

Eso fue una semana después de la fecha en la que tenía que haber recibido la visita de la siempre puntual «Malvada Roja», y tras las náuseas.

Luego vino el gato.



Habíamos estado intentándolo desde que Fer vino a vivir conmigo. A mi casa del pequeño pueblo de Villanúa, Aragón.

No estábamos casados; a ambos nos hacía ilusión que nuestra hija —sería una niña, estaba convencida— nos precediera en la entrada con un vestidito deslumbrante mientras arrojaba florecitas con aire inocente.

Fer también quería una niña. Decía que las niñas eran menos contestonas, más dulces, y sobre todo, deseaba protegerla de cualquier niñato que intentara acercarse a ella y contemplar el estúpido semblante asustado que se les quedaría cuando les preguntara «¿Qué intenciones tienes con mi hija?» Muy normal en él, protector como era. A veces incluso demasiado. Pero aún así le quería, pues era cariñoso y muy inteligente, y aunque yo era una mujer del siglo veintiuno, independiente, me gustaba recibir su protección más de lo que me atrevía a reconocer.

Llevábamos saliendo cinco años. Seguíamos disfrutando de nuestra compañía juntos, a solas, pero yo siempre había querido tener un hijo; desde muy pequeña, cuando mi habitación parecía el Museo Internacional de los Bebés. Todos los años, para reyes y mi cumple, pedía un muñeco, a cada cual más moderno y por tanto más real. En mi adolescencia esta obsesión decayó, sin desaparecer del todo. Al contrario que a muchos jóvenes, a mí me entusiasmaba la idea de tener un hijo, de criar a una criatura con mis mismos genes, de dar vida a una parte de mí.

Fer, por su parte, había sido un clon adolescente más, con sus vicios, sus fiestas, sus pensamientos liberales y egocéntricos, y además de los macarras. Sin embargo, como él decía, lo que a mí me hiciera feliz, a él le haría feliz, y por tanto, si estaba en sus manos, lo cumpliría. Y su insaciable instinto protector siempre pedía más, por lo que estaba claro que estaría con conmigo en la decisión de ser uno más.

Un mes después de mudarse, algo fallaba en mi cuerpo. Acudí al hospital de Jaca sin ni siquiera comprobarlo primero mediante un predictor —me parece repulsivo mear sobre un palo que sostienes con las manos— y me confirmaron lo que sospechaba y anhelaba. Aquel fallo en mi cuerpo se trataba del fallo más hermoso del mundo, el fallo que abría la puerta a una nueva vida.



—¡Estoy embarazada, cariño!

No podía resistirme más. Lo había intentado, pero finalmente fui vencida por la tentación, aliada con una intensa emoción que salía por mis ojos y rodaba por mis mejillas.

Jamás había hablado por teléfono mientras conducía. Era consciente del peligro, pero en esta ocasión tuve que hacer una excepción. Además, ya había entrado al pueblo, cuyo límite de velocidad no excede de cincuenta kilómetros hora y cuyas calles son tranquilas; apenas había gente caminando por ellas o coches circulando. Parte de esto se le atribuía a la baja densidad de población, pero también al intenso frío, cosa que al contrario de muchas personas, yo amo.

—¿En serio? —gritó Fer feliz. Un grito demasiado alto que me obligó a apartar ligeramente el teléfono.

—Sí, cariño. Lo hemos conseguido. Vamos a tener un bebé –sollocé. Poco a poco iba olvidándome de la carretera, aunque siguiendo mi camino firmemente como ocurre cuando has recorrido un itinerario infinidad de veces.

—No me lo puedo creer, cielo. E-Estoy…, estoy —Apenas podía hablar. Oía su respiración agitada. Se emocionó más de lo que yo esperaba, y eso me colmó aún más de alegría.

—¿Qué ocurre? —Una voz familiar al otro lado de la línea. Se trataba de José, su compañero de trabajo. En esos momentos se encontraban realizando una instalación eléctrica en una de las miles de casas que se estaban construyendo sin control.

—¡Voy a ser padre, José!

En ese preciso instante, algo se cruzó por delante del capó de mi pequeño Peugeot 206. Una ráfaga negra. Aquello me devolvió al interior del coche, y con el corazón entre mis labios, giré bruscamente el volante y fusioné mi pie derecho con el pedal del freno para no golpearlo. Las ruedas traseras derraparon con un áspero rasgado como si hubiese roto un pedazo de tela, y fue entonces cuando me di cuenta que estaba en el camino de entrada de mi casa. Era de tierra, por eso las ruedas no chirriaron, y me quedé mirando en dirección contraria, con los brazos tensos aferrando al volante, mis ojos azules fuera de sus órbitas y mi respiración y corazón a mil por hora. 

Al cabo de un rato, escuché la lejana voz de Fer. Cogí el móvil y no fui capaz de decir una palabra.

—¡¿Qué ha pasado?! —preguntó alterado y muy asustado—. ¡Elsa, por Dios, dime algo! ¡¿Qué ha pasado?! ¡Te he oído chillar!

Así que había chillado. Comprobé que no me había orinado antes de contestar.

—Un gato, creo. Se me ha cruzado un gato al entrar al camino de casa. N-No le he visto.

—¿Estás bien?

—S-Sí. Asustada todavía. Pero no me ha pasado nada.

—Está bien. Ahora mismo voy para allá. Me inventaré una excusa.

—No hace falta, Fer.

—Sí que la hace. ¿Dónde está ese maldito gato?

—No lo sé.

Miré a través de la ventanilla del coche salpicada de barro —había estado lloviendo la noche anterior—, y solo vi verde y más verde. Montañas y árboles que rodeaban mi casa. Ni rastro del gato.

Aunque por desgracia, ese no fue mi único encuentro con él.



La segunda vez que lo vi fue ese mismo día por la tarde, sobre las cinco y trece minutos, más o menos.

Fer había vuelto al trabajo después de un intento frustrado en la búsqueda del gato y de comer conmigo, y yo estaba sumergida en una traducción de una página web que debía acabar para el día siguiente, cuando algo veló ligeramente la iluminación de mi despacho.

La mesa en la que trabajaba se encontraba de espaldas a la ventana. Las cortinas estaban recogidas, la persiana alzada, y las contraventanas de madera abiertas para tener la mayor luz posible en ese día nublado que amenazaba con llover de nuevo. De repente, como si una nube hubiese tapado el sol, percibí un ligero cambio en la iluminación, y me di la vuelta.

Un gato negro como la misma noche, me miraba con unos sagaces ojos amarillos. «¿Me está sonriendo?», pensé. Asombrada me levanté de un salto y dejé escapar un grito ahogado, llevándome la mano a la boca. Mi cadera impactó contra el borde del escritorio, y el bote que contenía lápices y bolígrafos cayó al parqué. El sonido hueco me sobresaltó, profiriendo, esta vez sí, un leve chillido.

El gato, por el contrario, parecía estar tranquilo, ahí sentado sobre el alfeizar, tan negro como una pesadilla, e incluso parecía… ¿disfrutar?

No. Mi mente me estaba jugando una mala pasada, como haría más adelante. ¿Por qué me comportaba así? ¡Era solo un gato! Yo no le tenía miedo a nada; o a casi nada. Lo achaqué a los síntomas del embarazo.

Más calmada, me dispuse a recoger los lápices y bolígrafos, y al volver la vista a la ventana, el gato había desaparecido.

Le conté esto a Fer cuando llegó a las ocho de la noche. Inmediatamente, furioso, salió de casa con una linterna y un abrigo y recorrió los alrededores. También se adentró un poco en el bosque de detrás de la casa. No halló rastro alguno del gato.

No pudimos preguntar a los vecinos si le habían visto puesto que no teníamos vecinos. Nuestra casita de piedra se encontraba alejada del pueblo, cerca de una enorme montaña repleta de árboles. Estábamos rodeados de naturaleza verde. Los animales del bosque eran nuestros únicos vecinos, y al parecer también ahora el gato.

A partir de ese día, conforme mi barriga iba creciendo, el gato se presentaba todas las mañanas y todas las tardes en la ventana de mi despacho. Yo, cautelosa, abría la ventana con la escoba en la mano y este salía disparado hacia el bosque.

Fer nunca lograba dar con él cuando le buscaba al llegar a casa, cada vez más furioso.



Soñaba felizmente con mi bebé recién nacido. Era lo más bonito del mundo. Fer estaba a mi lado, abrazándome, y los tres sonreíamos. Entonces, la sonrisa del bebé me resultó tremendamente familiar, y la reconocí. Era la sonrisa de aquel gato negro. Y sus ojos… ¡Sus ojos eran amarillos!

Me desperté sudando, con la respiración agitada. Al contrario de lo que pasa en las películas, no me doblé sobre mí misma, simplemente abrí los ojos aterrada y permanecí mirando el techo, salpicado a ratos por un brillante destello de luz; se avecinaba tormenta. Daba igual que hubiesen pasado ocho meses y medio, ahí, ese era el clima habitual.

Pensé en la pesadilla, y solo logré recordar al maldito gato. Fer dormía plácidamente, soltando tímidos ronquidos.

Fue al recordar al felino, cuando empecé a notar algo en mi enorme barriga. En su interior estaba Zaida. En su exterior, sobre ella, dos puntos amarillos atravesando la oscuridad. El gato. ¿Cómo había entrado?

—¡Feeer! —grité de inmediato.

El gato no se movió. Fer sí, y en un acto reflejo, rodó sobre su espalda y dio un potente manotazo al animal. Más tarde me confesaría que el primer punto al que había mirado había sido su barriga, debido a la tensión del Gran Día que se acercaba.

El gato cayó al suelo emitiendo un grotesco y leve maullido.

Fer encendió la luz, se levantó, levantó la percha vacía de pie, y comenzó a golpear el suelo, el cual producía un sonido apagado muy diferente al del parqué. Yo cerré los ojos y me tapé los oídos, encogiéndome en la cama.

Entonces ocurrió. Una dolorosa contracción. Y humedad en mis muslos. ¡Estaba de parto!

Avisé a Fer gritando, y tras unos segundos de conmoción con la percha inmóvil sobre su cabeza, reaccionó y fuimos al hospital, olvidándonos de aquel gato por el que casi tuve un accidente. Aquel gato que me vigilaba mientras trabajaba. Aquel gato que se sentó siniestramente sobre mi barriga mientras dormía.



Dos días después regresamos a casa. Era bien entrada la tarde y las nubes al fin daban un respiro al cielo y pudimos ver un bonito sol anaranjado tratando de esconderse tras las montañas.

Zaida era una niñita preciosa que enseguida se ganó mi corazón, naturalmente. Yo decía que se parecía a Fer; Fer decía que se parecía a mí. Entre mis familiares la opinión era dispar, pero ganaba la que coincidía con la mía. Era igual de bella que su papá.

En cuanto al gato, volvió a surgir en nuestros pensamientos al entrar en la fría casa. Zaida había ocupado todo el espacio mental hasta ese momento. Estábamos tan ilusionados que Fer no me dejó sola ni un instante en el hospital ni yo se lo hubiera permitido.

—Espera aquí —me dijo. Y se dirigió a la habitación, donde estaba la cuna, para limpiar—. Pero ¿qué?

Escuché su voz quebrada, y sin dudarlo, me dirigí hacia allí.

Fer se hallaba mirando fijamente una mancha de sangre y un ojo amarillo medio podrido. Me imaginé que le había aplastado la cabeza, lo que hacía más difícil asimilar aquello. Salvo el ojo, no había ni rastro del gato negro.

De repente, un olor apestoso contaminó la atmósfera. Desde detrás nuestra, una risita ronca erizó nuestro bello. Zaida arrancó a llorar.

Fer y yo nos dimos la vuelta mirándonos a los ojos desorbitados.

—¡Miaaauuu! —profirió la mujer vieja, de pelo gris ralo y sucio, y sin ojo, vestida de negro. Luego alzó su mano, y antes de que Fer pudiera hacer algo, caímos inconscientes al suelo.



Me desperté en el hospital, desorientada. Cuando me confesaron que mi hija había desaparecido y que Fer había muerto, chillé hasta desgarrarme la garganta y me negué rotundamente hasta tal punto de creer realmente estar junto a ellos.

No me culparon a mí de los hechos porque hallaron huellas de barro y sangre de una tercera persona. Huellas que nosotros no vimos al entrar.

Ahora el doctor que me atiende en el centro psiquiátrico me pidió que escribiera todo lo que recordara con el fin de hacerme entrar en razón. Yo lo he hecho, pero sigo creyendo mi versión. La de que lo de la mujer vieja fue producto de mi imaginación cansada y terror ilógico por aquel gato, el cual se habría llevado algún animal del bosque, y que caí al suelo agotada de cansancio.

Y sigo creyéndolo porque aquí a mi lado, mientras escribo esto, mi Zaida me sonríe desde la cuna, y mi Fer me abraza, protegiéndome como ha hecho siempre. 


jueves, 19 de febrero de 2015

Final sin fin

¿Y tú? ¿Tendrías el valor necesario?



La mujer llora en silencio. Las débiles llamas iluminan su rostro; tan demacrado y tan bello.

—No quiero ver a mi hijo morir —dice.

El hombre comprende; él tampoco quería, pero no había más remedio.

Besa a su mujer en los labios, y la abraza.

—Te quiero —le dice.

—Yo también.

Y aprieta el gatillo.

La llama disminuye y desaparece. Si hubiera leña, la reavivaría, pero no hay leña.

Ya no hay nada.

El hombre pugna por no llorar.



—¿Duele?

El chico no llora. Tiene siete años, y acaba de ver morir a su madre, pero el chico no llora. Tiembla ligeramente —una escena así no es agradable y la hoguera se acaba de consumir—, y el pensar si dolerá, le causa ansiedad y algo de temor, sin embargo no derrama una sola lágrima.

El hombre, por su parte, trata de evitar con toda su alma echarse a llorar. Lo que no puede controlar son los temblores, iniciados mucho antes de comenzar con todo aquello.

Mira al chico, y piensa si él también siente como si tuviera un agujero en el estómago, como si le hubiesen taladrado y vaciado las tripas. Había estado retrasando aquel momento mucho más de lo debido.

Estaban débiles, y lejos de cualquier otra localidad. Podrían haber guardado comida en una bolsa y haberse largado de allí, pero los suministros se habrían agotado mucho antes de llegar a cualquier sitio.

«¿En qué día me decidí a venir a vivir aquí?», se lamenta por enésima vez.

El chico le había preguntado si dolería.

—No más de lo que duele morir de hambre, hijo. No tengas miedo. —Amartilla la pistola. El chasquido destroza sus oídos y desquebraja su corazón. De nuevo.

—No tengo miedo —dice el chico con tono de protesta.

—Lo sé, hijo —logra sonreír el hombre.

—Sé que pronto volveré a estar con mamá. Y contigo.

El hombre no puede soportar más la presión que las lágrimas ejercen sobre sus ojos, y abraza al chico para que no le vea llorar. Se obliga a sostener la pistola con firmeza, y apoya el cañón en la parte posterior del cráneo del chico. Sorbe la nariz.

—Estoy preparado para el fin del mundo, papá.

—El fin del mundo pero no de nuestra vida juntos.

—El fin del mundo pero no de nuestra vida juntos.

Y aprieta el gatillo.

Un agudo pitido se introduce por su oído derecho y rodea su cráneo hasta instalarse en su cerebro. Su alrededor enmudece. Deja de oír, aunque no hay nada que oír.

Ya no hay nada.

Aprieta el cuerpo del chico contra el suyo y grita.

Hasta desgarrarse la garganta.



El reguero de sangre traza un siniestro camino. Desde los últimos rescoldos de la hoguera hasta la cabeza destrozada de la mujer una línea roja habla del inevitable final.

El hombre, apenas sin aliento de lo mucho que llora, con las mejillas brillantes de lágrimas, el rostro ceniciento y un agudo pitido en el oído derecho, posa el cuerpo del chico junto al de la mujer, temblando y arrastrando las rodillas en el parquét. Luego, él mismo se tumba al lado de ambos, desliza el cañón de la pistola entre sus labios azulados

(El fin del mundo pero no de nuestra vida juntos)

y aprieta el gatillo.

Si hubiera habido pájaros en aquel bosque que circunda la casa, habrían salido volando de las copas de los árboles, alarmados por el estridente sonido. Pero no hay pájaros ni copas donde ocultarse.

Ya no hay nada.

Los tres regueros de sangre se unen sobre el parquet. Como un abrazo eterno.


miércoles, 18 de febrero de 2015

Premio Black Wolf Award



Abrir la bandeja de ''Notificaciones'' y encontrarse con una nominación a un premio es algo que hace explotar dentro de mí un sentimiento de gratitud, reconocimiento, asombro, compromiso, ilusión y sueño cumplido.

Gratitud por la persona que me ha nominado, en mi caso María Peláez Arias, la ''mamá escritora'', a quien le doy miles -¿qué digo miles?-, millones de gracias.

Reconocimiento, pues esto ayuda a expandirse un poco más y a atraer más bloggers que como a mí, les gusta escribir y leer las historias de los demás.

Asombro porque para nada me esperaba que mi blog recibiera una nominación a un premio cuando lo cree hace ya algunos añitos.

Compromiso, pues ahora más que nunca, he de trabajar duro para mantener entretenidos a mis seguidores.

Ilusión que me hace amar más aún la escritura y lectura.

Amistad a distancia lograda mediante una carretera de letras que me separa de la gente que me lee y a la que leo.

Sueño cumplido, ya que una nominación a un premio así me recuerda que el sueño de ser leído y gustar a lectores se ha cumplido.

Las normas del premio son las siguientes:

1. Pegar en un lugar visible la imagen del premio.

2. Escribir y publicar lo que sientes, lo que te motiva este premio, y agradecer públicamente a quien te nominó.

3. Nominar quince blogs para el premio.

4. Notificárselo a sus autores.


Allá van mis quince nominaciones:

-María Peláez Aria (http://escritoramama.blogspot.com.es/)

-Isabel P. Salas (http://isabelpsalas.blogspot.com.es/)

-Carlos Dearma (http://karlosdearma.blogspot.com.es/)

-Jorge O. Iglesias (http://www.gallegorebelde.blogspot.com.es/)

-Jorge Valín Berreiro (http://brumasdegallaecia.blogspot.com.es/)

-Carlo Cantú (http://habitacionoculta.blogspot.com.es/)

-Federico Rivolta (http://relatosfr.blogspot.com.es/)

-Alonso Gaudionlux (http://laletrainsondable.blogspot.com.es/)

-Alejandro Gallardo (http://guionistacuentista.blogspot.com.es/)

-Ana Lía Rodríguez (http://cuentosnsk.blogspot.mx/)

-Ángela Fernández (http://eternidadseescribecontinta.blogspot.com.es/)

-Santiago Estenas Novoa (http://relatosantilogicos.blogspot.com.es/)

-Néstor Quadri (http://inquietudesliterarias.blogspot.com.ar/)

-Miguel Ángel (http://psychopulp.blogspot.com.es/)

-Fernando Mora (http://apocrifosycompulsivos.blogspot.com.es/)

Este blog tiene unos cuantos años, pero hasta hace poco no comencé a recibir visitas, pues no conocía bien este mundillo, por eso quiero agradecer a todos los que me leen su interés y amabilidad, y sobre todo, en este caso, volver a dar las gracias a la persona que me ha nominado, la cual me ha dado una gran alegría: María Peláez Aria.




sábado, 14 de febrero de 2015

Te perdono

Se me hace extraño contemplarte, hablarte, tocarte, sin obtener respuesta por tu parte.

Sigues siendo tan indiferente y egoísta como siempre. Sigues con esa mirada perdida en el vacío; más intensa ahora que nunca. Pero yo te quiero, cariño. Para mí siempre serás mi Dulce Fresita.

¿Te acuerdas? No te gusta que te llame «dulce bomboncito». Los odias porque engordan, y tú quieres estar tan esbelta como cuando tenías dieciocho años y nos conocimos. Yo encantado, pero tienes que comprender que el cuerpo cambia, y que a mí me da igual, porque, repito, te quiero.

Y por eso te perdono. Por eso me alegro de tenerte aquí a pesar de todo lo demás. Soy capaz de soportarlo, te lo aseguro.

Lo que no habría soportado, sin embargo, habría sido dejarte salir por la puerta sin más.


miércoles, 4 de febrero de 2015

Apagado

Cuando la niebla invade tu mente...


No sé cómo sucedió, pero cuando me quise dar cuenta, tenía la cabeza de mi mujer abierta entre mis manos, con la sangre formando regueros rojos sobre los nudillos.

Eso es lo único que recuerdo, eso y algo más que no logro entender por más que lo intento cuando puedo.

A veces ni siquiera lo recuerdo. A veces ni siquiera sé quién soy. A veces ni siquiera soy consciente de que he de ser alguien. Tan pronto estoy lúcido, como no estoy. Es como si estuviera apagado. Y es en esos momentos de lucidez cuando comprendo que he estado fuera de mí, y cuando recuerdo.

Recuerdo el largo cabello color azabache brillante y apelmazado. Un cabello brillante y apelmazado por la abundante sangre, enredándose entre mis dedos, agarrándolos como exigiendo clemencia.

Sé lo que pensáis: otro caso de violencia de género. Otro marido cabrón que ha matado a su mujer. Yo no recuerdo lo que pasó, pues lo que sucediera transcurrió en ese estado cada vez más frecuente en el que estoy apagado. Pero os aseguro, con lo que pueda quedar de mi corazón, que jamás había pegado a mi mujer, que jamás la había siquiera gritado.

La quería, de verdad. No la quería de esa manera hipócrita en la que las quieren los cobardes que maltratan a sus mujeres. No. La quería hasta tal punto de estar dispuesto a morir por ella; la quería hasta tal punto de dejarla marchar si con ello era más feliz, por mucho que me doliera. Y prueba de ello es también que en los momentos de encendido, lo único que hago es llorar, llorar por su pérdida y por lo que sin saber cómo, le hice.

Tal vez aún así no me creáis. Tal vez creéis que me volví loco, que algo falló en mi cerebro. Y estaríais en lo cierto si no fuera por dos detalles que revelan en lo que sospecho me he convertido.

El primero es que no solo me limitaba a sostener la cabeza de mi mujer abierta entre mis manos, sino que también devoraba su cerebro como un perro, mediante dentelladas, hundiendo mi cara en la abertura de su cráneo.

Y el segundo es que, asombrosamente, estaba fuera del lugar en el que me habían metido hacía dos días.

Mi ataúd.