sábado, 31 de enero de 2015

Tormento

Llevaba viéndole unos días. Al principio no hizo caso, pero finalmente decidió hacer algo; le estaba obsesionando, y a su corazón no le convenía estresarse.

Se encontraba en mitad del camino, aquel que daba a la ventana de su habitación. Todas las noches. Antes de bajar la persiana. Ahí, inmóvil. Un gato negro cuyos ojos atravesaban la oscuridad hasta llegar a los suyos como dos cuentas brillantes. Así pues, cuando la curiosidad y la obsesión llegaron a su límite, salió con una bata y se dirigió al camino.

Conforme se acercaba, la cicatriz de su rodilla empezó a despertar. Aquellos ojos le siguieron en todo momento. Entonces, solo a unos escasos pasos de él, se abalanzaron sobre su cara, haciéndole caer de espaldas. 

Entre arañazos y mordiscos, le pareció ver el familiar rostro de una chica. Una joven que conocía muy bien. Luego desapareció, y el gato se perdió en la oscuridad.

Al reincorporarse, sentado aún, vio los faros de un coche acercándose a toda velocidad. No le dio tiempo a retirarse, solo logró realizar el inútil gesto de protegerse con sus brazos. 

Horribles segundos después, seguía ahí, tirado en mitad del camino, sin un rasguño. No había ni rastro del coche. Este, al igual que el rostro de la joven, había desaparecido.

Todo lo contrario podía decirse del recuerdo resurgido en su mente. 

Ese en el que atropellaba y enterraba a aquella chica.


lunes, 26 de enero de 2015

Corazón apagado

—¿Qué es lo que quieres de mí? —te pregunté asustada cuando llegaste a mi vida sin previo aviso.

—Tu corazón —me dijiste.

—¿Por qué? —inquirí.

Tu rostro se ensombreció, y vislumbré tristeza en el interior de aquellos pozos oscuros que son tus ojos. Experimenté cierta compasión, en serio.

—Porque alguien me hizo mucho daño —susurraste abatido—. Alguien apagó el mío, y necesito el tuyo para que se vuelva a encender —proseguiste, mirándome—. Échame un vistazo, soy un hombre perdido… estoy muerto, ¿no lo entiendes? Y tú eres tan preciosa, tan simpática, tan alegre…, tan feliz. Siempre estás sonriendo, y hablas y saludas a todas las personas con las que te cruzas. Eres bella, Sara, ¿no te das cuenta? Despides un brillo que me ciega. Por eso necesito tu corazón.

—Pero… Pero yo no puedo dártelo, compréndeme —traté de justificarme—. Mi marido y mis hijos me esperan en casa. No puedo.

—No te preocupes, esto lleva un tiempo —dijiste, y tus labios trataron de sonreír—. No tiene que ser ahora mismo. Y en cuanto a tu marido e hijos, no tienen por qué enterarse, tranquila. —Me acariciaste la mejilla por debajo del pelo—. El camino que hay que recorrer hasta llegar a tu corazón es intenso, hermoso y dulce, y ni siquiera te vas a dar cuenta, créeme. Sara, lo necesito… Te necesito.

Entonces fue cuando lloré. El pensar en mi marido y mis hijos, y en la situación en la que me encontraba, me llevaron a ello. Estaba frustrada y aterrada y aunque tú trataste de consolarme con un abrazo, no lo lograste.  Y lo peor era que sabía que no había vuelta atrás.

Pero ahora al fin ha llegado el momento. Al fin hemos recorrido el camino y te vas a hacer con lo que tanto ansías. Y ¿sabes qué? Me siento aliviada, por supuesto. Estoy deseando que te lo lleves, porque el extraño picor de mis piernas y brazos ha llegado a un punto insoportable, y en el interior de mi cabeza siento como si algo vivo golpeara continuamente las frágiles paredes del cráneo y jugara morbosamente con la masa de mi cerebro a su antojo, colocando y descolocando piezas claves como las de los recuerdos —de mi marido y mis hijos poco recuerdo ya y solo de vez en cuando—, o las del sentido de la orientación —no sé cuánto tiempo llevamos aquí, ni si es de día o de noche—, o las de los estados de ánimo —tan pronto estoy aterrada, como serena; alegre, como triste; o directamente no estoy—.

Y encima, para empeorar aún más las cosas, los muelles de esta maldita cama empezaron a clavarse en mi espalda como clavos hace ya bastante tiempo, creo, y eso, sumado al picor, lo hace todo más complicado.

Así que sí, estoy contenta y aliviada de que todo acabe.

Llevas sentado en la silla junto a la cama un buen rato, creo… ¿o acabas de llegar? No lo sé. El caso es que me ha parecido ver algo brillante en tu mano, y el ser viviente de mi cabeza ha colocado en el hueco correcto la pieza del último recuerdo lúcido de aquella noche en la que nos conocimos… bueno, en la que te conocí.
Tras echarme a llorar aquella noche, saliste de la habitación, y unos instantes después, entraste con un enorme cuchillo y un hacha en una mano y una cajita de pastillas en la otra.
Flanqueada por el pánico, aterrada y entre la cálida capa de lágrimas, te pregunté expulsando una lluvia de gotas qué me ibas a hacer.

—Voy a empezar a recorrer ese camino, Sara; cuanto antes mejor —me dijiste mirándome con tus ojillos tristes que a pesar de todo me siguen pinchando amargamente el alma—. Además, desde la primera vez que te vi, no he comido nada, naturalmente…, y ya tengo hambre.



lunes, 19 de enero de 2015

Siempre a tu lado

—Te amo. Lo sabes, ¿verdad? Nunca debí dejar que te marcharas.

Ella le sonrió desde el otro lado de la mesa, por encima de las velas, las dos copas de vino tinto, y la ensalada. Qué sonrisa tan hermosa.

—Tú no tuviste la culpa; ninguno la tuvimos. No se puede evitar lo inevitable —trató de consolarle. Qué voz tan dulce.

—Pero no estuve a tu lado…

—Trabajabas. Y además, ni siquiera yo me di cuenta. Ocurrió sin más. No pudimos evitarlo —repitió ella, y posó una mano sobre la de él. Qué mano tan suave.

Él miró la mano, y luego sus ojos verdes. Qué ojos tan cautivadores.

Pensó en lo que ella le había dicho. Podía tener razón, aunque eso no calmaba el dolor que sufría. Sin embargo había regresado. Y él había preparado una cena de reconciliación.

Jamás volvería a separarse de ella.

Cogió la copa y la alzó para sellar con un brindis su voluntad. Ella hizo lo propio y se bebieron todo el contenido. Al rato, la cabeza de él se desplomó sobre la ensalada.

Lo último que vio al otro lado de la mesa, en aquella silla vacía, fue su sonrisa. Qué sonrisa tan hermosa. 





viernes, 16 de enero de 2015

En mi propia realidad

Desperté, y ya no estabas a mi lado. Así pues, cerré los ojos…, y volví a soñarte otra vez.



*Microrrelato finalista del IV concurso de microrrelatos románticos ACEN, y seleccionado para aparecer en el libro solidario Cachitos de amor IV.



martes, 13 de enero de 2015

Ilustraciones de relatos

A continuación os presento las ilustraciones de algunos de mis relatos, realizadas por mí con la ayuda de un amigo: Roberto Carlos Franco Barrera.

Espero que os gusten.






















Ilustración: Ricardo Zamorano
Montaje: Roberto Carlos Franco Barrera









Ilustración: Ricardo Zamorano
Montaje: Roberto Carlos Franco Barrera












Ilustración: Ricardo Zamorano
Montaje: Roberto Carlos Franco Barrera













































































































































































































Ilustración de Roberto Carlos Franco Barrera



Navidad, dulce Navidad




Ilustración de Roberto Carlos Franco Barrera